El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

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Rock and roll is dead

 

Hoy he decidido levantarme temprano, tomar una copa de vino y preparar la mochila para emprender un viaje. ¿A dónde se dirigen mis pasos? –Me pregunto.- Levanto mis ojos al cielo mientras la brisa de verano golpea mi rostro, a lo lejos una vieja canción me lleva a recorrer las calles por donde habité en mi primera juventud. Calles atestadas de infantes y adolescentes que aún jugaban esos juegos que nos heredaron nuestros padres, quienes los recibieron de los suyos, nuestros abuelos. Calles habitadas, hoy en día, por niños que juegan a ser adultos inducidos por lo lascivo de este tiempo.

Sin reparo me siento en la esquina donde solía sentarme antes, don Mario el tendero de siempre me reconoce a pesar de los años y de la espesa barba que no tenía y que hoy adorna mi apariencia desvencijada y obesa. La nostalgia se dibuja en su rostro y es como si el pasado regresará a él con mi sola presencia. Lo saludo con afecto y en vez de la habitual gaseosa de antes pido un par de cervezas y lo invito a que me acompañe. Me pregunta, le pregunto. Hablamos del ayer, de los muchachos y de las muchachas de quienes, infaltablemente, comprábamos mecato y chucherías en su tienda cada día. Los tiempos cambian juventud – me dice- he visto crecer a muchos de ustedes, he visto morir a la mayoría de ustedes y he sentido la perdida, el vacío de la ausencia, usted sabe a qué me refiero juventud. El silencio nos abruma y en silencio repasamos centímetro a centímetro, la calle donde antes jugaba y en donde muchos de ellos y de ellas murieron o simplemente se fueron sin dejar rastro.

Al despedirme, su mirada, la de don Mario, se clava en el espacio como buscando algo o a alguien, yo sigo mi camino hasta tropezar con el aroma dulzón de las rosas de don Samuel, que ya no son tan bellas como solían serlo. Recuerdo que este rosal era uno de los puntos de encuentro entre nosotros, que éramos muchos, ahora sólo unos pocos. Estas rosas significaban el primer amor, el primer beso, la primera caricia, la materialización de un encuentro furtivo antes pensado. Allí, justo allí, donde muchos nos enamoramos por vez primera, desapareció la hija de don Mario, Claudia, la bella Claudia, como si las rosas se hubiesen devorado cada una de sus partículas y el rastro de su existencia se hubiera camuflado con el aroma de ellas.

Cursábamos el noveno grado, en colegios totalmente diferentes. Nos habíamos conocido en la biblioteca del barrio un viernes en la noche, cuando los bibliotecarios y promotores de lectura extendían su larga jornada de trabajo sólo para iniciar un cineclub, para ver películas y nada más, para nosotros era la excusa de nuestra amistad. Conocimos la “Psicosis” de Hitchcock, admiramos la perversión de Kubrick y su “Naranja mecánica” la incoherencia y audacia de Tarantino y su “Pulp fiction”, la metafórica existencia de Eliseo Subiela y su “Lado oscuro del corazón” entre muchas otras. Claudia estaba allí, con su cabello negro azabache largo hasta el inicio de sus nalgas, que era a su vez el principio de la insurrección – eso pensaba cada que la miraba y trataba de descubrir su desnudez en medio de mi ensoñación.

Claudia era la más linda de todas, la más descomplicada, la más sincera, la más cariñosa, la más rockera de todas. Siempre que arribábamos a su casa, es decir a la tienda de don Mario, estaba ella escuchando un poco de Iron Maiden, a veces AC/DC o Scorpions o simplemente Heroes del silencio. Sus favoritos eran Kraken y Ángeles del infierno… Hola Juan Angel – me saludó justo el día en que desapareció – vamos esta noche a la casa de Juan Esteban, invitá a los muchachos, yo ya hablé con Juanes y como está sólo no hay problema, sus papás le dieron permiso. Llevá  musiquita para que roquiemos como se debe. Juan Esteban y Claudia tenían una relación muy íntima, secreta pero al parecer muy lúbrica.

