El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

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Las cuatro casas

En total son cuatro casas las que recuerdo; la primera estaba ubicada en San Antonio de Prado cerca del parque; un primer piso bastante frio en el cual vivimos alrededor de seis meses, allí las babosas pendían de las paredes y mi hermano mayor y yo (porque en esa época sólo éramos dos y un bebé de brazos) nos divertíamos viendo cómo esos moluscos sin concha se derretían cuando nosotros les echábamos sal encima.

Era una casa grande infestada de animales; cucarachas y ratones que nacían y se expandían desde la extraña colección de cartón, botellas de vidrio, plástico y una infinidad de objetos que habían dejado de servirle a cualquier persona pero que don Antonio, el señor que vivía en el segundo piso, atesoraba.

Cuando mi mamá pronunciaba algún alarido de pánico, algún grito de asco, mi hermano y yo, que juagábamos a los carros o nos encontrábamos ausentes por la entretenida operación babosa derretida, sabíamos que había llegado la hora de jugar a los cazadores, al lado de mi papá, armados con escobas y palos le metíamos una golpiza al roedor de turno o al ortóptero inoportuno que asustaba a la señora de la casa.

Estaba próximo a cumplir cuatro años cuando mis papás decidieron cambiar la vivienda, ya no podríamos derretir babosas ni jugar a los cazadores porque la nueva casa era un segundo piso en una urbanización nueva, ubicada en el barrio Samaria, una casa bastante pequeña en la que no se podía jugar. Los días pasaban y no encontrábamos nada por hacer, mi tercer hermano crecía y aprendía a caminar sostenido de uno de esos caminadores de rueditas que suelen entorpecer el transitar de los adultos cuando intentan pasar a alguna habitación de la casa.

Mi hermano mayor y yo ya no jugábamos en la casa, lo hacíamos afuera con los demás niños en el gran jardín que adornaba la urbanización. Un año después esta pequeña casa fue sustituida por una más grande, quizá tres veces más amplia.

Esta nueva vivienda ubicada en el barrio San Gabriel, cerca a la frontera entre Itagüí y San Antonio de Prado, era enorme; cuatro alcobas (en las que cómodamente cabían tres camas de soltero por cada una), dos baños y un garaje (en el que se podría guardar una camioneta Ford modelo 74), una sala y un comedor del mismo tamaño del garaje. En la casa había dos patios; uno en el centro, entre la sala, el comedor y las alcobas y el otro en la parte de atrás donde jugábamos fútbol y montábamos en un viejo triciclo de hierro. Junto a este patio había unas escaleras de concreto llenas de moho y musgo que llevaban a una plancha casi tan grande como el garaje de la casa.

Mi tercer hermano seguía creciendo al igual que nosotros dos y mi mamá esperaba un cuarto bebé; en esta casa no habría problemas en alojarlo pues allí podrían vivir cómodamente diez personas. Nosotros, incluido el cuarto bebé, seríamos los únicos seis habitantes de ella.

Recuerdo que cuando acompañé a mi papá a ver la casa, antes de comprarla, en el garaje había unas sábanas pegadas del techo que colgaban y tenían la forma de una tienda de campaña de la época de las cruzadas, al interior de ella había una gran cantidad de fotografías de personas aparentemente felices y todas ellas iluminadas por velas y velones de diferentes dimensiones y acompañadas de algunas estatuillas de santos y vírgenes.

Decían algunos vecinos que en esta casa vivió un brujo, yo tenía escasos cuatro, casi cinco años y no entendía nada de eso, no sabía lo que era un brujo y nunca había visto uno. Esta casa se caracterizaba por la cantidad de sonidos extraños que ocurrían, sabíamos con seguridad que no provenían de los pisos superiores.

Mi papá trabajaba en las noches, como lo hace ahora, nosotros nos quedábamos solos con mi mamá y como la casa era tan grande nos daba miedo dormir allí con las luces apagadas, entonces la luz del corredor (que quedaba entre el patio del centro y la alcoba donde dormíamos los tres, porque el cuarto bebé  dormía con mi mamá) permanecía encendida.

