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¿El aprendizaje y la enseñanza como consecuencia del deseo o lo que el derecho a la educación hizo con ellos?

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“Sólo es eficaz una educación si busca enseñar a alguien algo que desea aprender” Estanislao Zuleta

Últimamente me he topado en internet con varios artículos que  buscan, tal vez, generar una inquietud por la labor docente en mi país, además, de propuestas “novedosas” sobre cambios “importantes” en los procesos de enseñanza que propenden por “mejorar” el aprendizaje de nuestros estudiantes. En todos ellos leo una queja constante de los maestros hacia el estado y del estado hacía los docentes y escuelas. Pues bien, ahora pretendo ser el autor de otra posible queja que apunta, al igual que los textos que he leído, a buscar un culpable por la “mala”, o mejor dicho la “fallida” educación de nuestro país en los últimos tiempos.

En constantes conversaciones con los pocos buenos amigos, con quienes se puede discutir sobre la situación nacional y tratar de solucionar y salvar esta nación herida y desangrada sin justificación; he creído en la hipótesis, de que el problema de que la educación en este país esté “fallando”, de manera reiterada, pese a los esfuerzos de muchos docentes “innovadores” y de muchas propuestas del Ministerio de Educación Nacional (MEN), data del momento histórico en el que la educación dejó de ser un privilegio de pocos para convertirse en un derecho. Con esto no quiero decir que esté en contra de ese derecho fundamental a salir de la ignorancia, o que ignore la importancia de abrir los ojos al mundo para entender un poco mejor el espacio habitado. Creo entonces, que hemos entendido mal el derecho fundamental a la educación (que además en Colombia también es un servicio).

El estado, al parecer, considera, aunque no lo diga, que la educación al ser un derecho no es una inversión sino un gasto que los llevará a recortar presupuestos en otros proyectos económicos que, desde sus perspectivas, posiblemente, garantizarán un mejor bienestar a los colombianos. Los colombianos, por su parte, divididos en dos grupos; el primero de ellos encabezado por los padres (papá y mamá), no todos pero si una grande mayoría de ellos, han llegado a manifestar con palabras, y a viva voz, que la educación es tan importante como la respiración y los latidos del corazón, pero en sus actos han mostrado que la función primordial de las escuelas, para ellos, debe ser la de guardar y cuidar a sus hijos mientras ellos están trabajando, o viviendo en su deseo de no ser padres, ya que lo fueron por una decisión errada en sus vidas o por una impertinencia pasional de sus actos juveniles.

En este mismo grupo se encuentran los hijos, nuestros estudiantes, quienes, al igual que sus padres, consideran y están seguros de que educarse y aprender es el paso fundamental para el progreso, pero asisten a sus escuelas con la desazón de no saber a qué van y peor aún, creen que pierden mucho tiempo para vivir asistiendo, día a día,  a la escuela. Muchos adolescentes (porque los niños y preadolescentes que aún cursan la básica primaria, al menos una grande mayoría, aman ir a la escuela) suelen despertar el sentimiento de que un salón de clase es un lugar de castigo y que sus profesores son castigadores cada que ponen tarea, cada que explican algo que no es de su interés inmediato y que mucho menos está contemplado entre sus pasiones y deseos imberbes e injustificados de libertad.

En el segundo grupo están los docentes y los directivos y administrativos; los primeros, en su mayoría, llegaron por azar a la docencia, otros por falta de oportunidades laborales en sus respectivas disciplinas o profesiones (porque no todos los docentes son licenciados o pedagogos y mucho menos didactas de la educación) se toparon con la posibilidad de ser docentes porque les permitía, económicamente, un ingreso “justo” para vivir, mejor dicho para sobrevivir en este país que menosprecia y subvalora cualquier tipo de mano de obra. Y están los docentes que invirtieron sus sueños, su tiempo y su deseo en estudiar para profesores, estos, generalmente, llegan cargados de utopías y de sueños de libertad a una escuela que, por protocolos administrativos y por mandatos o políticas estatales, despiertan un sentimiento de impotencia y de castración ya que el estado, por medio de sus representantes en la escuela, inutilizan sin compasión esos buenos deseos y esa pasión incrustada en el alma con la que iniciaron su carrera universitaria estos profesores con “vocación”. Muchos de ellos, frente a ese acto de salvajismo simbólico, frente a esa esterilización, prefieren retirarse o asumir una postura de sumisión frente a su labor, no digo que todos, pero sé que muchos de mi colegas trabajan al ritmo de un deseo domesticado por el deseo de un estado que se la juega de dicotomía en dicotomía tratando de ser la nación que no es.

Finalmente, en este segundo grupo están los directivos y administrativos de las escuelas, quienes parecen caminar hacia donde van los anhelos y el desespero del estado, por no saber cómo determinar la calidad educativa, más allá de unas pruebas estandarizadas que, con seguridad, sólo significarían para ellos un mayor ingreso económico, un prestigio frente a los otros y la posibilidad de acceder a una serie de estímulos. A esto cabe anotarle que muchos, la gran mayoría de administrativos y directivos, nunca han estado en un salón de clases frente a cuarenta o más estudiantes que, sólo pueden significar, cuarenta formas diferentes de aprender y de vivir el mundo; y quienes estuvieron alguna vez piensan o suponen que todos los otros docentes deberían dar sus clases bajo las mismas metodologías que ellos usaron en ese entonces, desconociendo que la escuela se pluraliza día a día y de formas diferentes cada que el sol aparece sobre nuestras cabezas.

Todo esto, que puede parecer cantaleta o un atrevimiento de mi parte se puede resumir en que, infortunadamente, el deseo por aprender y por enseñar sólo existe en unos pocos. Que el deseo y la pasión, tanto en estudiantes como en docentes, ha sido opacada, y casi olvidada, desde que el privilegio de la educación se convirtió en derecho y éste, a su vez, comenzó a matizarse con una imposición familiar para nuestros estudiantes y en una obligatoriedad de cátedras y de contenidos en cada área que, con seguridad, llevarán a los estudiantes a manifestar, así como lo planteo Estanislao Zuleta, pero con otras palabras, que la educación, así como está, sólo reprime el pensamiento y el deseo de ser, pues se limita a la transmisión de datos, conocimientos, saberes y resultados que otros pensaron pero no enseña ni permite pensar; porque estudiamos y enseñamos para pasar las pruebas que nos dan “estatus” y solvencia económica, y tranquilidad familiar de que los estudiantes están aprendiendo y los docentes están enseñando lo que el estado manda.

Cuando era estudiante para profesor de matemáticas adquirí el optimismo, sobre la idea de que otra educación era posible; aún no abandono esa utopía en mí, pero si me he vuelto un poco más realista, quizás escéptico,  sobre la situación actual de la educación en Colombia. Considero que todo lo escrito en estas líneas son consecuencias de que la educación se haya convertido en un derecho. Un derecho que nos ha llevado a desconocer la importancia fundamental del deseo de aprender y el deseo de enseñar.