Preparado con algunos cassettes y algunos cds, y en contra de la voluntad de mi madre, salí con mi cabello suelto, bien emperfumado y con la pinta más rockera que pudiese tener. Recogí a las Carolinas y al viejo Santiago, quienes también llevaban algo de sus colecciones personales de música. Pasamos por la tienda de don Mario, la casa de Claudia, a comprar algo de chicle y un par de gaseosas de las grandes. Claudia ya había salido, estaba donde Juanes – nos dijo don Mario.- Sin prisa caminamos por las apretadas calles del barrio, por los callejones que guardaban los caminos a nuestras casas y a ninguna parte.

La noche estaba tranquila, como todas las noches en el barrio. En la esquina de doña Beatriz, cerca de mi casa, se encontraban esteban y su gallada, un grupo de pelaos como nosotros que se reunían a diario a escuchar algo de salsa, un poco de rap y en algunas ocasiones música electrónica. A pesar de las diferencias nunca tuvimos problemas. Eso hacía que el barrio fuera seguro para cada uno de nosotros. Esteban siempre estuvo enamorado de Claudia. Ella lo quería mucho porque fueron amigos muchos años, pero no lo miraba con los ojos que él deseaba que lo mirara. Ella se había empezado a alejar de él porque, entre todos los muchachos y muchachas del barrio, Esteban, unos años atrás, había comenzado a consumir drogas, al igual que sus amigos. Eso lo sabíamos todos y los adultos parecían ignorarlo.

A lo lejos escuchamos la voz de Jim Morrison y sólo podía existir un lugar en el barrio en donde el Rey lagarto pudiera cantar sin censura y a todo pulmón. Juanes recibía a los primeros invitados mientras sonaba “people stranger” de the doors. Nuestro himno –pensaba yo.- Juanes estaba en el andén de su casa un tanto ansioso. Mientras se fumaba un Piel Roja sin filtro parecía perdido en sus pensamientos, en la ebriedad de la noche estrellada y de luna creciente… Juan Ángel como vas – me saluda Juanes con cierta malicia- Claudia está en mi cuarto y necesita hablar con usted… Lo miro con extrañeza, él me mira conmocionado y con una extensa sonrisa. Le entrego mi música a Santiago, las carolinas se dispersan en el espacio saludando a todos y yo camino hasta el cuarto en donde me espera ella.

Mientras subo las escaleras que dan al cuarto de Juan Esteban, comienza a sonar “Heart-Shaped Box” de Nirvana, una de mis favoritas. Frente al último peldaño, adherida a la puerta del cuarto de Juanes, un afiche enorme de Black Sabbath me daba la bienvenida. Yo pienso en las palabras que ella tenía para decirme, sin acertar a las intenciones de sus sueños. Parado allí frente Ozzy Osbourne abro la puerta y ella recostada en la cama me mira un poco entristecida. Juan Ángel –me dice.- hace mucho que nos conocemos, hace mucho que compartimos los silencios y, ¿sabes?, el silencio sólo se conlleva con esas personas a las que quieres y que te generan confianza, aparte de Juanes no confío en nadie más y te quiero. Eso lo sabes de sobra… La miro en silencio sin entender aun lo que quiere decirme y con extrañeza por la profundidad de sus palabras.

Hace días tomé esta decisión y necesito de tu ayuda – hace una larga pausa mientras me mira con lágrimas en los ojos– me voy del barrio, de la casa, posiblemente de la ciudad. No te puedo contar a donde, simplemente me voy… Con sorpresa la escucho y la observo con la curiosidad con la que un niño destruye su mejor juguete.- Me voy con Juanes esta noche y necesito hacerle llegar un mensaje a papá y mamá… no te preocupes, no es necesario que hables con ellos directamente, sólo debes entregarle esta nota… Busco en sus ojos el camino de su destino, las palabras secretas que sus labios no quieren pronunciar y que hoy generan en mi pecho un enorme vacío. Me besa en la mejilla y sin más palabras por decir guarda en mis bolsillos la nota para sus padres, me toma de la mano y juntos vamos al encuentro de los viejos amigos, “Rock and Roll” de Led Zeppelin no espera en la sala, mientras varios de los buenos amigos simulan con sus manos y su cuerpo ser Robert Plant o Jimmy Page. Esa noche bailamos hasta que nuestros pies no pudieron más.

