El noctívago

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EL DESCENSO DE MARTÍN

MARTÍN

Martín está enfermo habíamos escuchado decir. Él iba y venía más lento que de costumbre pero iba y venía como siempre lo había hecho, adormilado. Martín no está comiendo bien, nos decían como reproche a nuestro escepticismo y posible abandono, pero lo veíamos masticar casi atragantado el pollo, el quesito o los postres que por su mesa pasaran.

Una mañana frente a nosotros Martín no se levantó a comer, no se levantó a jugar como era su costumbre y su naturaleza, sólo permaneció impávido en su cama con la respiración fuerte y el cuerpo, en exceso, caliente; tenía fiebre y de seguro era muy alta. Su aliento era insecticida; su lengua y paladar estaban plagados de úlceras y quizás esto era lo que impedía que su apetito devorara cualquier tipo de manejar con el que quisiéramos seducirlo.

Lo llevamos de urgencia a la clínica, nuestras caras entristecidas sólo manifestaban la desazón de nuestros corazones, el remordimiento por no atender a sus señales y la conmoción por la posibilidad de su muerte. Extrañados nos encontramos en una clínica fuera de lo común, todos sus empleados expedían una enorme sonrisa, como si esto hiciera parte de su libreto laboral, cada uno de ellos nos recibía con amabilidad y miraban a Martin con cariño, con amor y no como una molestia; como suelen hacer los empleados en las EPS de mi país, cada que un herido o un enfermo de gripa entra por sus puertas.

Nos atiende una médica, de no más de un metro cincuenta de estatura, con unas enormes gafas que adornaban la sencillez de su rostro y resaltaban esa mirada tierna con que atiende a sus pacientes. Examina de arriba abajo, siempre con calma, reflexiva y atenta a la descripción de sus sensaciones, le toma la temperatura, escucha sus entrañas, finalmente concluye que: Martín tiene una fiebre muy alta, está deshidratado y por las aftas en su paladar y encías, posiblemente tenga una enfermedad viral… es necesario que se le realice unos exámenes para determinar, con exactitud, lo que tiene, por ahora se le suministrará suero y algunos antibióticos.

Dos horas, quizá más, permanecimos allí observando como las gotas de suero caían, segundo a segundo; como hidrataban a Martín y le inyectaban antibióticos y medicamentos para la fiebre. El enfermero de turno le extraía unas cuantas gotas de sangre de su existencia para los exámenes. Martín no se movió, sólo observó paciente, tal vez cansado o simplemente muy enfermo como para moverse y manifestar alguna sensación. Al salir, cada uno de los empleados de la clínica, que no eran muchos, se despedía amablemente, acariciaban la cabeza de Martín y con cariño nos recordaban que debíamos regresar al día siguiente para continuar con el tratamiento y la recuperación.

Mientras íbamos en el taxi, cansados por el día de trabajo y la larga pero efectiva espera, mi cabeza sólo cuestionaba el tipo de atención que se daba (y se seguirá dando) en cada una de las clínicas para humanos de este país, pues Martín siendo un gato de no más de un año de edad, era atendido con todo el amor y el cariño que cualquier ser vivo puede merecer. Mi corazón se sentía afligido porque uno de las características de nuestro estado de humanidad es la desesperanza y creo que las instituciones de salud en Colombia son fieles reproductoras de ese sinsabor humano. Hemos naturalizado la injusticia, la intolerancia, el mal servicio de las instituciones nacionales y la muerte por falta de un servicio de calidad.

Pensar en esto me llevó a recordar un artículo de Juan Gossaín titulado “Cuando los pacientes de las EPS mueren sin atención” publicado en el periódico el tiempo. Pese a que es un artículo de hace ya casi 2 años creo que es vigente, en términos de ser un llamado de atención al estado por el mal servicio de la salud y de la atención que prestan las EPS. El periodista inicia afirmando que “Si en las regiones llueve, en Bogotá está cayendo el diluvio universal” y con seguridad, si se conocieran todos los casos de mal servicio de salud en nuestro país podríamos comprender que esta crisis va más allá de una leve brisa o un diluvio, incluso sobrepasa las fronteras del famoso carrusel de la salud como fue denominada esta situación hace un buen tiempo.