En esta tercera casa nunca escuchamos la totalidad del silencio, siempre sonaba una pelotica que se desplazaba saltando desde la puerta de entrada hasta el final del último patio y eternamente acompañada del sonido de unos pequeños pies que corrían tras ella. Sonaba el movimiento de unos cuerpos, los cuales nunca vimos pero sí sentíamos, el frío allí era bastante extraño porque era en ciertas zonas de la casa.

En el corredor que permanecía iluminado por las noches, mientras dormíamos, las siluetas de hombres y mujeres que fumaban se reunían sin pronunciar una sola palabra, a veces creo que era mejor no dejar la luz encendida toda la noche, estos fumadores siempre fueron unos visitantes extraños porque en mi casa sólo fumaba mi papá y él a esas horas de la noche estaba trabajando y mi mamá durmiendo.

Una vez mis dos hermanos y yo jugábamos en la terraza a elevar bolsas de plástico (la cuales amarrábamos a una cuerda, simulando una cometa) y en un agujero que había en la pared  Encontramos unas plumas, al parecer de un loro, que estaban acompañadas de una medallita de San Benito. Posiblemente allí sí vivió un brujo, aunque yo no creo en esas cosas, y estas plumas y esa medallita quizás eran los restos de alguna ceremonia realizada en esa casa.

Durante los siete años que vivimos allí era común encontrar medallitas de San Benito tiradas por todas partes, no sabíamos de dónde salían. También era común escuchar al niño que corría tras la pelotica todos los días varias veces al día y ver en las noches antes de caer en un sueño profundo a esas cuatro siluetas entre femeninas y masculinas que compartían un cigarrillo en el corredor.

Una noche mi hermano mayor, que sufre de insomnio, creyó ver a un niño con un traje de primera comunión de color blanco, parado justo al lado de la cabecera de mi cama, creo, según lo relatado por él en aquellos días, que el niño simplemente me miraba mientras yo dormía.

Mi tercera casa, al menos la que recuerdo, era una casa de sonidos y siluetas espectrales. ¿Será que aún el eterno niño que corre detrás de la pelotica sigue corriendo allí? ¿Será que la reunión de fumadores aún se congrega en el corredor de la casa?

Abandonar esta casa fue difícil, ya le habíamos cogido mucho cariño, incluso ya nos habíamos acostumbrado a los habitantes invisibles con los que la ocupamos inicialmente. Mi papá la vendió y compró una un poco más acogedora ubicada en las cercanías a la frontera entre Itagüí y Guayabal. Una casita pequeña que, con el pasar de los años, se transformó en un edificio de tres pisos, yo vivo en el tercero con mi tercer hermano y en el segundo piso viven mis papás, mi cuarto hermano y una quinta bebé, pero ésta es otra historia.

En mi cuarta casa, la de ahora, ya no se escuchan sonidos, ni se ven siluetas de hombre en las noches, ni hay animales con los que se pueda jugar. Vivo con los silencios recluidos por el tiempo, con los libros que acompañan cada palabra que pienso y que no pronuncio. Vivo con la soledad de los cuartos que me acompañan y me otorgan el placer del delirio y con la nostalgia del recuerdo.

Destierro… mi desplazamiento…

Ahora huyo de esa bestia salvaje, animal gris que crece descomunalmente y se traga a cada ser humano que respira su oscuro hedor. Ahora me sumerjo felizmente en el exilio porque he perdido la fe en mis semejantes; si es que así se le puede llamar a quienes creen en el asesinato justificado y en la injusticia heredada y engendrada por la ignorancia. Sé que me dirías que no todos nacen y mueren bajo esa idea de mundo, y estoy de acuerdo contigo mi estimada Elena, pero la saciedad de vivir bajo la presión de la industria, de ver que la educación está perdiendo su alma, su razón y de estar rodeada del fanatismo político, que se ha vuelto aberrante y pernicioso, de quienes me saludan a diario, me ha obligado a huir de la ciudad y me ha hecho pensar así.

