El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

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EL DESCENSO DE MARTÍN

MARTÍN

Martín está enfermo habíamos escuchado decir. Él iba y venía más lento que de costumbre pero iba y venía como siempre lo había hecho, adormilado. Martín no está comiendo bien, nos decían como reproche a nuestro escepticismo y posible abandono, pero lo veíamos masticar casi atragantado el pollo, el quesito o los postres que por su mesa pasaran.

Una mañana frente a nosotros Martín no se levantó a comer, no se levantó a jugar como era su costumbre y su naturaleza, sólo permaneció impávido en su cama con la respiración fuerte y el cuerpo, en exceso, caliente; tenía fiebre y de seguro era muy alta. Su aliento era insecticida; su lengua y paladar estaban plagados de úlceras y quizás esto era lo que impedía que su apetito devorara cualquier tipo de manejar con el que quisiéramos seducirlo.

Lo llevamos de urgencia a la clínica, nuestras caras entristecidas sólo manifestaban la desazón de nuestros corazones, el remordimiento por no atender a sus señales y la conmoción por la posibilidad de su muerte. Extrañados nos encontramos en una clínica fuera de lo común, todos sus empleados expedían una enorme sonrisa, como si esto hiciera parte de su libreto laboral, cada uno de ellos nos recibía con amabilidad y miraban a Martin con cariño, con amor y no como una molestia; como suelen hacer los empleados en las EPS de mi país, cada que un herido o un enfermo de gripa entra por sus puertas.

Nos atiende una médica, de no más de un metro cincuenta de estatura, con unas enormes gafas que adornaban la sencillez de su rostro y resaltaban esa mirada tierna con que atiende a sus pacientes. Examina de arriba abajo, siempre con calma, reflexiva y atenta a la descripción de sus sensaciones, le toma la temperatura, escucha sus entrañas, finalmente concluye que: Martín tiene una fiebre muy alta, está deshidratado y por las aftas en su paladar y encías, posiblemente tenga una enfermedad viral… es necesario que se le realice unos exámenes para determinar, con exactitud, lo que tiene, por ahora se le suministrará suero y algunos antibióticos.

Dos horas, quizá más, permanecimos allí observando como las gotas de suero caían, segundo a segundo; como hidrataban a Martín y le inyectaban antibióticos y medicamentos para la fiebre. El enfermero de turno le extraía unas cuantas gotas de sangre de su existencia para los exámenes. Martín no se movió, sólo observó paciente, tal vez cansado o simplemente muy enfermo como para moverse y manifestar alguna sensación. Al salir, cada uno de los empleados de la clínica, que no eran muchos, se despedía amablemente, acariciaban la cabeza de Martín y con cariño nos recordaban que debíamos regresar al día siguiente para continuar con el tratamiento y la recuperación.

Mientras íbamos en el taxi, cansados por el día de trabajo y la larga pero efectiva espera, mi cabeza sólo cuestionaba el tipo de atención que se daba (y se seguirá dando) en cada una de las clínicas para humanos de este país, pues Martín siendo un gato de no más de un año de edad, era atendido con todo el amor y el cariño que cualquier ser vivo puede merecer. Mi corazón se sentía afligido porque uno de las características de nuestro estado de humanidad es la desesperanza y creo que las instituciones de salud en Colombia son fieles reproductoras de ese sinsabor humano. Hemos naturalizado la injusticia, la intolerancia, el mal servicio de las instituciones nacionales y la muerte por falta de un servicio de calidad.

Pensar en esto me llevó a recordar un artículo de Juan Gossaín titulado “Cuando los pacientes de las EPS mueren sin atención” publicado en el periódico el tiempo. Pese a que es un artículo de hace ya casi 2 años creo que es vigente, en términos de ser un llamado de atención al estado por el mal servicio de la salud y de la atención que prestan las EPS. El periodista inicia afirmando que “Si en las regiones llueve, en Bogotá está cayendo el diluvio universal” y con seguridad, si se conocieran todos los casos de mal servicio de salud en nuestro país podríamos comprender que esta crisis va más allá de una leve brisa o un diluvio, incluso sobrepasa las fronteras del famoso carrusel de la salud como fue denominada esta situación hace un buen tiempo.