Durante tres semanas seguidas estuvimos asistiendo con Martín al tratamiento, a las revisiones, a los controles y a los exámenes requeridos, entristecidos completamente por saber que su enfermedad no sería fácil de tratar y porque la leucemia gatuna no tiene cura. En este tiempo pude deconstruir en mi mente esa idea del animal-objeto bajo el cual había crecido y que, con seguridad, muchas personas profesan.

Como si se iluminara mi sentir y mi condición de humanidad comprendí cuan importantes son las mascotas en la vida de los sujetos, así como lo necesario que es dignificar la condición de ser vivo de cada uno de los animales que acompañan nuestros días, vi con claridad que cada mascota deja de ser mascota y se convierte en miembro activo de la familia. Que ellos también tienen derecho a vivir con dignidad y con tranquilad, alejados de cualquier amenaza contra su existencia.

Veinte días después Martín debió morir, pero eso es otra historia.

Bitácora de Viaje: Un fragmento de bosque en el Magdalena Medio

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Al Mondey, quien nos llevó a caminar…

Hoy he tomado mi mochila y la he llenado con algunos implementos que considero son de importancia para cualquier viaje: mi cámara fotográfica, un libro, una libreta vacía y, claro está, un esfero o lápiz con que escribir. Aparte de la mochila que es mi equipaje liviano y del que no me separo en ningún momento, cargo sobre mi espalda un bolso que pesa la mitad de lo que yo peso, tal vez un poco más. En éste llevo algunos artículos de aseo, unas cuantas mudas de ropa, alimento y una carpa para dormir a la intemperie, llegado el caso de que la puesta del sol me tome por sorpresa.

Salí de casa sin saber exactamente hacía donde me dirigía, salvo por los comentarios de un amigo con el que iba, quien sí conocía el lugar y la ruta de viaje, él nos dijo que íbamos para un lugar alejado de la ciudad, en medio de los bosques tropicales del Magdalena Medio, cerca de la rivera del Río Samaná, terminó diciendo que allá encontraríamos una de las cavernas más grandes de toda Suramérica, conocidas como las cavernas del Río Nus.

Salimos de la ciudad a las seis de la mañana, yo tomé mi lugar justo detrás de la ventanilla del carro porque, siempre que salgo de viaje, me gusta colocar mis ojos en los paisajes que se dibujan y desdibujan a gran velocidad sobre los cristales de cualquier automóvil. Observar es una de las grandes cualidades de cualquier viajero porque son los ojos los que dan inicio a la construcción del recuerdo y a la ensoñación de parajes desconocidos y recordados después de un tiempo…

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Nuestro itinerario era simple: llegábamos al pueblo, buscábamos en donde hospedarnos por una noche, comíamos algo, contactábamos al señor del motorriel, quien nos llevaría desde Caracolí hasta Virginias, compraríamos algunos enceres que hicieran falta para la sobrevivencia y realizaríamos las ultimas llamadas a nuestros familiares porque, en el lugar al que íbamos, no había señal telefónica y ningún medio de comunicación posible. Solucionados estos asuntos decidimos tomarnos algo fuerte para calmar un poco la ansiedad del momento; el miedo a lo desconocido. Esa noche ninguno de nosotros logró dormir bien, quizá por la incertidumbre o por lo incomodo de las camas del hotel. Sin hacerse esperar llegaron las cuatro de la mañana, hora en la que nos debíamos levantar, tomar un baño, el equipaje y salir al encuentro de don Jorge, el motorrielista.

