El noctívago

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EL DESCENSO DE MARTÍN

MARTÍN

Martín está enfermo habíamos escuchado decir. Él iba y venía más lento que de costumbre pero iba y venía como siempre lo había hecho, adormilado. Martín no está comiendo bien, nos decían como reproche a nuestro escepticismo y posible abandono, pero lo veíamos masticar casi atragantado el pollo, el quesito o los postres que por su mesa pasaran.

Una mañana frente a nosotros Martín no se levantó a comer, no se levantó a jugar como era su costumbre y su naturaleza, sólo permaneció impávido en su cama con la respiración fuerte y el cuerpo, en exceso, caliente; tenía fiebre y de seguro era muy alta. Su aliento era insecticida; su lengua y paladar estaban plagados de úlceras y quizás esto era lo que impedía que su apetito devorara cualquier tipo de manejar con el que quisiéramos seducirlo.

Lo llevamos de urgencia a la clínica, nuestras caras entristecidas sólo manifestaban la desazón de nuestros corazones, el remordimiento por no atender a sus señales y la conmoción por la posibilidad de su muerte. Extrañados nos encontramos en una clínica fuera de lo común, todos sus empleados expedían una enorme sonrisa, como si esto hiciera parte de su libreto laboral, cada uno de ellos nos recibía con amabilidad y miraban a Martin con cariño, con amor y no como una molestia; como suelen hacer los empleados en las EPS de mi país, cada que un herido o un enfermo de gripa entra por sus puertas.

Nos atiende una médica, de no más de un metro cincuenta de estatura, con unas enormes gafas que adornaban la sencillez de su rostro y resaltaban esa mirada tierna con que atiende a sus pacientes. Examina de arriba abajo, siempre con calma, reflexiva y atenta a la descripción de sus sensaciones, le toma la temperatura, escucha sus entrañas, finalmente concluye que: Martín tiene una fiebre muy alta, está deshidratado y por las aftas en su paladar y encías, posiblemente tenga una enfermedad viral… es necesario que se le realice unos exámenes para determinar, con exactitud, lo que tiene, por ahora se le suministrará suero y algunos antibióticos.

Dos horas, quizá más, permanecimos allí observando como las gotas de suero caían, segundo a segundo; como hidrataban a Martín y le inyectaban antibióticos y medicamentos para la fiebre. El enfermero de turno le extraía unas cuantas gotas de sangre de su existencia para los exámenes. Martín no se movió, sólo observó paciente, tal vez cansado o simplemente muy enfermo como para moverse y manifestar alguna sensación. Al salir, cada uno de los empleados de la clínica, que no eran muchos, se despedía amablemente, acariciaban la cabeza de Martín y con cariño nos recordaban que debíamos regresar al día siguiente para continuar con el tratamiento y la recuperación.

Mientras íbamos en el taxi, cansados por el día de trabajo y la larga pero efectiva espera, mi cabeza sólo cuestionaba el tipo de atención que se daba (y se seguirá dando) en cada una de las clínicas para humanos de este país, pues Martín siendo un gato de no más de un año de edad, era atendido con todo el amor y el cariño que cualquier ser vivo puede merecer. Mi corazón se sentía afligido porque uno de las características de nuestro estado de humanidad es la desesperanza y creo que las instituciones de salud en Colombia son fieles reproductoras de ese sinsabor humano. Hemos naturalizado la injusticia, la intolerancia, el mal servicio de las instituciones nacionales y la muerte por falta de un servicio de calidad.

Pensar en esto me llevó a recordar un artículo de Juan Gossaín titulado “Cuando los pacientes de las EPS mueren sin atención” publicado en el periódico el tiempo. Pese a que es un artículo de hace ya casi 2 años creo que es vigente, en términos de ser un llamado de atención al estado por el mal servicio de la salud y de la atención que prestan las EPS. El periodista inicia afirmando que “Si en las regiones llueve, en Bogotá está cayendo el diluvio universal” y con seguridad, si se conocieran todos los casos de mal servicio de salud en nuestro país podríamos comprender que esta crisis va más allá de una leve brisa o un diluvio, incluso sobrepasa las fronteras del famoso carrusel de la salud como fue denominada esta situación hace un buen tiempo.

Durante tres semanas seguidas estuvimos asistiendo con Martín al tratamiento, a las revisiones, a los controles y a los exámenes requeridos, entristecidos completamente por saber que su enfermedad no sería fácil de tratar y porque la leucemia gatuna no tiene cura. En este tiempo pude deconstruir en mi mente esa idea del animal-objeto bajo el cual había crecido y que, con seguridad, muchas personas profesan.

Como si se iluminara mi sentir y mi condición de humanidad comprendí cuan importantes son las mascotas en la vida de los sujetos, así como lo necesario que es dignificar la condición de ser vivo de cada uno de los animales que acompañan nuestros días, vi con claridad que cada mascota deja de ser mascota y se convierte en miembro activo de la familia. Que ellos también tienen derecho a vivir con dignidad y con tranquilad, alejados de cualquier amenaza contra su existencia.

Veinte días después Martín debió morir, pero eso es otra historia.

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¿LA EDUCACIÓN COMO UN ACTO DE AMOR? ¿UTOPÍA ?