 

En el lugar en el que me encuentro he hallado un hogar muy afable para soñar historias y para vivir. No tengo excesos ni lujos materiales: una pequeña casita en el campo, sobre alguna de las cordilleras que se dibujan en el país, me presta abrigo, dos alcobas y una salita amplia donde hay un sillón pequeño en el que me la paso leyendo y fumando, a veces me acompaña una botella de vino. Tú sabes cuánto me gusta el vino…

Don Pedro, un campesino de la zona, se encarga de traerme los víveres básicos, lo necesario para estar bien. Él baja todos los domingos al pueblo muy temprano en la mañana, entra en la iglesia, reza un “padre nuestro”, se toma un par de aguardientes y regresa en la noche buscando a su esposa entre las sabanas. Un día tendré el valor de invitarte a mi nuevo hogar para que los conozcas y para que nos tomemos un café mientras cae la tarde.

Si supieras la cantidad de lágrimas que derramé en el camino el día que salí de la ciudad. Tú, más que nadie, sabes cuánto amé a esa metrópoli en miniatura, cuan enamorada vivía de sus noches, de las calles donde crecimos y donde nacieron nuestros padres. Pero ella ha clavado en mí, en su afán de progreso, una nostalgia inmutable e inmensurable que se fue acrecentando en el camino que tomé para huir de allí. El camino estaba dibujado por pequeñas casas llenas de soledad, casas de barro y cañabrava, asentadas en la ruta de los viajeros donde la tierra se ha erosionado por el paso de las bestias y de los hombres.

Cada que recuerdo esta parte del viaje siento tristeza por las personas que habitan esas casitas, pero sé que ellas son felices porque no tienen un televisor o una radio que les transmita la miseria del mundo o que les cuente historias triviales que ofenden al pensamiento y a la razón. Sus niños aún juegan los juegos de niños y escuchan las historias de sus viejos, porque estos aún son importantes. En sus rostros hay alegría pero se dibuja la preocupación por el alimento, porque sus tierras no son muy fértiles, porque el río no siempre permite la pesca, porque las plazas de mercado quedan lejos, porque los adultos se queman la piel y ampollan sus manos, en las fincas o haciendas de quienes son los dueños de la ciudad, para poder conseguir algo de comer. Porque la ciudad está empezando a emigrar al campo y los quieren esclavizar.

Creo que me he puesto trascendental pero tú sabrás entenderme. Son muchas las quejas que tengo por contarte y las historias de tu vida que quisiera escuchar, que siempre me hacen reír y darte un abrazo. No quisiera agotarte con esta carta, sólo deseaba que supieras que me encuentro bien, que tengo lo justo para respirar y no sentir dolor ni hambruna, que mis libros me acompañan, que pierdo las tardes enteras viendo como el humo del cigarrillo se desvanece en el aire, que me la paso soñando y escribiendo, que pienso mucho en ti y en Carlos cada que me asomo por la ventana o cuando miro el horizonte en la madrugada.

Dile a quienes pregunten por mí que estoy bien, que mi vida transcurre lentamente al compás del humo y de los mundos soñados en los libros, que no estoy ni más vieja ni más bella, que las noches son el regocijo del silencio bajo la luz de las velas y dile a Carlos que lo quiero y que me perdone por no anunciarle mi partida. Diles, simplemente, que disfruto el placer de la tranquilidad en donde sí es permitida.

Con la promesa del volver, te envío un beso y un abrazo cálido.

María…

Algunas acepciones de Silencio

“Este es un silencio escrito, un silencio que guardan las rocas donde las gaviotas hacen sus sentadas y el mundo las llama para que vuelen y no queden como postes clavadas en un rincón.”