Tomé mi cámara con la firme intención de registrar todo el recorrido y recordé la primera vez, y la única, en que me subí al ferrocarril (regresé a mis catorce años y me coloqué tras la ventana del vagón en el que viajaba), pensé con nostalgia en el encanto que tienen los trenes y lo desoladas que se deben sentir las selvas y los bosques desde que ese ruidoso animal se extinguió en mi país, ¿será que los pueblos que nacieron a los costados de las vías férreas, con la llegado del tren, a lo largo de esta nación, no sufrirán del miedo a la desaparición y a la desolación de sus calles, ya que ahora parecen pueblos fantasmas?

Desde que tengo uso de razón he viajado detrás de una ventanilla y, pensando en ello, puedo asegurar que lo hago porque me genera cierto placer, cierto escozor en el corazón, observar los horizontes que se pueden atravesar, los diferentes pigmentos y formas en las nubes, porque me gusta sentir la briza que se choca sobre mi rostro y respirar los diferentes aires de cada región recorrida.

Llegando a Virginias comenzaría la verdadera travesía; ocho horas a pie, aproximadamente, para llegar al lugar descrito por mí amigo, un recorrido bastante agotador pero lleno de paisajes de diferente color. Atravesamos ríos y quebradas, observamos árboles gigantes y hermosos en toda su extensión, campesinos que aún no conocían la luz eléctrica y mucho menos el fogón de gas, desviamos el camino y tomamos el más largo, nos perdimos en el último tramo y agotamos la poca energía que nos quedaba subiendo un cerro que pronto debíamos bajar, habíamos perdido la esperanza hasta que logramos ver al fondo del paisaje lo que serían las cavernas buscadas.

caracolí3Llegando al lugar y descargando el equipaje nos quedamos en silencio observando el río que baja y escuchando el canto de los árboles y de los pájaros; auscultando los sonidos del bosque y sintiendo el cansancio del viaje porque todo viaje viene con sus agotamientos. En mi cámara se encontraba registrado todo el recorrido y en mi cabeza todas las sensaciones de alegría, de miedo, de sorpresa y de muerte que nos pudo generar el viaje. Finalmente nos dejamos devorar por el tiempo y por el bosque, mientras los guacharos volaban sobre nuestras cabezas y navegaban los cielos  con un canto similar al graznido del cuervo, ya son las seis de la tarde.

Levantamos el campamento, no emitíamos una sola palabra mientras lo hacíamos. Preparamos algo de comer y nos fuimos a dormir temprano. El silencio nocturno en ese bosque era bastante aterrador, el pasto se movía con el viento, a veces con el paso de animales que cazaban o que rebuscaban cualquier posibilidad de alimento. Los insectos buscaban atravesar las carpas porque ya habían sentido el aroma de sangre fresca, nuestra sangre; alimento exótico para sus papilas gustativas, el aire silbaba a través de las copas de los árboles y nosotros nos sentimos como si hiciéramos parte de una película de terror.

La mañana comenzó con un fuerte aguacero, el cual se replicó una y otra vez en los siguientes días, justo a la misma hora y con la misma duración. Una vez salió el sol, en el primer día, nos dispusimos a entrar en la caverna, oscura como todas, húmeda y pantanosa. Cuatro horas estuvimos adentro recorriendo algunas de sus galerías; los pobladores dicen que para recorrerlas en su totalidad se necesitaban unas doce horas aproximadamente. Al salir de allí nos percatamos de un camino que rodeaba la cueva y al seguirlo nos encontramos con algo que compensaría mucho más, que las cavernas, ese largo viaje.

Un cañón en el horizonte que enmarcaba al Río Samaná, verde en toda su extensión. Pequeñas ranas multicolores saltando a nuestro paso; huyendo de nuestras pisadas, al igual que diferentes tipos de salamandra que tomaban el sol y que encontrábamos a cada paso. Pequeñas caídas agua cristalina, piscinas de agua en donde aún nacen los peces y en donde el fondo es tan puro como el aire que se respiraba. Un viejo mirador que nos colocaba sobre los árboles y sobre la tierra y nos hacía perder el aliento ante el paisaje.

