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De los falsos Profetas en la educación escolar

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De falsos profetas están llenas las escuelas y las aulas de clase; Hombres y mujeres que pregonan y hablan de la forma más hermosa posible de los procesos de enseñanza y de aprendizaje, de la inclusión y de las formas, y estrategias, para superar diferentes barreras en el aprendizaje y llevar a niños y niñas con discapacidad cognitiva a un estado de “competitividad”, acorde con sus necesidades y habilidades. Estos falsos profetas se hacen llamar pedagogos porque conocen a pie puntilla las ideas de los grandes pensadores de este siglo y de siglos pasados, no porque las practiquen sino porque las han leído bien y las han discutido en sus grupos de estudio o de investigación, pero con dificultad las han llevado a la praxis en contextos escolares diferentes a los campus universitarios. Sus discursos academicistas logran impresionar a nuevos docentes, ávidos de conocimiento; a estudiantes que ignoran cual es la verdadera razón de su estadía en la escuela; a padres desesperados por no saber cómo educar a sus hijos, pues nunca recibieron cátedra sobre esos menesteres familiares;  e incluso a quienes administran la educación, tanto en lo público como en lo privado.

Escuchar a estos profetas es fascinante porque uno siente que la solución a muchas de las incertidumbres que genera la escuela, en el consciente e inconsciente de los docentes, pueden ser solucionadas (además de que siempre tienen la solución para los problemas de la nación). Es encantador su discurso porque logran desnudar hábilmente los planteamientos reflexivos, metodológicos y epistemológicos de los verdaderos pedagogos y pensadores de la educación; Hablan de Makarenco, de Freire, Dewey, Neill, Stenhouse, Montessori, entre muchos otros. Hacen que uno se sienta como si los propios intentos pedagógicos (sin ser uno un pedagogo con método y metodología, más allá de la experimentación de estrategias disimiles entre sí, pero con resultados positivos, nunca sistematizados) no valieran gran cosa y no fueran  importantes.

Aunque suelen ser una buena compañía para el café y tal vez un Marlboro, por lo interesante que se tornan las conversaciones, suelen ser un tanto engreídos y egoístas, incapaces de reconocer que existen asuntos que, por sencillos que fueran, no logran comprender. Se les dificulta pedir ayuda y admitir que se equivocan, y para salvaguardar su honor de intelectual indeleble e inquebrantable, y sin sentir escrúpulos, tratan de opacar a quienes, de alguna manera, no creen en ellos y logran percibir los errores que trataron de ocultar.

Entrar en un aula de clase, en donde estuvo uno de estos profetas, luego de su partida, es encontrarse con una contradicción absoluta a sus discursos. Es hallar el contraejemplo de qué aplicar todas las metodologías pedagógicas y didácticas almacenadas en sus cerebros, o al menos una, les fue imposible porque, quizá, no comprendieron que en las escuelas, los muchachos necesitan algo diferente, incluso  a lo que el mismo sistema educativo nacional plantea; tal vez no se toman el trabajo de observar a sus estudiantes porque están muy ocupados en analizar discursos para futuras investigaciones, cuyo laboratorio están en sus capacidades inventivas, intelectuales y no en su posibilidad de acción e interacción en las aulas. Estar en el lugar que antes ocupó un profeta es encontrase con la nada absoluta, porque se llevan consigo el manual de navegación que podría darle continuidad a sus prácticas, evitando el cataclismo de la desorientación de los estudiantes que padecieron con su presencia.

Los falsos profetas, por lo general, tienen una corta estadía en las escuelas ya que sus capacidades se ven limitadas en este contexto y optan por salir corriendo de ellas, usando cualquier pretexto que los exima de cualquier responsabilidad, atribuyendo sus errores, sus miedos, sus vacíos a los otros.  Es allí donde uno se pregunta ¿dónde están estos nuevos pedagogos cuando salen corriendo del mundo escolar? ¿Por qué las universidades han servido de acopio y de asidero para estos intelectuales temerosos de la interacción dialógica, entre sus discursos, finamente aprendidos, con el contexto salvaje que se enmarca a las escuelas? ¿Qué hace un hombre o una mujer que hizo de sus propio proceso de aprendizaje un “aprendizaje bancario” en términos Freirerianos, enseñando en las universidad sobre cómo ser docente, cómo ser pedagogo, cómo ser didacta, sí cuando se enfrentó a la escuela por primera vez, tal vez, no fue capaz de admitir su derrota y su incomprensión del contexto real de las escuelas y salió corriendo?