En medio del baile, del rock y de la coca cola escuchamos una serie de disparos, ráfagas completas que hacían pausa de muerto en muerto. Nos miramos, apagamos la música. No entendíamos lo que pasaba. Muchos pensamos que se trataba de algún vecino que andaba quemando pólvora, celebrando algo, pero el sonido ahogado y seco nos indicaban que era una posibilidad muy remota, que algo grave estaba pasando y que no sería la última vez que ocurriría. Claudia, sin pensarlo salió corriendo hasta el rosal de don Samuel, como si supiera que allí se encontraba Esteban desangrando su existencia, inconsciente, completamente muerto con los ojos desvanecidos en el cielo estrellado.

Claudia no alcanzó a llegar al rosal. Lo sé porque Juanes y yo salimos a buscarla y vimos como dos hombres la tomaban por la fuerza y, rápidamente la desaparecían de nuestros ojos. Él y yo no logramos hacer nada, más que correr y ver como raptaban nuestra alegría, nuestro amor imberbe. Paralizados mirábamos los ojos de Esteban, tratando de descifrar lo que ocurría, intentando entender hacia donde se llevaban a Claudia…

Luego de esa noche Juanes se fue de su casa como lo habían planeado, se fue con su soledad y con la incertidumbre de no encontrarla y de saber a ciencia cierta que la semilla que crecía en el vientre de Claudia no nacería. Yo me quedé con el silencio de ella guardado en mi bolsillo. Con la única verdad que podría calmar la tristeza de don Mario y su esposa, porque esta verdad que mis ojos vieron y que mi corazón palpitó hasta los nervios no les daría paz en su noches y mucho menos en sus tumbas…

Una semana después de esa noche de luna creciente y de amores diluidos hice llegar la nota de Claudia a sus padres, siendo yo el único que guardaría – y aún lo hago- la tristeza, el remordimiento y el insomnio de su desaparición sobre mis venas. Tratando de creer que todo lo ocurrido esa noche fue preparado, fue una excusa teatralizada para que la decisión de la partida no doliera tanto.

Parado frente a las rosas y con este recuerdo doloroso que no cesa, mis pasos siguen su ruta con la única certeza de que sólo una palabra que, inadvertida, llega a nosotros como por azar de los días, quizá de las noches, es el detonante de la ensoñación de tiempos pasados. Así como los sonidos escurridizos, impertinentes y austeros entre nuestros pasos silentes. O como el aroma particular de cada cuerpo y sus fragancias adheridas y endémicas al tacto. Somos el recuerdo y la soledad de nuestros días pasados. Somos la angustia de estar vivos y de caminar día a día sobre el cadáver fértil de nuestros muertos y nuestros sueños.

Al final de la inocencia (De la serie ficciones fotográficas)

Carlo Bevilacqua „Catari“En el barrio sólo quedaban niños y niñas de todas las edades, los adultos se habían marchado con la llegada de la primavera, porque con ella iniciaba la guerra. Primero fueron los padres quienes desaparecieron; cada noche una decena de ellos, tal vez un poco más, dejaban en sus casas el silencio abrumador del abandono, de los adioses sin despedida y de los rastros indelebles de la evaporación.  Cuando ya no hubo padres, ni abuelos y mucho menos tíos, y el barrio respiraba la histeria, en ocasiones insoportable, de las madres adoloridas por la pérdida; se les informó a todas las mujeres que debían partir de inmediato, dejándolo todo, incluso a sus hijos. Muchas se negaron y trataron de ocultarse, otras salieron de inmediato con la intensión de buscar a sus hombres perdidos. Los mercados quedaron vacíos. Ya nadie iba a la escuela porque a las maestras se las habían llevado también.

El barrio estaba hecho un caos. Con la partida de los adultos se habían ido también las reglas familiares y las normas por cumplir. Las mañanas empezaban al medio día, no existía un horario para comer, además los alimentos se limitaban a dulces y chocolates. El asfalto, entre rayuelas, “Yeimi” y “Boy” y un sin número de juegos callejeos, era el reflejo de un sitio que carencia de adultos; el paraíso añorado por muchos pequeñines que detestaban cumplir con horarios, con ir a la escuela, a la iglesia e incluso a los mercados a realizar los “mandados” impuestos por sus padres.

Con el tiempo muchos de estos niños comenzaron a crecer y a desaparecer también, esto promovió el temor en el resto de los impúberes que quedaban en el lugar ya que, así como sus madres y padres y hermanos mayores y tíos y abuelos habían desaparecido, los amigos y vecinos que empezaban a convertirse en mayores se iban sin dejar rastro; no había sonidos de puertas que se abrieran o se cerraran, no existían marchas de hombres en la madrugada ni de amigos jadeantes por la lucha nocturna con aquello que los estuviese obligando a la disgregación.