Durante tres semanas seguidas estuvimos asistiendo con Martín al tratamiento, a las revisiones, a los controles y a los exámenes requeridos, entristecidos completamente por saber que su enfermedad no sería fácil de tratar y porque la leucemia gatuna no tiene cura. En este tiempo pude deconstruir en mi mente esa idea del animal-objeto bajo el cual había crecido y que, con seguridad, muchas personas profesan.

Como si se iluminara mi sentir y mi condición de humanidad comprendí cuan importantes son las mascotas en la vida de los sujetos, así como lo necesario que es dignificar la condición de ser vivo de cada uno de los animales que acompañan nuestros días, vi con claridad que cada mascota deja de ser mascota y se convierte en miembro activo de la familia. Que ellos también tienen derecho a vivir con dignidad y con tranquilad, alejados de cualquier amenaza contra su existencia.

Veinte días después Martín debió morir, pero eso es otra historia.

Rock and roll is dead

 

Hoy he decidido levantarme temprano, tomar una copa de vino y preparar la mochila para emprender un viaje. ¿A dónde se dirigen mis pasos? –Me pregunto.- Levanto mis ojos al cielo mientras la brisa de verano golpea mi rostro, a lo lejos una vieja canción me lleva a recorrer las calles por donde habité en mi primera juventud. Calles atestadas de infantes y adolescentes que aún jugaban esos juegos que nos heredaron nuestros padres, quienes los recibieron de los suyos, nuestros abuelos. Calles habitadas, hoy en día, por niños que juegan a ser adultos inducidos por lo lascivo de este tiempo.

Sin reparo me siento en la esquina donde solía sentarme antes, don Mario el tendero de siempre me reconoce a pesar de los años y de la espesa barba que no tenía y que hoy adorna mi apariencia desvencijada y obesa. La nostalgia se dibuja en su rostro y es como si el pasado regresará a él con mi sola presencia. Lo saludo con afecto y en vez de la habitual gaseosa de antes pido un par de cervezas y lo invito a que me acompañe. Me pregunta, le pregunto. Hablamos del ayer, de los muchachos y de las muchachas de quienes, infaltablemente, comprábamos mecato y chucherías en su tienda cada día. Los tiempos cambian juventud – me dice- he visto crecer a muchos de ustedes, he visto morir a la mayoría de ustedes y he sentido la perdida, el vacío de la ausencia, usted sabe a qué me refiero juventud. El silencio nos abruma y en silencio repasamos centímetro a centímetro, la calle donde antes jugaba y en donde muchos de ellos y de ellas murieron o simplemente se fueron sin dejar rastro.

Al despedirme, su mirada, la de don Mario, se clava en el espacio como buscando algo o a alguien, yo sigo mi camino hasta tropezar con el aroma dulzón de las rosas de don Samuel, que ya no son tan bellas como solían serlo. Recuerdo que este rosal era uno de los puntos de encuentro entre nosotros, que éramos muchos, ahora sólo unos pocos. Estas rosas significaban el primer amor, el primer beso, la primera caricia, la materialización de un encuentro furtivo antes pensado. Allí, justo allí, donde muchos nos enamoramos por vez primera, desapareció la hija de don Mario, Claudia, la bella Claudia, como si las rosas se hubiesen devorado cada una de sus partículas y el rastro de su existencia se hubiera camuflado con el aroma de ellas.

Cursábamos el noveno grado, en colegios totalmente diferentes. Nos habíamos conocido en la biblioteca del barrio un viernes en la noche, cuando los bibliotecarios y promotores de lectura extendían su larga jornada de trabajo sólo para iniciar un cineclub, para ver películas y nada más, para nosotros era la excusa de nuestra amistad. Conocimos la “Psicosis” de Hitchcock, admiramos la perversión de Kubrick y su “Naranja mecánica” la incoherencia y audacia de Tarantino y su “Pulp fiction”, la metafórica existencia de Eliseo Subiela y su “Lado oscuro del corazón” entre muchas otras. Claudia estaba allí, con su cabello negro azabache largo hasta el inicio de sus nalgas, que era a su vez el principio de la insurrección – eso pensaba cada que la miraba y trataba de descubrir su desnudez en medio de mi ensoñación.

