El noctívago

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La sagrada familia: fragmento tres

Sagrada Familia

A Simón Prieto, porque se arriesgo a develar sus sueños

En las noches pienso en cómo sería el rostro de mis padres, ahora que estoy por cumplir 16 años. Sí, porque de ellos sólo me queda una imagen fotográfica de hace 37 años, cuando ellos aún eran jóvenes y creían en el amor y en la vida… Una fotografía que cada día se deteriora más y que se desdibuja en mi cabeza.

Creo que las noches son un buen momento para pensar y soñar la vida. Sé que no he sido el mejor de tus nietos, abuela, pero a ti debo mi vida y mis nuevas ansias de vida. Sé que esta herida que tengo en el pecho, cerca, cerquita del corazón no fue en vano, es como si por ella se hubiera extirpado esa negación de norma que impedía verte y ver al mundo tal como debía… es como si cualquier necesidad de delirio artificial, falsamente adquiridos, se hubiese eliminado de mi alma, para que mis sueños regresaran.

¿Sabes cuál era mi sueño de infancia? Conocer a papá y a mamá, estar cerca de ellos y saber con certeza que yo era importante para ellos… el único pero de ese sueño fue la seguridad que sentía en el corazón de que nunca los conocería porque de ellos no tendría más que un vago recuerdo y esa fotografía que se sigue disolviendo en mi memoria.

Sabes algo, abuela, siempre me sentí solo, a pesar de tenerte a mi lado, no es que fueras ausente, sólo que tu amor siempre fue el de una abuela sobre su nieto. Me sentía solo porque no era fácil saber que todos mis amigos o conocidos tenían un papá o una mamá mientras yo, sólo tenía una abuela, y unos tíos con quienes no siempre me la llevé bien, con ellos logré sentir, por momentos, que estorbaba en este mundo y que era un inepto… nunca te quise contar esas cosas porque no quería generarte una nueva preocupación, porque no quería que me vieras indefenso, porque sabía que me cuidabas con cariño, a pasar de lo mal que me portaba contigo.

Sabes abuela, hoy mientras baja la noche y yo pienso en ti y en mis padres ausentes; sombras a las que todos los días de mi existencia les pregunto el por qué me dejaron, el por qué se fueron, el por qué me trajeron al mundo si para ellos no era importante verme sonreír, enfermar, crecer… siento que sólo a ti debo la vida y este nuevo estado de sobre vivencia… ahora, después de mucho tiempo puedo decir que a ti debo mi sonrisa y mis nuevos sueños…

Fragmento de la obra:

La sagrada familia

(Lectura epistolar en tres cuadros indisolubles y uno itinerante)

Colegio Alfred Binet 2012 ©

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La sagrada familia: fragmento dos

Sagrada familia 2

A Verónica Soto, quien sintió estas palabras desde siempre

Hoy abrí los ojos temprano en la mañana y fue un gran sol amarillo quien me despertó, calentó mi espíritu llenándome de sonrisas y de certezas; hoy debo ser feliz, mañana también debo serlo y como la muerte es lo único seguro, entonces, sé que el día que ésta llegue, tendré que morir con una fina sonrisa, no sólo en los labios sino también en los ojos.

Luego de estirarme y retorcerme un poco tomé todo mi cuerpo y lo levanté de la cama, respiré profundo, miré por la ventana de mi cuarto regalándole una sonrisa a quienes pasaban por allí, sin decirles una sola palabra porque aún me acompañaba ese aliento insecticida y vinagroso que queda después del sueño…

Le hice una morisqueta al perro y como si fuera un niño lo levanté sobre mí, le pregunté por su amanecer, él sólo ladró como respuesta a mi pregunta. Salí de mi cuarto y era tan alegre el aire de la casa que me senté por un instante en sus escaleras (Las que conducen al primer piso y por momentos al segundo) El silencio de la casa era tan infinito que lograba escuchar perfectamente el transitar de la energía entre las paredes y el techo, el cambio de velocidad del refrigerador, el crujir de los muebles que intentan regresar, nuevamente, a su estado de árbol, Los vecinos que toman una ducha y cantan, o a quienes escuchan las noticias de la mañana mientras se toman una taza de café en la cocina de su casa.

Eso me hizo más feliz aún porque percibí que la vida está llena de pequeños sonidos, de simples cosas; como una mirada, un saludo de buenos días o un abrazo sin palabras pero lleno de latidos.