El temor de los niños y niñas era crecer; ninguno deseaba que la adultez los golpeara en medio de las tardes mientras veían la puesta del sol. El miedo se expandía en ellos cada que un ápice de acné aparecía en sus rostros y se quedaba en sus corazones justo en el momento en el que, en los niños se experimentaba el transito vocal entre un soprano desafinado y un tenor menos diáfano, acompañado de un suave bigote que se abría paso entre los poros. En las niñas la desazón llegaba con el crecimiento de sus senos; Pequeñas colinas que dan indicios de tierra fértil en sus bajas y misteriosas  entrañas, convocando a los hombres al fornicio y a la procreación.

Habían pasado varios años. Los infantes que quedaban eran pocos. Estos escasamente recordaban la apariencia de los adultos;  de los padres y de las madres. Sólo comprendían que cuando cumpliesen cierta edad tendrían que irse, así como lo hicieron muchos de sus amigos y de sus familiares olvidados por el silencio y los llantos pasados. Cada uno de ellos vivía segundo a segundo su edad infantil, sin proyecciones ni planes para el futuro, salvo la idea de huir antes de que los obligaran a desaparecer en la noche.

Mientras los niños y niñas jugaban habitualmente, un hombre de espesa barba e incontables arrugas en el rostro, entró al barrio. Malherido y cansado recibió la mirada curiosa de los niños, al fondo de la calle una niña, de las más grandecitas, intentaba reconocer esa mirada en él, que sentía haber visto antes. Luego de unos segundos ella logro percibir una ternura antigua, un afecto histórico entre el cruce de sus ojos. Ella sintió verse en él y con una alegría irracional se le lanzó encima y al unisono de sus pisadas gritaba: abuelo, abuelo… has regresado…

Sobre la fotografía:  Carlo Bevilacqua, Italia.

Catari, (1960) Gelatinobromuro

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 Sobre la serie “Ficciones fotográficas”

Esta serie pretende recrear una ficción narrativa a partir de fotografías ícono de la historia de la fotografía. Las imágenes expuestas en esta serie pertenecen a los archivos de los dueños y son presentadas sin ánimo de lucro. Los textos son propiedad de El noctívago.

Bu Chi Tuan (De la serie Ficciones Fotográficas)

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Se había levantado en la mañana sintiendo muchas ganas de vivir. Había abierto sus ojos con los sueños de progreso infectándole las pupilas y cegándole completamente las retinas. Sobre su cama una mujer desnuda se movía impávida entre las sábanas como si navegara por el océano en medio de una noche estrellada y sosegada, como si su cuerpo fuese un astrolabio marcando la ruta de tierras por descubrir. Él la miró intentando reconocerla; en silencio la recorrió sin tocarla, salvo por sus pensamientos que hurgaron en su cuerpo tratando de recordar la noche anterior. Se puso de pie y la dejó allí entre sus sueños. Se colocó algo de ropa porque él también estaba desnudo. Caminó un rato por su casa, como era pequeña no demoró mucho en llegar a la cocina. Se preparó un café negro y caliente, pero sobre todo amargo porque tenía la firme convicción de que el primer sabor, en la mañana, sobre los labios, debía ser amargo para que, así, el alma se despabilará y comenzará a vivir.

Salió al balcón y encendió un cigarrillo, el último que le quedaba. Por cada bocanada de humo sorbía un poco de café. Colgó su mirada en el infinito y se perdió con el paisaje. El pueblo se desmoronaba y tras cada segundo una nueva explosión irrumpía, en el tictac del tiempo. Bu Chi Tuan  abrigó una tranquilidad no sentida antes. Sintió la vitalidad por todas sus arterias activando cada ápice de su corazón. Abajo en las calles las personas caminaban a pasos apresurados, huían como lo hace un hombre cuando, atrapado en la selva, teme a la llegada de la noche y busca refugio. Bu Chi Tuan  dejó los restos del cigarrillo en el cenicero, bebió el asiento de su café ya frío y salió de su casa. Fue al mercado y compró un poco de arroz y verduras. Quiso comprar un poco de licor pero el dinero no le alcanzó, las personas seguían corriendo; seguían huyendo, él no…