Tony Pichs


Silencio. Un ruiseñor que duerme sobre copas de árboles floridos en lo alto de los bosques, un azulejo que trajo la noche al cerrar sus alas y el aleteo caótico de murciélagos sobre ricos frutales, el sigilo del movimiento tras cada expresión que encarna sentimientos, un hombre que agoniza, una mujer que ama con cada apéndice de su corazón y con las curvaturas de su cuerpo, un fusil que limita libertades cuando hace parte del equipaje de viaje.

Un niño que duerme. El tic tac del tiempo fluyendo por todo el cuerpo, el pensamiento que hace eco y despierta a la nostalgia, la respiración agitada tras cada lágrima o cada sonrisa, campos cubiertos de mariposas, noches eléctricas y pieles líquidas sobre las lenguas, hombres ocultos en la selva, varias noches y varios días (no saben cuántos).

Silencio. Cigarrillo encendido a media luz frente a la ventana de una habitación oscura, humo mezclado con el aire que se respira y con la bruma del frio de la montaña cuando es exhalado, sexo de mujer desgarrado luego de mil penetraciones forzadas por segundo, llanto energúmeno de esta mujer en un rincón vacio, sueños que no se recuerdan después del sueño, el rocío de la mañana sobre casas, árboles, flores y animales -también eso es silencio-.

Un corazón frágil a causa de otro corazón y con un latir disímil en la piel. Un pezón erecto entre los labios. Una caída de agua en la montaña que nace en la raíz de un árbol. Miles de preguntas sin pronunciar. Un hombre muerto y un nuevo palpitar alojado en el vientre húmedo de una mujer que adolece la vida.

Escozor en los labios y una guitarra silenciada, dolor en las manos por lo difícil del arado en esta tierra. Silencio: metáfora y pluralidad del sonido bajo el delirio del alma… ¿Quién puede asegurar que ha escuchado el silencio, la quietud y la mudez de los hombres o la implacable calma del cielo luego de la lluvia, la lluvia que se estrella sobre unos y sobre otros?

Tres minutos, un cigarrillo y una copa de vino

1:15 de la mañana. Cigarrillo Belmont en los labios. Encendedor azul de quinientos pesos en mi mano. Un hombre camina sin la preocupación del tiempo. Una bocanada de humo se fusiona con la respiración. Una copa de vino tinto, a veces es un Cabernet Sauvignon, hoy sólo tengo Carménère. La noche suena a electricidad concentrada en las calles, a cambio de nivel en las neveras, suena a televisor encendido en el sueño de algunos insomnes. La noche me gusta por sus silencios extraños, por su soledad transeúnte, por las ganas de orinar que provoca el frío de la próxima madrugada. Por lo bien que sabe un cigarrillo en el balcón de mi casa o en la terraza y porque la ciudad parece un asentamiento ilegal, donde pastan las estrellas.

Hoy hace frío y nuevamente han crucificado y resucitado a Jesús, y lo han empotrado en las paredes de cada iglesia católica de la ciudad, del país y del mundo entero. Hoy hace frío y medio desnudo me fumo un cigarrillo Belmont en el balcón de mi casa, todo está en aparente silencio, el perro del vecino rasguña las paredes como si buscara un tesoro o como si quisiera esconderlo, es un labrador chocolate que no ladra. En la otra casa vecina sólo suenan los golpes contra la pared de alguien que se mueve buscando el sueño y sólo encuentra una barrera de concreto. En la casa de atrás una pareja hace el amor; lo sé porque escucho la respiración agitada de sus corazones, porque la ventana de su dormitorio está abierta para que se fuguen los sueños tras cada espasmo muscular luego del orgasmo colectivo que nos sumió en el silencio del aire.