Claudia era la más linda de todas, la más descomplicada, la más sincera, la más cariñosa, la más rockera de todas. Siempre que arribábamos a su casa, es decir a la tienda de don Mario, estaba ella escuchando un poco de Iron Maiden, a veces AC/DC o Scorpions o simplemente Heroes del silencio. Sus favoritos eran Kraken y Ángeles del infierno… Hola Juan Angel – me saludó justo el día en que desapareció – vamos esta noche a la casa de Juan Esteban, invitá a los muchachos, yo ya hablé con Juanes y como está sólo no hay problema, sus papás le dieron permiso. Llevá  musiquita para que roquiemos como se debe. Juan Esteban y Claudia tenían una relación muy íntima, secreta pero al parecer muy lúbrica.

Preparado con algunos cassettes y algunos cds, y en contra de la voluntad de mi madre, salí con mi cabello suelto, bien emperfumado y con la pinta más rockera que pudiese tener. Recogí a las Carolinas y al viejo Santiago, quienes también llevaban algo de sus colecciones personales de música. Pasamos por la tienda de don Mario, la casa de Claudia, a comprar algo de chicle y un par de gaseosas de las grandes. Claudia ya había salido, estaba donde Juanes – nos dijo don Mario.- Sin prisa caminamos por las apretadas calles del barrio, por los callejones que guardaban los caminos a nuestras casas y a ninguna parte.

La noche estaba tranquila, como todas las noches en el barrio. En la esquina de doña Beatriz, cerca de mi casa, se encontraban esteban y su gallada, un grupo de pelaos como nosotros que se reunían a diario a escuchar algo de salsa, un poco de rap y en algunas ocasiones música electrónica. A pesar de las diferencias nunca tuvimos problemas. Eso hacía que el barrio fuera seguro para cada uno de nosotros. Esteban siempre estuvo enamorado de Claudia. Ella lo quería mucho porque fueron amigos muchos años, pero no lo miraba con los ojos que él deseaba que lo mirara. Ella se había empezado a alejar de él porque, entre todos los muchachos y muchachas del barrio, Esteban, unos años atrás, había comenzado a consumir drogas, al igual que sus amigos. Eso lo sabíamos todos y los adultos parecían ignorarlo.

A lo lejos escuchamos la voz de Jim Morrison y sólo podía existir un lugar en el barrio en donde el Rey lagarto pudiera cantar sin censura y a todo pulmón. Juanes recibía a los primeros invitados mientras sonaba “people stranger” de the doors. Nuestro himno –pensaba yo.- Juanes estaba en el andén de su casa un tanto ansioso. Mientras se fumaba un Piel Roja sin filtro parecía perdido en sus pensamientos, en la ebriedad de la noche estrellada y de luna creciente… Juan Ángel como vas – me saluda Juanes con cierta malicia- Claudia está en mi cuarto y necesita hablar con usted… Lo miro con extrañeza, él me mira conmocionado y con una extensa sonrisa. Le entrego mi música a Santiago, las carolinas se dispersan en el espacio saludando a todos y yo camino hasta el cuarto en donde me espera ella.

Mientras subo las escaleras que dan al cuarto de Juan Esteban, comienza a sonar “Heart-Shaped Box” de Nirvana, una de mis favoritas. Frente al último peldaño, adherida a la puerta del cuarto de Juanes, un afiche enorme de Black Sabbath me daba la bienvenida. Yo pienso en las palabras que ella tenía para decirme, sin acertar a las intenciones de sus sueños. Parado allí frente Ozzy Osbourne abro la puerta y ella recostada en la cama me mira un poco entristecida. Juan Ángel –me dice.- hace mucho que nos conocemos, hace mucho que compartimos los silencios y, ¿sabes?, el silencio sólo se conlleva con esas personas a las que quieres y que te generan confianza, aparte de Juanes no confío en nadie más y te quiero. Eso lo sabes de sobra… La miro en silencio sin entender aun lo que quiere decirme y con extrañeza por la profundidad de sus palabras.