Todos partían hacía el sur, él caminaba hacia el norte, atraído por una sensación, una premonición que lo mantenía callado, vigilante y sereno. Atravesó unas cuantas esquinas, se detuvo para cruzar algunas calles, un par de veces, quizás más. Mientras caminaba recordó el día en el que se había sentido por última vez tranquilo. El día en que sus padres le habían regalado el primer juguete; un carro de madera no muy bien diseñado. Recordó la vez que se había enamorado y que, por falta de seguridad en sí mismo, lloró la fractura su corazón durante treinta noches y un día. Pensó en la muerte de sus padres y logró entristecer un poco su rostro. Se detuvo frente a una vitrina en la que alcanzó a verse así mismo y reconocerse en el recuerdo de su infancia y ahora su adultez.

Mientras se miraba atreves del reflejo dos hombres lo tomaron por la espalda. Él no se resistió, dejó caer el arroz y las verduras y caminó en silencio al compás de los pasos de los hombres que lo había apresado. Tras cada paso lloraba un recuerdo y en su mente pedía perdón por cada rostro olvidado, por el tiempo que perdió y dejó de vivir. Finalmente Bu Chi Tuan  recordó a la mujer que dormía sobre su cama mientras un tercer hombre disparaba sobre su cabeza.

Sobre la fotografía 

Eddie Adams. New Kesington,Pasadena (EE.UU), 1933-Nueva York (EE.UU), 2004

Ejecución en la calle de un prisionero del Vietcong, 1968. Gelatinobromuro

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Sobre la serie “Ficciones fotográficas”

Esta serie pretende recrear una ficción narrativa a partir de fotografías ícono de la historia de la fotografía. Las imágenes expuestas en esta serie pertenecen a los archivos de los dueños y son presentadas sin ánimo de lucro. Los textos son propiedad de El noctívago.

El silencio de José González

Caminaba con un silencio extremadamente ensordecedor. El sonido de sus pies, pesados tras cada paso, daban la impresión de que un hombre agonizante estaba cerca. La lluvia golpeaba su espalda y parte de su cabeza mientras su rostro iba paralelo al suelo; reflejándose en cada charco que encontraba en el camino. José González había llegado más cansado de lo normal a casa. Abrió la puerta, la atravesó y la cerró y se quedó por un instante parado frente a las escaleras que lo llevarían hasta su cuarto. No quería subir, tampoco quería salir de nuevo y mucho menos quedarse allí parado. Luego de un rato comenzó a desplazarse por cada uno de los escalones, con sus manos pegadas a la pared daba la impresión de ser un hombre ebrio que intentaba llegar a salvo hasta la cama, pero José González no había bebido una sola gota licor y no había fumado ni uno sólo de esos cigarros armados artesanalmente y aromatizados que tanto le gustan.

Sin encender la luz y sin quitarse la ropa se arrojó a la cama intentando buscar el sueño que posiblemente le ayudaría a descansar y a olvidar. Se sintió un poco más ligero pero no por eso más descansado, el sueño se fue y como por arte de magia sus ojos se abrieron como si se acabara de despertar de un largo sueño. Realmente odiaba cuando eso pasaba. Gran parte de la noche se la pasó dando vueltas sobre la cama. Se levantó y se acostó una y otra vez. Se quitó la ropa y se puso el pijama. Se cubrió con la cobija, se la quitó. Acomodó su cabeza de mil formas sobre la almohada, pero no pudo dormir. Finalmente encendió la luz del cuarto y sacó una libreta de su escritorio, con un bolígrafo rojo escribió: “¿Dónde habita tu libertad, ahora que el corazón es un preso político y el tiempo un astronauta?” Leyó en voz alta lo que había acabado de escribir, depositó la libreta sobre el escritorio, al igual que el esfero y pensó: “realmente me siento como un preso.”

Buscó entre los cajones una habano, un cohíba que un viejo amigo le había regalado unos días atrás. Apagó la luz y se sentó a fumar frente al ventanal abierto de su cuarto. Concentró su mirada en las volutas de humo que se desprendían del habano, el humo subía y se esparcía por todo el cuarto recreando figuras humanas y animales, al menos eso creyó ver José González. Por la ventana entraba el aire frío, el mismo de las últimas noches. El rojo ozono de las nubes se combinaba con el negro azabache del cielo y el silencio de las calles se apareaba con el sonido de la electricidad que circulaba por los cables que colgaban a la altura del piso de su cuarto.