“Todo lamento, cuando se mira hacia atrás, es una expresión de nostalgia” dice Collazos; por esto creo que las noches son lamentos, son gritos sordos en los corazones de quienes aman y dejan de amar, de los que se embriagan hasta perder la consciencia porque soñar y delirar es mejor realidad que cualquier realidad consciente, la noche es tristeza así se ría a carcajadas, es el llanto de un niño que tiene miedo a la oscuridad, del niño que fuimos y sosegamos por otro miedo en otro miedo humano, la noche es el insomnio de los pies, mis pies, que se arrullan para que duerman mis ojos, la noche es mirar atrás y es nostalgia.

En una noche así Rimbaud sentó a la belleza en sus piernas, en una noche Ulises buscó a Penélope y se encontró ebrio en el sexo de Calipso -aún no ha llegado a su amada Ítaca- en otra Mauricio Babilonia colmó de mariposas la habitación de Meme, mil y una noche una mujer contó historias para salvar su vida, una noche un tal Romeo dejó atrás su nombre para poder amanecer con una tal Julieta en su regazo, mientras un zutano buscaba a su mengana, Enoch Soames en una fría noche quiso ser recordado y conversó con el diablo, en una noche me fumé un cigarrillo y me bebí una copa de vino tinto, en una noche escuchaba a Kavafis, en otra jugué con mis sueños y me enredé con la cobija en la mañana, en una noche dejé de ser un yo para formar un colectivo de yoes –Juan Ángel, Benjamín y este yo fragmentado.

En una noche Aristarco de Samos midió la luna, en otra un caballo de madera acababa con Troya, en una noche Galileo observaba los cráteres de la luna y en otra Leonardo da Vinci pensaba en su Mona Lisa. En una noche, quizá, Sergio Stepanski decía que todo, todo le da lo mismo, que todo le cabe en el diminuto y horrido abismo donde se anudan serpentinos sus sesos, tal vez por ello, jugó y cambió su vida. En una noche me emborraché en la playa mientras escuchaba a Morrison: I’d give it all right back to you y luego vomité mis entrañas.

Las noches son nostalgia, ya lo dije, así suene en algún bar de la ciudad el “sonido bestial” de Richie Ray Y Bobby Cruz y se deje el cuerpo entero en la pista de baile, así hayas recibido tu primer beso, tu primer sueldo, tu primer orgasmo. Las noches saben a bandoneón con Cabernet Sauvignon, hoy sólo tengo un Carménère y un cigarrilo Belmont en mis labios, las noches saben a Pessoa golpeando mi existencia, saben a recuerdo y a Chavela Vargas con su llorona.

1:18 de la mañana, colilla de cigarrillo entre mis dedos, encendedor azul de quinientos pesos sobre el pasamanos del balcón, una copa de vino tinto vacía, las gotas de lluvia caen sobre el techo, simulando un nocturno de Chopin, el perro vecino sigue buscando el tesoro, los amantes duermen sobre su desnudez, y yo me sirvo otra copa de vino mientras observo el caer del agua y el dormir de la ciudad.

Belleza y fealdad en Drácula. Estética del miedo

Un mordisco en el cuello, justo por donde pasa la vena yugular… ¿por qué sólo ocurre esto en las noches? ¿Quién es el causante de esos minúsculos agujeros que dejan escapar la sangre de las personas? ¿Qué significa ese ser que se esconde bajo la noche silenciosa y que se mueve al ritmo de su sombra generando temor entre los seres humanos? Con seguridad la naturaleza de Drácula es misteriosa y mítica, como bien lo sabemos. ¿Es el Nosferatu-vampiro un ser feo? Desde su nacimiento, en las páginas escritas por Bram Stoker, sin ser él el primero en hablar sobre la existencia de un ser con tales características, el Conde Draculea[1] ha sido el representante, incluso en nuestra época, de la muerte, de la soledad, de la nostalgia y de la enfermedad, además de tener una relación casi indisociable con la animalidad del ser humano representada en otros animales, que al parecer causan terror y resignifican ciertas cualidades del Nosferatu que, con seguridad, desembocarán en la representación del miedo.