Hace días tomé esta decisión y necesito de tu ayuda – hace una larga pausa mientras me mira con lágrimas en los ojos– me voy del barrio, de la casa, posiblemente de la ciudad. No te puedo contar a donde, simplemente me voy… Con sorpresa la escucho y la observo con la curiosidad con la que un niño destruye su mejor juguete.- Me voy con Juanes esta noche y necesito hacerle llegar un mensaje a papá y mamá… no te preocupes, no es necesario que hables con ellos directamente, sólo debes entregarle esta nota… Busco en sus ojos el camino de su destino, las palabras secretas que sus labios no quieren pronunciar y que hoy generan en mi pecho un enorme vacío. Me besa en la mejilla y sin más palabras por decir guarda en mis bolsillos la nota para sus padres, me toma de la mano y juntos vamos al encuentro de los viejos amigos, “Rock and Roll” de Led Zeppelin no espera en la sala, mientras varios de los buenos amigos simulan con sus manos y su cuerpo ser Robert Plant o Jimmy Page. Esa noche bailamos hasta que nuestros pies no pudieron más.

En medio del baile, del rock y de la coca cola escuchamos una serie de disparos, ráfagas completas que hacían pausa de muerto en muerto. Nos miramos, apagamos la música. No entendíamos lo que pasaba. Muchos pensamos que se trataba de algún vecino que andaba quemando pólvora, celebrando algo, pero el sonido ahogado y seco nos indicaban que era una posibilidad muy remota, que algo grave estaba pasando y que no sería la última vez que ocurriría. Claudia, sin pensarlo salió corriendo hasta el rosal de don Samuel, como si supiera que allí se encontraba Esteban desangrando su existencia, inconsciente, completamente muerto con los ojos desvanecidos en el cielo estrellado.

Claudia no alcanzó a llegar al rosal. Lo sé porque Juanes y yo salimos a buscarla y vimos como dos hombres la tomaban por la fuerza y, rápidamente la desaparecían de nuestros ojos. Él y yo no logramos hacer nada, más que correr y ver como raptaban nuestra alegría, nuestro amor imberbe. Paralizados mirábamos los ojos de Esteban, tratando de descifrar lo que ocurría, intentando entender hacia donde se llevaban a Claudia…

Luego de esa noche Juanes se fue de su casa como lo habían planeado, se fue con su soledad y con la incertidumbre de no encontrarla y de saber a ciencia cierta que la semilla que crecía en el vientre de Claudia no nacería. Yo me quedé con el silencio de ella guardado en mi bolsillo. Con la única verdad que podría calmar la tristeza de don Mario y su esposa, porque esta verdad que mis ojos vieron y que mi corazón palpitó hasta los nervios no les daría paz en su noches y mucho menos en sus tumbas…

Una semana después de esa noche de luna creciente y de amores diluidos hice llegar la nota de Claudia a sus padres, siendo yo el único que guardaría – y aún lo hago- la tristeza, el remordimiento y el insomnio de su desaparición sobre mis venas. Tratando de creer que todo lo ocurrido esa noche fue preparado, fue una excusa teatralizada para que la decisión de la partida no doliera tanto.

Parado frente a las rosas y con este recuerdo doloroso que no cesa, mis pasos siguen su ruta con la única certeza de que sólo una palabra que, inadvertida, llega a nosotros como por azar de los días, quizá de las noches, es el detonante de la ensoñación de tiempos pasados. Así como los sonidos escurridizos, impertinentes y austeros entre nuestros pasos silentes. O como el aroma particular de cada cuerpo y sus fragancias adheridas y endémicas al tacto. Somos el recuerdo y la soledad de nuestros días pasados. Somos la angustia de estar vivos y de caminar día a día sobre el cadáver fértil de nuestros muertos y nuestros sueños.