Un gato amarillo de orejas negras caminaba sigiloso, esquivando los pequeños represamientos de agua que se forman sobre el asfalto viejo y agrietado cuando llueve. José González lo seguía con la mirada mientras fumaba. El gato se detuvo con los ojos puestos sobre el jardín de una de las casas vecinas, movió sus orejas como si fueran antenas, sintonizando el origen de un sonido que sólo escuchó él. Se inclinó y caminó un poco más, más cauteloso. Se detuvo nuevamente, movió su cabeza como si estuviera extraviado, la levantó y se encontró con los ojos de José González, ambos se miraron con la complicidad con la que se miran los viejos amigos cuando traman algo. Finalmente el gato desistió de su búsqueda, se trepó rápidamente en uno de los techos y desapareció en la noche.

José González tomó nuevamente la libreta y escribió –“Que tus manos sean mis manos. Y nuestra respiración el último aliento de esta ensoñación.” Mientras él leía lo que acababa de escribir, intentando comprender lo que sus pensamientos manifestaban sobre el papel, un hombre joven, al parecer muy borracho, transitaba por la calle por donde el gato había estado unos minutos antes. José fumaba y lo observaba con la misma curiosidad con la que observó al animal. El hombre gritaba, tan fuerte como los cerdos cuando son sacrificados. José González atento a lo que este hombre exclamaba logró comprender finalmente una sola palabra; un nombre de mujer que salía de sus pulmones, o quizá del vientre, generándole un dolor extremo al cruzar por la garganta: ¡Mariiiaaa!… ¡Mariiiiiiaaaaaa!… ¡Maariiiaaa! Tres veces grito hasta que se dejó vencer por el licor que había ingerido. Vomitó sus entrañas y se sentó en el piso sin importarle que estuviera mojado, allí, calló dormido.

José González, al escucharlo, había recordado el por qué no podía dormir esa noche, la razón del vacío que sentía justo entre el hígado y el estomago y que por ratos se desplazaba hasta su garganta, generándole la sensación de un llanto contenido que esa noche no logró salir. Fumó y escribió en su libreta:

           *
No fueron las palabras
ni los sueños no compartidos
quienes provocaron la fuga del silencio
entre tus manos y las mías.

Tampoco fueron los hombres o mujeres
porque nosotros fuimos ambos
o quizá ninguno.

No fueron las mañanas
las que profetizaron esta noche;
donde la ausencia tomaría por la fuerza
a los corazones enamorados
para disgregarlos un poco.

Quizá fue el tedio de la respiración
o el miedo a la libertad
la que invocó este vacío,
esta soledad humana.

            **

¿Recuerdas esa tarde
donde los azulejos jugaban a sostener el cielo
mientras los árboles se mecían
entrelazando sus copas
como si celebraran ese pacto
de amor que firmaron nuestros silencios?

Claro que no lo recuerdas
porque sólo era yo
con el recuerdo de vos.

Luego de escribir esto se percató de que el cohíba ya quemaba sus dedos, que eran más de las cuatro de la mañana, que sentía la embriaguez del tabaco en su cabeza y que el hombre que dormía en la calle ya no estaba. Le dio una última fumada a lo que quedaba del habano, cerró su libreta y pensó –con la llegada del sueño he comenzado a olvidar.

El despertar de Jaime

 

El propio sueño me castiga. He adquirido en él tal lucidez que veo como real cada cosa que sueño.

Fernando Pessoa

 

Despertó y aún estaba oscuro. Encendió la vela consumida que había sobre la mesita de noche. La luz fue iluminando poco a poco el cuarto. Él frotaba sus ojos con el puño de sus manos intentando despejarse del sueño que no terminó de soñar. Palpó sobre la mesita de noche mientras bostezaba, buscando sus anteojos; sus manos tropezaron con un par de canicas que saltaron al suelo y salieron rodando por la habitación, torpemente ellas fueron arrojando al piso cada objeto diminuto que se interponía en el encuentro de sus dedos y sus lentes.