He de manifestar, por ahora, que prefiero ser de los docentes que se equivocan y admiten sus derrotas por el simple deseo de aprender, que me gustan los docentes y maestros que hablan desde la duda y no desde la certeza, porque la comprensión del mundo se basa, creo yo, en las preguntas que al mundo se quieran hacer. Y como estos profetas no reconocen sus dudas y las de los otros, he de sentir que espero no convertirme en algún momento en uno de ellos, porque deseo imaginarme (así mi proceso de aprendizaje como profesor sea lento) como el maestro autentico que María Zambrano describió, así:

“Podría medirse quizás la autenticidad de un maestro por ese instante de silencio que precede a su palabra, por ese tenerse presente, por esa presentación de su persona antes de comenzar a darla en modo activo. Y aún por el imperceptible temblor que le sacude. Sin ellos (hace referencia a la clase y su atmosfera de incertidumbre), el maestro no llega a serlo por grande que sea su ciencia”

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El año escolar

A ella, que me atropelló con un abrazo el día que regresó al colegio

Se había ido, no porque quisiera sino porque debía. Había dejado el colegio justo cuando faltaban tres meses para terminar el año escolar. Había dejado atrás a las personas que había querido durante algunos años y a quienes estaba aprendiendo a querer. Dejó su barrio, el de casas de latón y de madera podrida por el tiempo, el que aún conservaba ese urbanismo  no planificado de las zonas de invasión de la ciudad, ese barrio de calles estrechas y destapadas, de esquinas pobladas con muchachos, menores de edad, que juegan al sicario, al ladrón, al miliciano y que sueñan con llegar a ser un gran capo porque saben que este país, en cualquier momento, les negará la posibilidad de acceder a un sueño diferente.

Son quince escritorios vacíos y prometen ser más; el de ella está en la fila de en medio. Los muchachos de esquina habían empezado la guerra, los disparos no tenían horario y estaban orientados por la sospecha. Las fronteras invisibles se habían levantado nuevamente entre cuadra y cuadra, los niños que vivían cerca del río no podía ir al colegio porque eran catalogados como informantes y los que vivían más arriba no podían bajar al río. Los muchachos de esquina entraban a los colegios sólo para determinar quiénes podían ir a estudiar y quiénes debían salir huyendo de la zona sólo por vivir a un metro de distancia en alguno de los lados de estas fronteras imaginarias.

Ella dejó de ir a la escuela y no fue el juego de la guerra el que la alejó de allí, a muchos de sus compañeros los trasladaron de colegio, a otros les tocó no volver a estudiar y unos pocos se sumaron a los muchachos de esquina que planeaban cada tiroteo, entre risas y delirios, inducidos por la marihuana y el nerviosismo de la muerte. “La violencia nos está saqueando las aulas, el narcotráfico está convirtiendo los colegios en edificios llenos de eco y de silencio, los “capos” están haciendo ejércitos con nuestros muchachos; los están ocultando bajo tierra”, decían algunos profesores.

Ella no se fue por miedo a encontrase una bala en el camino, se fue porque tenía miedo de regresar a la casa en donde vivía no con sus padres sino con unos familiares, tenía miedo de cerrar sus ojos en las noches y sentir que la tosca mano de su tío buscara entre su sexo el placer que ella posiblemente ya no conocería, se fue porque no quería ser la madre de sus primos a quienes cuidaba y quería, porque una niña a los doce años quiere ser bonita y jugar con sus amigas y tener su primer amor, porque una niña a esa edad quiere ser grande pero no a la fuerza como le tocó a ella.

Mientras algunos de sus amigos se escondían para evitar la muerte, esa que los buscaba sin ellos saber por qué, ella quería volver al regazo de sus padres, quienes vivían lejos de la ciudad, en un pueblo que la había hecho desplazarse, contra su voluntad.  Sus padres no la acompañaron porque no podían dejar de vivir las vidas que habían tenido durante varias décadas y por esto decidieron salvarla a ella y enviarla a vivir con unos familiares donde creyeron que iba estar segura, donde quizás podría tener un mejor futuro, al menos eso pensaron ellos.

Al finalizar el año sólo quedaron quince estudiantes de cuarenta y cinco que se matricularon en enero, los otros habían desertado. Los pizarrones significaban para cada maestro un monólogo bajo la embriaguez del silencio porque los estudiantes que quedaron ya no querían hablar, tampoco querían jugar, ni llamar la atención de los adultos, los quince niños ya no querían seguir despidiéndose de sus compañeros, ya no querían vivir a la espera de la muerte que los buscaba sin razón alguna. Sólo querían seguir siendo los niños que fueron antes de que empezara nuevamente la guerra.

Imagenes tomadas de:

http://tinyurl.com/4mogqza

http://tinyurl.com/6kwsyu3 [“Dolor” de Oswaldo Guayasamín]