Al final de la inocencia (De la serie ficciones fotográficas)

Carlo Bevilacqua „Catari“En el barrio sólo quedaban niños y niñas de todas las edades, los adultos se habían marchado con la llegada de la primavera, porque con ella iniciaba la guerra. Primero fueron los padres quienes desaparecieron; cada noche una decena de ellos, tal vez un poco más, dejaban en sus casas el silencio abrumador del abandono, de los adioses sin despedida y de los rastros indelebles de la evaporación.  Cuando ya no hubo padres, ni abuelos y mucho menos tíos, y el barrio respiraba la histeria, en ocasiones insoportable, de las madres adoloridas por la pérdida; se les informó a todas las mujeres que debían partir de inmediato, dejándolo todo, incluso a sus hijos. Muchas se negaron y trataron de ocultarse, otras salieron de inmediato con la intensión de buscar a sus hombres perdidos. Los mercados quedaron vacíos. Ya nadie iba a la escuela porque a las maestras se las habían llevado también.

El barrio estaba hecho un caos. Con la partida de los adultos se habían ido también las reglas familiares y las normas por cumplir. Las mañanas empezaban al medio día, no existía un horario para comer, además los alimentos se limitaban a dulces y chocolates. El asfalto, entre rayuelas, “Yeimi” y “Boy” y un sin número de juegos callejeos, era el reflejo de un sitio que carencia de adultos; el paraíso añorado por muchos pequeñines que detestaban cumplir con horarios, con ir a la escuela, a la iglesia e incluso a los mercados a realizar los “mandados” impuestos por sus padres.

Con el tiempo muchos de estos niños comenzaron a crecer y a desaparecer también, esto promovió el temor en el resto de los impúberes que quedaban en el lugar ya que, así como sus madres y padres y hermanos mayores y tíos y abuelos habían desaparecido, los amigos y vecinos que empezaban a convertirse en mayores se iban sin dejar rastro; no había sonidos de puertas que se abrieran o se cerraran, no existían marchas de hombres en la madrugada ni de amigos jadeantes por la lucha nocturna con aquello que los estuviese obligando a la disgregación.

El temor de los niños y niñas era crecer; ninguno deseaba que la adultez los golpeara en medio de las tardes mientras veían la puesta del sol. El miedo se expandía en ellos cada que un ápice de acné aparecía en sus rostros y se quedaba en sus corazones justo en el momento en el que, en los niños se experimentaba el transito vocal entre un soprano desafinado y un tenor menos diáfano, acompañado de un suave bigote que se abría paso entre los poros. En las niñas la desazón llegaba con el crecimiento de sus senos; Pequeñas colinas que dan indicios de tierra fértil en sus bajas y misteriosas  entrañas, convocando a los hombres al fornicio y a la procreación.

Habían pasado varios años. Los infantes que quedaban eran pocos. Estos escasamente recordaban la apariencia de los adultos;  de los padres y de las madres. Sólo comprendían que cuando cumpliesen cierta edad tendrían que irse, así como lo hicieron muchos de sus amigos y de sus familiares olvidados por el silencio y los llantos pasados. Cada uno de ellos vivía segundo a segundo su edad infantil, sin proyecciones ni planes para el futuro, salvo la idea de huir antes de que los obligaran a desaparecer en la noche.

Mientras los niños y niñas jugaban habitualmente, un hombre de espesa barba e incontables arrugas en el rostro, entró al barrio. Malherido y cansado recibió la mirada curiosa de los niños, al fondo de la calle una niña, de las más grandecitas, intentaba reconocer esa mirada en él, que sentía haber visto antes. Luego de unos segundos ella logro percibir una ternura antigua, un afecto histórico entre el cruce de sus ojos. Ella sintió verse en él y con una alegría irracional se le lanzó encima y al unisono de sus pisadas gritaba: abuelo, abuelo… has regresado…

Sobre la fotografía:  Carlo Bevilacqua, Italia.

Catari, (1960) Gelatinobromuro

 ***

 Sobre la serie “Ficciones fotográficas”

Esta serie pretende recrear una ficción narrativa a partir de fotografías ícono de la historia de la fotografía. Las imágenes expuestas en esta serie pertenecen a los archivos de los dueños y son presentadas sin ánimo de lucro. Los textos son propiedad de El noctívago.