Drácula, Nosferatu o el Vampiro, como le quieran llamar, representa, según algunos expertos[2] y, como lo mencionamos anteriormente, al miedo… ¿de qué?… ¿a qué?… quizá es el miedo a la muerte, a la enfermedad, a ser absorbido por algo que aleje al ser humano de la realidad en la que vive.

Siempre hemos visto que el miedo está relacionado con lo feo, lo horrible y lo desagradable, pues bien, Drácula es el heredero de estos atributos, por ello es incuestionable que su apariencia pertenezca a una estética del miedo, del terror. Estanislao Zuleta nos dice, parafraseando a Sartre, que la fealdad condensa todos los horrores de este mundo y que puede definirse como lo extraño, claro… ¿qué puede causar más miedo que algo nuevo? Las películas que se han realizado en torno a este ícono del terror han estado constantemente renovando el mundo de imaginarios que nacen al escuchar el sustantivo de Drácula, además de una amalgama de fenotipos que oscilan entre lo feo y, como se ha dicho antes, lo bello, entre la animalidad y la humanidad.

Margarita Cuellar al referirse a los vampiros nos dice:

Estas criaturas de la noche, no sólo juegan en contra de una “vida después de la muerte”, central al pensamiento cristiano, sino que desafían la idea del cuerpo aporreado como recurso para purificar el alma y las pretensiones de divinidad que aseguran que sólo la moral y lo puro tienen la capacidad de vida eterna y de regresar de entre los muertos.

Los vampiros representan de igual manera lo pagano y lo fúnebre. En las películas que se han realizado sobre la obra de Bram Stoker se puede apreciar esto. Acá se hace referencia a cuatro de ellas; la primera y la más importante: Nosferatu. Dirigida por Friedrich Wilhelm Marnau en el año de 1922. En blanco y negro, con prolongados silencios y expresiones exageradas, aparece en Alemania esta adaptación libre[3] sobre Drácula en la cual se puede ver una interpretación, según descripciones muy precisas por Stoker en su novela, sobre la apariencia del vampiro, allí se nos muestra una imagen lúgubre, un ser aislado socialmente que tiene como fin la alimentación y por ello sale de los Cárpatos[4] a un lugar más poblada buscando la sangre que le dará vida. La imagen de Nosfertu siempre viene asociada a las ratas que representan la peste, la cólera y a las plagas en general. ¿Quién puede asegurar que la apariencia de estas se asocia a lo bello o a lo feo? Drácula es esa enorme masificación de ratas que se recrea sobre escenarios muy similares a criptas, ataúdes y cementerios y a la vez es la enfermedad que ellas encarnan.

El segundo filme se llama Nosferatu: Phantom der Nacht dirigida por Werner Herzog y producida en 1979. Aunque entre 1922 y 1979 se produjeron una cantidad considerable de películas sobre Drácula, calificamos esta como una de las de mayor representación de la saga del vampiro, pues ella es un remake de la anterior; es la misma adaptación visionada por Marnau y con el aditivo de unas nuevas características para el conde Orlok (cómo es llamado en estas dos versiones), de corte más expresivo y siniestro otorgadas por el actor alemán Kinski, quien encarnó a un Drácula más pasional, más fatídico que, quizá en su apariencia, generaba más miedo que el anterior. En estas dos versiones se sigue conservando la idea del Drácula fúnebre representante de una familia noble. Si observamos la pigmentación de las ratas usadas en la película de Marnau y la comparamos con las ratas del remake de Herzog nos daremos cuenta de que las primeras son de color gris y negro[5] mientras que en la última su coloración es blanca, lo cual puede representar esa nobleza del conde al ser un Drácula alemán.