Acabado el viaje sólo podíamos recordar, a pesar del cansancio, la sensación de libertad que nos generó la estadía en ese lugar, en medio de ese pedazo de bosque en el que dejamos plantada la semilla de un próximo regreso.

Las cuatro casas

En total son cuatro casas las que recuerdo; la primera estaba ubicada en San Antonio de Prado cerca del parque; un primer piso bastante frio en el cual vivimos alrededor de seis meses, allí las babosas pendían de las paredes y mi hermano mayor y yo (porque en esa época sólo éramos dos y un bebé de brazos) nos divertíamos viendo cómo esos moluscos sin concha se derretían cuando nosotros les echábamos sal encima.

Era una casa grande infestada de animales; cucarachas y ratones que nacían y se expandían desde la extraña colección de cartón, botellas de vidrio, plástico y una infinidad de objetos que habían dejado de servirle a cualquier persona pero que don Antonio, el señor que vivía en el segundo piso, atesoraba.

Cuando mi mamá pronunciaba algún alarido de pánico, algún grito de asco, mi hermano y yo, que juagábamos a los carros o nos encontrábamos ausentes por la entretenida operación babosa derretida, sabíamos que había llegado la hora de jugar a los cazadores, al lado de mi papá, armados con escobas y palos le metíamos una golpiza al roedor de turno o al ortóptero inoportuno que asustaba a la señora de la casa.

Estaba próximo a cumplir cuatro años cuando mis papás decidieron cambiar la vivienda, ya no podríamos derretir babosas ni jugar a los cazadores porque la nueva casa era un segundo piso en una urbanización nueva, ubicada en el barrio Samaria, una casa bastante pequeña en la que no se podía jugar. Los días pasaban y no encontrábamos nada por hacer, mi tercer hermano crecía y aprendía a caminar sostenido de uno de esos caminadores de rueditas que suelen entorpecer el transitar de los adultos cuando intentan pasar a alguna habitación de la casa.

Mi hermano mayor y yo ya no jugábamos en la casa, lo hacíamos afuera con los demás niños en el gran jardín que adornaba la urbanización. Un año después esta pequeña casa fue sustituida por una más grande, quizá tres veces más amplia.

Esta nueva vivienda ubicada en el barrio San Gabriel, cerca a la frontera entre Itagüí y San Antonio de Prado, era enorme; cuatro alcobas (en las que cómodamente cabían tres camas de soltero por cada una), dos baños y un garaje (en el que se podría guardar una camioneta Ford modelo 74), una sala y un comedor del mismo tamaño del garaje. En la casa había dos patios; uno en el centro, entre la sala, el comedor y las alcobas y el otro en la parte de atrás donde jugábamos fútbol y montábamos en un viejo triciclo de hierro. Junto a este patio había unas escaleras de concreto llenas de moho y musgo que llevaban a una plancha casi tan grande como el garaje de la casa.

Mi tercer hermano seguía creciendo al igual que nosotros dos y mi mamá esperaba un cuarto bebé; en esta casa no habría problemas en alojarlo pues allí podrían vivir cómodamente diez personas. Nosotros, incluido el cuarto bebé, seríamos los únicos seis habitantes de ella.

Recuerdo que cuando acompañé a mi papá a ver la casa, antes de comprarla, en el garaje había unas sábanas pegadas del techo que colgaban y tenían la forma de una tienda de campaña de la época de las cruzadas, al interior de ella había una gran cantidad de fotografías de personas aparentemente felices y todas ellas iluminadas por velas y velones de diferentes dimensiones y acompañadas de algunas estatuillas de santos y vírgenes.

Decían algunos vecinos que en esta casa vivió un brujo, yo tenía escasos cuatro, casi cinco años y no entendía nada de eso, no sabía lo que era un brujo y nunca había visto uno. Esta casa se caracterizaba por la cantidad de sonidos extraños que ocurrían, sabíamos con seguridad que no provenían de los pisos superiores.