¿LA EDUCACIÓN COMO UN ACTO DE AMOR? ¿UTOPÍA ?

Entrada

“El amor es un acto de valentía, nunca de temor;
el amor es compromiso con los hombres… La educación
es un acto de amor, por tanto, un acto de valor.”

Paulo Freire.

Es casi media noche y decido prender la computadora para escribir un poco. Hace un buen tiempo no practicaba este hábito de solitarios, de insomnes, de humanos. Tras encender el equipo busco inmediatamente las carpetas de música, preferiblemente salsa, para acompañar este instante difícil de conjugar bien las palabras, de ubicar bien las comas, los puntos seguidos, tal vez un punto y coma, que sé yo… Mientras pienso en lo que deseo escribir. Mientras mi yo consciente se acalla un poco y busco en el espacio de mi habitación las frases iniciales que me permitirían generar un nudo para desentramar y desentrañar de mis entrañas, eso que hace un buen tiempo me genera desazón y malestar existencial, miro con nostalgia algunas fotografías mías y no mías, sobre mí y sobre lo que fui, lo que soñé ser y lo que me hace ser.

He sido un idealista y un soñador, creo que aún lo soy, en cuanto a discursos pedagógicos. He sido víctima de la indiferencia y he sido indiferente frente algunas realidades que se esconden en cada uno de los salones de clase. Cuando era estudiante de la facultad de educación creía que para ser docente bastaba con dominar un saber específico y tener el deseo de mejorar el aprendizaje sobre ese saber disciplinar. Ahora sé, a ciencia cierta, que la docencia escolar va mucho más allá que una serie de disciplinas y contenidos académicos bien estructurados (así las discusiones entre los sindicatos y el estado se limiten a lo salarial) y que la realidad de ser docente está plagada de múltiples variables, pero ¿cuál es la realidad de un profesor?

Una posible respuesta

Podría afirmar que son salones colmados de tristezas disfrazadas de indisciplina y bajas calificaciones. La soledad, tras el vacío que queda, cuando la campana de salida retumba por los corredores y detrás de la luz apagada se va el último niño, el último joven. El silencio en el corazón cuando es de noche y sigues en el salón de clases observando las sillas vacías. Las exigencias absurdas por un sistema de educación absurdo. Los formatos por llenar y diligenciar como requisito para camuflar la poca calidad del sistema.

Los contenidos innecesarios para la formación humana de humanos carentes de una verdadera humanidad. El miedo a iniciar una clase y a equivocarse en el discurso. El desasosiego de ser docente y no lograr, en lo más mínimo, cambiar la vida triste y solitaria de al menos un estudiante o dos. La sonrisa diaria de jóvenes ávidos de afecto y de cariño. La imposibilidad de un abrazo requerido. Los padres agradecidos por la formación de sus hijos y los padres sobreprotectores haciendo señalamientos porque sólo están interesados en la protección y no en la formación. La mercantilización del conocimiento por la empresa privada y la mediocrización de la palabra por la escuela pública. La falta de vocación de muchos maestros y el exceso de confianza en el resto.

Reuniones de padres infestadas de tíos, abuelos, primos, hermanos y cada uno de nosotros con la pregunta indeleble ¿dónde están los papás? La indiferencia de los jóvenes frente a la academia, no de todos pero sí de muchos. La indiferencia de la familia que cada día modifica su estructura y nos presenta padres que no son padres porque no saben cómo serlo, porque no saben cómo  asumir su rol. La indiferencia de administrativos y políticos que buscan lucrarse y piensan que la calidad se refleja en “Pisa” o en “Saber”.

¿La educación como un acto de amor?

Más allá de esta imagen personal he de manifestar que, aunque la labor docente es subvalorada por los intereses políticos del país, violentada por los diferentes entes armados “legales” o no legales y limitada por el padre ausente-cliente, la docencia es una profesión que padece del mutismo aberrante de quienes la ejercen como único escape al desempleo nacional. Es una profesión que, generación tras generación, ha perdido su norte humanista porque se ha hecho más importante formar en contenidos para poder competir internacionalmente, olvidando que los estudiantes de estas nuevas generaciones, más que formación académica, requieren una educación desde el afecto para no ceder ante en la trampa de la guerra y la intolerancia. Los maestros, muchos de ellos, han perdido el sueño y la vocación que los llevó a las aulas, mientras otros tantos lo hicieron detrás del  azar, buscando un salvavidas a su situación económica.