Con los ojos abiertos y enmarcados por fin en las gafas, se dio cuenta de que el cuarto en el que había despertado no era su cuarto, que la cama donde se hallaba sentado no era la suya y que allí estaba completamente sólo. No sintió miedo ni ganas de pedir auxilio. La curiosidad lo hizo recorrer la habitación hasta perderse en un corredor oscuro. Al fondo de éste se dibujaba con la luz una puerta, al abrirla se encontró con paredes llenas de mariposas blancas y negras, el piso era un mar de sangre estancada donde se apareaban dos salmones que no encontraron corriente fluvial con que luchar y se conformaron con la fuerza de la gravedad.

Sin asombro y sin más remedio que regresar se encontró en medio del corredor una segunda puerta, la abrió y allí todo era amarillo salvo un toro azabache que, ciego, lo olfateó y lo lamió con una lengua larga que escurría arena. Intentó entrar pero el enorme animal no se lo permitió; lo amenazaba con sus cuernos cada que movía los pies hacia adelante. Cerró la puerta nuevamente y se dirigió hacia el cuarto donde había despertado pero no lo encontró.

Mientras buscaba cómo salir de allí escuchó unas explosiones y sintió que el suelo se movía. Ahora sí sentía miedo. Cerró los ojos. No pudo contener el llanto. Abrió los ojos y se levantó despacio; corrió hasta que sintió en su corazón una fría punzada de dolor. El aire se iba de sus pulmones. Todo seguía oscuro. Él corrió en la oscuridad hasta ver a lo lejos un leve destello plateado de luz. En el fondo del corredor oscuro logró ver su reflejo en una pared de agua serena. Nuevamente se escuchaban las explosiones y se sentía el temblar del piso.

Su reflejo se confundió con el de un hombre que moría, un hombre que al mirarlo se veía vivir en sus ojos. El pecho de este hombre, abierto por el centro, derramaba agua mientras crecían claveles y rosas en sus manos. Seguía temblando la tierra y el hombre seguía muriendo, seguían sonando las explosiones y el hombre era ya una fuente de agua llena de claveles y rosas y lotos.

No entendía aún que pasaba, siguió corriendo mientras el ruido de las explosiones lo perseguía, todo seguía oscuro. No sabía quién era el hombre del reflejo, ya no sabía por qué seguía corriendo. Finalmente se detuvo, con el latir del corazón en la garganta, frente a  un muro que se extendía infinitamente por sus dos extremos. Giró su cuerpo en el sentido en el que venía corriendo y en un parpadeo un ejército de hombres sin rostro lo miraba y le apuntaba con su arma. Ya no era miedo lo que sentía sino angustia. Buscó a su mamá en los alrededores y se encontró con el cuerpo de su papá colgado y derramando sangre a su costado derecho. Las explosiones habían parado. Cuando se dispuso a correr, en paralelo al extenso muro, vio a lo lejos el cuerpo de una mujer desnuda que era arrastrada por las hormigas hacia el fondo de la tierra.

-¡Preparen!… ¡Apunten!… – fueron las últimas palabras que escuchó cuando se despertó sobresaltado, llorando e intentando encender la vela diminuta de su mesita de noche.

Se levantó de la cama que sí era su cama y buscó en el cuarto, que sí era el suyo, las gafas. Con ellas puestas observo que todo era como antes. Salió y buscó a sus padres. La casa ya no era la misma, en el cuarto de ellos sólo quedaba el rumor del humo y la sangre que adornaba el gris, y el blanco de la cama donde reposaban desnudos sus cuerpos. No pudo soportar tal imagen y salió embebido en llanto. Afuera los animales padecían el desequilibrio de la muerte, la inestabilidad y las ganas de huir; todos estaban encerrados en sus corrales muriendo.

Jaime seguía corriendo monte abajo, en la oscuridad de la noche, y a lo lejos se escuchaban disparos y detonaciones y hombres que corrían tras él. Jaime no miraba hacia atrás porque temía tropezar con alguna raíz, con alguna piedra. Corría como en su sueño: bajo la noche huyendo de las explosiones. Un metro antes de llegar al río sintió que su pecho se abría en dos tras el sonido continuo de una ametralladora.

Antes de caer, sin saber por qué se caía, se vio a si mismo morir en el reflejo del río que resplandecía bajo la luz de la luna; el río infinito, de extremo a extremo, se llevaba el reflejo de Jaime quien, en pocas horas, iba a cumplir once años. Su cuerpo, ahora, es sólo alimento para gusanos.