Mi papá trabajaba en las noches, como lo hace ahora, nosotros nos quedábamos solos con mi mamá y como la casa era tan grande nos daba miedo dormir allí con las luces apagadas, entonces la luz del corredor (que quedaba entre el patio del centro y la alcoba donde dormíamos los tres, porque el cuarto bebé  dormía con mi mamá) permanecía encendida.

En esta tercera casa nunca escuchamos la totalidad del silencio, siempre sonaba una pelotica que se desplazaba saltando desde la puerta de entrada hasta el final del último patio y eternamente acompañada del sonido de unos pequeños pies que corrían tras ella. Sonaba el movimiento de unos cuerpos, los cuales nunca vimos pero sí sentíamos, el frío allí era bastante extraño porque era en ciertas zonas de la casa.

En el corredor que permanecía iluminado por las noches, mientras dormíamos, las siluetas de hombres y mujeres que fumaban se reunían sin pronunciar una sola palabra, a veces creo que era mejor no dejar la luz encendida toda la noche, estos fumadores siempre fueron unos visitantes extraños porque en mi casa sólo fumaba mi papá y él a esas horas de la noche estaba trabajando y mi mamá durmiendo.

Una vez mis dos hermanos y yo jugábamos en la terraza a elevar bolsas de plástico (la cuales amarrábamos a una cuerda, simulando una cometa) y en un agujero que había en la pared  Encontramos unas plumas, al parecer de un loro, que estaban acompañadas de una medallita de San Benito. Posiblemente allí sí vivió un brujo, aunque yo no creo en esas cosas, y estas plumas y esa medallita quizás eran los restos de alguna ceremonia realizada en esa casa.

Durante los siete años que vivimos allí era común encontrar medallitas de San Benito tiradas por todas partes, no sabíamos de dónde salían. También era común escuchar al niño que corría tras la pelotica todos los días varias veces al día y ver en las noches antes de caer en un sueño profundo a esas cuatro siluetas entre femeninas y masculinas que compartían un cigarrillo en el corredor.

Una noche mi hermano mayor, que sufre de insomnio, creyó ver a un niño con un traje de primera comunión de color blanco, parado justo al lado de la cabecera de mi cama, creo, según lo relatado por él en aquellos días, que el niño simplemente me miraba mientras yo dormía.

Mi tercera casa, al menos la que recuerdo, era una casa de sonidos y siluetas espectrales. ¿Será que aún el eterno niño que corre detrás de la pelotica sigue corriendo allí? ¿Será que la reunión de fumadores aún se congrega en el corredor de la casa?

Abandonar esta casa fue difícil, ya le habíamos cogido mucho cariño, incluso ya nos habíamos acostumbrado a los habitantes invisibles con los que la ocupamos inicialmente. Mi papá la vendió y compró una un poco más acogedora ubicada en las cercanías a la frontera entre Itagüí y Guayabal. Una casita pequeña que, con el pasar de los años, se transformó en un edificio de tres pisos, yo vivo en el tercero con mi tercer hermano y en el segundo piso viven mis papás, mi cuarto hermano y una quinta bebé, pero ésta es otra historia.

En mi cuarta casa, la de ahora, ya no se escuchan sonidos, ni se ven siluetas de hombre en las noches, ni hay animales con los que se pueda jugar. Vivo con los silencios recluidos por el tiempo, con los libros que acompañan cada palabra que pienso y que no pronuncio. Vivo con la soledad de los cuartos que me acompañan y me otorgan el placer del delirio y con la nostalgia del recuerdo.