Con el paso de los días dentro de las aulas de clase, he comenzado a entender, creo yo, esa idea freireriana  de que “la educación es un acto de amor”, y lo es en el sentido amplio de su acepción. Una educación con amor es aquella en la que el estudiante es escuchado, es comprendido y es llevado hasta el límite de sus posibilidades en la búsqueda de sus propias verdades; es aquella en la que es reprendido (entendiendo por reprender todo aquello que acarrea actos formativos) por sus actos malintencionados y premiado por sus proezas. Educar con amor es brindar un abrazo cuando es necesario, así el sistema piense lo contrario. Es transmitir esa pasión por lo enseñado motivando el aprendizaje… pero sobre todo, educar con amor es permitir que el estudiante abra su corazón por medio de la palabra para que libere sus miedos y la tristeza de estar solo en este mundo de falsas comunicaciones, de padres ausentes y obsolescencias programadas.

Somos carne

A Jonathan Cadavid Marín, quien pintó la carne…

Somos carne, dijo un viejo amigo con su pintura, somos carne en la mañana, al medio día y en la noche, somos carne toda la vida y casi toda la muerte.

Al mirarme en el espejo sólo veo a un hombre cansado de áspera barba, de verdes ojos, tal vez azules; veo a un hombre que se levanta todos los días a la misma hora; que se levanta con la misma necesidad de seguir respirando de cuando era niño… En ese espejo veo un manojo de sueños infantiles que aún no se han cumplido, una cantidad infinita de utopías construidas tras cada habitar por el mundo, al menos el fragmento de mundo en el que ha gozado hasta este día.

Somos carne, recuerdo frente a mí y pienso en los diez mil trecientos veintitrés días que he vivido bajo el sol y sobre la luna, en esas noches de infinita paciencia cuando las palabras no inundan el papel de verbos conjugados y sustantivos adheridos a la piel y mucho menos a mis manos, con letras deseosas de formar el poema. Recuerdo el silencio del devenir de los días, porque creo que la vida es un devenir de causalidades y de días, que en su conjunto hacen parte de un silencio más profundo, más íntimo, más sincero; la vida misma.

Me miro en ese espejo y repito frente a mí: somos carne porque hemos de morir. Porque nuestra entrañas son tan carroñeras como la tierra. Porque amamos las banalidades de otros hombres, semejantes a nosotros y seducidos por el afán del dinero. Porque somos objetos de nosotros mismos y de los otros y viceversa. Porque no recordamos nuestros sueños luego de abrir los ojos en las mañanas. Porque no hay placer más grande que el de la carne expuesta sobre las sábanas donde los hombres y las mujeres se devoran entre sí, creyendo inventar el amor. Porque todos los días derrochamos la vida en cada parpadeo. Porque Baudelaire entendió que después del último suspiro sólo somos una carroña ponzoñosa que emana hedores bajo el sol y frente a la vida de los otros. Porque somos vida y destrucción.

Somos carne, repito una y otra vez… Somos carne… Somos carne… porque le tememos a la muerte y comulgamos con ella y la amamos y la buscamos entre nuestros días. Porque nos gusta el aroma del formol y el de la hierba húmeda. Porque servimos nuestro corazón en bandeja de plata para que otros coman de él. Porque perdemos la infancia en un abrir y cerrar de los días. Porque somos carne desde el nacimiento; carne que crece, carne que muere, carne que se pudre entre los matorrales del silencio y del olvido, carne que no deja más recuerdo que él de una imagen difusa por el tiempo.

Somos carne, dijo un viejo amigo, porque algún día hemos de morir y porque el lugar del alma es la carne que, también, desaparecerá en el momento mismo en el que vivimos la muerte… Somos carne y nada más…