Esa mañana sólo el repiquetear del teléfono me generó una desazón existencial. No quiero contestarlo… No quiero contestarlo… No quiero contestarlo…, pero tengo que hacerlo o de lo contario ese sonido y la persistencia de él harán que un fuerte dolor de cabeza termine por enfermarme el día… Quizá sea papá, quien llama porque necesita hablarte, pero por suerte no estás… ¿Sabes? Mientras recorría la casa intentaba comprender las causas del porqué ustedes no conseguían hablar como las personas adultas que son y la verdad no logré descifrar ese enigma, porque sólo tengo 15 años y quisiera no tener que pensar en sus problemas de adultos, tengo 15 años y me gustaría  poder decir que por mi cabeza pasan los mismos sueños que podría tener una niña de mi edad; tener un novio, unos pocos buenos amigos y una familia de verdad.

¿Sabes? Aun no comprendo por qué mi mundo dejó de tener tonos pasteles, por qué dejé de sentir el sol en mi cara con la misma alegría como cuando era niña y salíamos de paseo. Aun no comprendo el por qué se acaba el amor y comienza el rencor. Por qué dejamos de sonreírle a la persona que amamos en un principio, si gracias a ella logramos vernos más humanos, más imperfectos; nuestra condición natural.

 Sí, mamá, hay muchas cosas que aún no logro adivinar y que me duelen, pero que la sonrisa de mi rostro no deja ver. Cuando me levanto es posible que me veas sonreír, si es que en algún momento te fijas en mí, cuando te vas y regresas es esa misma sonrisa la que, tras cada beso y abrazo, te doy. Pero no es mi alma la que sonríe porque ella ya se acostumbró a tu ausencia y a la de papá…

 

Fragmento de la obra:

La sagrada familia

(Lectura epistolar en tres cuadros indisolubles y uno itinerante)

Colegio Alfred Binet 2012 ©

La sagrada familia: fragmento uno

Sagrada familia, 2012

Alguna vez me preguntaste el por qué no sonreía un poco más. Recuerdo que ese día sólo te miré. Me quedé en silencio. No supe que decir. Afortunadamente la imprudencia de mis hermanos me salvaron de la pregunta y del silencio incomodo que produce una respuesta que no llega, de las palabras que se conocen, que se piensan, pero que por temor se dejan de pronunciar…

La respuesta a tu pregunta, papá, era simple… No lo hacía porque no era feliz, pero… ¿Cómo decir eso, si de alguna forma no entenderías mi tristeza? Dirías que no debería tener motivos para estar triste porque todo lo tengo y nada me falta… Esa sería tu respuesta… Sí, todo lo material lo tenía pero eran tus ausencias las que más coleccionaba.

Nunca estuviste en casa, al menos para mí. Toda tu vida era el trabajo porque ni a mamá le dedicabas una caricia, un abrazo o un beso de buenas noches. Las pocas veces que estabas en casa parecías perdido, como si algo te faltara sabiendo que allí estábamos tus hijos y tu esposa. Te ibas por largas temporadas, a veces cortas, y cuando regresabas lo hacías desde una ausencia extraña, como si dejaras el espíritu en otro sitio, como si la mente, la tuya, no perteneciera a este lugar de la memoria que nosotros construíamos como familia…

A veces me pregunto el por qué decidiste no estar presente en nosotros…Hoy te sientas a la mesa, comes en silencio, por momentos conversas con mamá, a veces ni la miras. A mis hermanos les falta un poco de norma porque mamá no ha logrado llenar ese vacío que como padre has debido llenar y ni de eso te das cuenta… No te percatas de que me hubiera gustado saber que estabas presente en cada uno de mis días y mis noches… dándole un poco de voz a mi silencio y a mis ganas de sentir un verdadero amor de padre…

No sonreía porque lo que quería no lo tenía; una familia… un papá y una mamá que aún se vieran a los ojos con el mismo amor con el que se vieron la primera vez y unos hermanos que me respetaran y me quisieran como si de verdad fuera parte de sus corazones… No sonreía porque estabas ausente y porque mamá y mis hermanos también lo estaban…

Fragmento de la obra: 

La sagrada familia 

(Lectura epistolar en tres cuadros indisolubles y uno itinerante)

Colegio Alfred Binet 2012 ©