La tercera película, con una historia diferente sobre Drácula, se llama Nosferatu en Venecia, dirigida por Augusto Caminito cuya nacionalidad Italiana nos presenta un vampiro que no sólo busca su alimentación sino que busca como fin la muerte. Este Nosferatu de 1988 conserva algunas características de las propuestas por Marnau y Herzog, además de ser Kinski el actor que personifica nuevamente al conde. Hay una notoria transición física, fenotípica y comportamental de este nuevo Drácula, las pantallas nos muestran aparentemente un Nosferatu que pretende abordar un erotismo capaz de llevar al hombre a la muerte pero ¿acaso lo erótico no tiene relación con la muerte? De igual forma están presentes las ratas y el murciélago, en algunas imágenes la espesa neblina entra a jugar un papel importante porque es la idea de la oscuridad en el día. Hay unos personajes que siempre acompañan, cuidan y sirven a Drácula, ellos son los gitanos[6] quienes aparecen con mayor fuerza en esta película.

La cuarta película que no podemos dejar de mencionar es la dirigida por Francis Ford Copolla realizada en 1992. En esta película se logra ver esa cantidad de matices que ha adquirido Drácula a lo largo de la historia, la presencia de las ratas, los lobos, los gases tóxicos y las neblinas, las fuertes tormentas y cambios climáticos, los murciélagos y formas híbridas encarnadas en él o que las encarna él. Se recrea la época victoriana desde los trajes y la ambientación de época sobre Londres, además de dar referencia a los mitos históricos que influyeron en Bram Stoker para la escritura de la novela como lo son Vlad “Tepes” Draculea y Elizabeth Bathory entre otros.

Este filme nos regala una imagen del miedo que se concentra en lo pagano, la película está cargada de iconografía religiosa que se combina con formas animales, con sangre, muerte, enfermedad, venganza y amor que es, quizá, el atractivo que le otorga Copolla a Drácula porque realmente Drácula no ama, sólo busca alimento porque es un cazador. En esta película hay una aparición importante y tiene que ver con la mujer vampiro, todas ellas dotadas de una enorme belleza simulan a las sirenas que hacen perder el rumbo de los barcos en altamar. Si en las anteriores películas se nos presentaba la idea de un Drácula feo en ésta él es una amalgama de imágenes y sensaciones, es decir, es feo pero también es bello además la mujer Vampiro está dotada de una sensualidad enorme y una belleza extraordinaria que puede llevar a los hombres a la muerte.

Sigue aún la pregunta sobre si Drácula es feo o bello. La respuesta no es muy clara pero podríamos asegurar, por ese rápido recorrido que hemos hecho en estas cuatro películas, que el conde de los Cárpatos es bello y feo, así encarne a otros seres u otras formas, así sea femenino o masculino, así sea una rata, un lobo o un hibrido como se muestra en esta última producción cinematográfica porque él es la representación de la posible estética del miedo y del mal.
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NOTAS:

[1] Draculea quiere decir el hijo del diablo, este es el nombre que recibe Vlad Tepes quien sirvió de inspiración histórica real a Bram Stoker para su novela.
[2] Manel Dalmau, especialista Catalán. En varias oportunidades ha dado conferencias sobre el asunto de los vampiros en diferentes eventos de la ciudad que están vinculados con la literatura.
[3] Marnau para no paga derechos y permisos de adaptación de la novela de Stoker. Intento hacer su propia interpretación de la novela, modificando nombres de los personajes y no recrea la época victoriana en la que se escribió la novela original, entre otras cosas.
[4] Sistema montañoso de Europa oriental que forma un gran arco de 1.500 km de longitud y unos 150 km de anchura media, a lo largo de las fronteras de Austria, la República Checa, Eslovaquia, Polonia, Ucrania, Rumania, Serbia y el norte de Hungría.
[5] Si las ratas fueran blancas en esta versión, con seguridad sería notoria la pigmentación de ellas sin importar que ésta se haya rodado en blanco y negro.
[6] Los gitanos son reconocidos como los ladrones de los clavos de la cruz de Cristo (argot popular) y por ello es que andan errantes por el mundo.