Entrada

“El amor es un acto de valentía, nunca de temor;
el amor es compromiso con los hombres… La educación
es un acto de amor, por tanto, un acto de valor.”

Paulo Freire.

Es casi media noche y decido prender la computadora para escribir un poco. Hace un buen tiempo no practicaba este hábito de solitarios, de insomnes, de humanos. Tras encender el equipo busco inmediatamente las carpetas de música, preferiblemente salsa, para acompañar este instante difícil de conjugar bien las palabras, de ubicar bien las comas, los puntos seguidos, tal vez un punto y coma, que sé yo… Mientras pienso en lo que deseo escribir. Mientras mi yo consciente se acalla un poco y busco en el espacio de mi habitación las frases iniciales que me permitirían generar un nudo para desentramar y desentrañar de mis entrañas, eso que hace un buen tiempo me genera desazón y malestar existencial, miro con nostalgia algunas fotografías mías y no mías, sobre mí y sobre lo que fui, lo que soñé ser y lo que me hace ser.

He sido un idealista y un soñador, creo que aún lo soy, en cuanto a discursos pedagógicos. He sido víctima de la indiferencia y he sido indiferente frente algunas realidades que se esconden en cada uno de los salones de clase. Cuando era estudiante de la facultad de educación creía que para ser docente bastaba con dominar un saber específico y tener el deseo de mejorar el aprendizaje sobre ese saber disciplinar. Ahora sé, a ciencia cierta, que la docencia escolar va mucho más allá que una serie de disciplinas y contenidos académicos bien estructurados (así las discusiones entre los sindicatos y el estado se limiten a lo salarial) y que la realidad de ser docente está plagada de múltiples variables, pero ¿cuál es la realidad de un profesor?

Una posible respuesta

Podría afirmar que son salones colmados de tristezas disfrazadas de indisciplina y bajas calificaciones. La soledad, tras el vacío que queda, cuando la campana de salida retumba por los corredores y detrás de la luz apagada se va el último niño, el último joven. El silencio en el corazón cuando es de noche y sigues en el salón de clases observando las sillas vacías. Las exigencias absurdas por un sistema de educación absurdo. Los formatos por llenar y diligenciar como requisito para camuflar la poca calidad del sistema.

Los contenidos innecesarios para la formación humana de humanos carentes de una verdadera humanidad. El miedo a iniciar una clase y a equivocarse en el discurso. El desasosiego de ser docente y no lograr, en lo más mínimo, cambiar la vida triste y solitaria de al menos un estudiante o dos. La sonrisa diaria de jóvenes ávidos de afecto y de cariño. La imposibilidad de un abrazo requerido. Los padres agradecidos por la formación de sus hijos y los padres sobreprotectores haciendo señalamientos porque sólo están interesados en la protección y no en la formación. La mercantilización del conocimiento por la empresa privada y la mediocrización de la palabra por la escuela pública. La falta de vocación de muchos maestros y el exceso de confianza en el resto.

Reuniones de padres infestadas de tíos, abuelos, primos, hermanos y cada uno de nosotros con la pregunta indeleble ¿dónde están los papás? La indiferencia de los jóvenes frente a la academia, no de todos pero sí de muchos. La indiferencia de la familia que cada día modifica su estructura y nos presenta padres que no son padres porque no saben cómo serlo, porque no saben cómo  asumir su rol. La indiferencia de administrativos y políticos que buscan lucrarse y piensan que la calidad se refleja en “Pisa” o en “Saber”.

¿La educación como un acto de amor?

Más allá de esta imagen personal he de manifestar que, aunque la labor docente es subvalorada por los intereses políticos del país, violentada por los diferentes entes armados “legales” o no legales y limitada por el padre ausente-cliente, la docencia es una profesión que padece del mutismo aberrante de quienes la ejercen como único escape al desempleo nacional. Es una profesión que, generación tras generación, ha perdido su norte humanista porque se ha hecho más importante formar en contenidos para poder competir internacionalmente, olvidando que los estudiantes de estas nuevas generaciones, más que formación académica, requieren una educación desde el afecto para no ceder ante en la trampa de la guerra y la intolerancia. Los maestros, muchos de ellos, han perdido el sueño y la vocación que los llevó a las aulas, mientras otros tantos lo hicieron detrás del  azar, buscando un salvavidas a su situación económica.

Con el paso de los días dentro de las aulas de clase, he comenzado a entender, creo yo, esa idea freireriana  de que “la educación es un acto de amor”, y lo es en el sentido amplio de su acepción. Una educación con amor es aquella en la que el estudiante es escuchado, es comprendido y es llevado hasta el límite de sus posibilidades en la búsqueda de sus propias verdades; es aquella en la que es reprendido (entendiendo por reprender todo aquello que acarrea actos formativos) por sus actos malintencionados y premiado por sus proezas. Educar con amor es brindar un abrazo cuando es necesario, así el sistema piense lo contrario. Es transmitir esa pasión por lo enseñado motivando el aprendizaje… pero sobre todo, educar con amor es permitir que el estudiante abra su corazón por medio de la palabra para que libere sus miedos y la tristeza de estar solo en este mundo de falsas comunicaciones, de padres ausentes y obsolescencias programadas.