Imágenes fragmentadas de una manifestación

(En los predios de la universidad de Antioquia, Mayo de 2010)

“La era está pariendo un corazón,
no puede más, se muere de dolor
y hay que acudir corriendo
pues se cae el porvenir
en cualquier selva del mundo,
en cualquier calle”

Silvio Rodríguez


Una capucha roja, una capucha negra, algunas grises, manos alzadas gritando rebelión, palabras ahogadas por las múltiples explosiones no consecutivas de las “papa bomba” arrojadas a la policía nacional quienes se disfrazan de robots y se esconden en escudos traslucidos que los resguardan de cada piedra arrojada por estudiantes o capuchos. ¡Hijueputas!… ¡Hijueputas!… gritan los estudiantes. Inmóviles los “Smad” sólo esperan a que las tanquetas antimotines hagan la represión con chorros de agua, mientras amenazan con ingresar. Es una lucha entre hombres, entre ideologías y necesidades, entre lo particular y lo plural; unos son representados por la piedra y por el fuego, los otros por el agua y por el aire contaminado de gases asfixiantes, unos son los estudiantes animados por los capuchos, otros se hacen llamar el orden y la ley. Es una lucha totémica por la emancipación del pensamiento y por la multiplicidad, una lucha contra el padre devorador que se cree omnipotente y único pero que no da la cara y no asume su “equivoca humanidad”.

¡Asesinos!… ¡Militares y paramilitares son lo mismo!… Gritan los estudiantes y los capuchos. Los ánimos exaltados, la adrenalina controlando la conciencia para nivelarla con la inconsciencia, para que las piedras se conviertan en la palabra no escuchada donde el corazón, lleno de materia gris, los representa.

Carlos y Antonio tienen piedras en sus manos, al igual que muchos, y los ojos los tienen puestos en los uniformados que están sobre el puente peatonal; María, Mónica y Daniela hacen cantos y rondas juguetonas que excitan la voz de muchos observadores quienes repiten al unísono pequeñas arengas políticas; algunas absurdas, otras divertidas y unas cuantas un tanto complejas. José y Alberto están en la entrada y, en compañía de otros, se tapan el rostro porque saben que si no lo hacen podría desaparecer a través de la mirada del otro que nunca los escucha. En sus manos soportan el explosivo que representa su lucha.

Los manifestantes, estudiantes o capuchos, se han abalanzado contra la tanqueta como si estuvieran cazando a un mamut; intentan penetrar su corteza con rudimentarias herramientas: piedras, palos de madera y cuanta cosa que pueda ser arrojada por ellos. Las bombas molotov apenas generan un escozor sobre el vehículo que esparce agua sobre sí para apagar el fuego.

Jorge besa apasionadamente a Lucia en medio de la plazoleta Barrientos. Lucia tiene miedo, desde muy chica le ha temido al sonido de las explosiones, ha despreciado cualquier tipo de barbarie, cualquier tipo de violencia, para ella la vida es sagrada sea del animal que sea y este evento en los predios universitarios le parece absurdo y sin fundamento, ella constantemente asegura que la lucha es desde la academia y no desde la portería donde el argumento es la agresión verbal y donde las discusiones son pedazos de piedras arrojados entre personas marcadas por algún discurso político.

La biblioteca está a oscuras, las oficinas han sido desalojadas por el temor, las clases, como de costumbre, se han suspendido, la animalidad del hombre ha despertado de nuevo, las cafeterías y fotocopiadoras están cerradas, lo único que permanece, sin alteración alguna, es el humo que se respira en la zonas deportivas de la Universidad: el aeropuerto, allí sólo llegan los que buscan tranquilidad, los que no quieren seguir el juego de la guerra y la desesperación, los que quieren soñar, los que se quieren trabar, porque la marihuana les ha mostrado que no es necesario matar a un hombre, que no es necesario adherirse a una ideología, que no es necesario ni fundamental buscar la libertad en otros hombres, porque la yerba los liberó, aunque los Colombianos conservadores sigan estigmatizando al marihuanero (de forma generalizada) que sólo quiere paz.

Muchos estudiantes, profesores y entes administrativos han salido de la Universidad porque nos les interesa lo que suceda en la portería de Barranquilla, unos cuantos siguen de cerca la “piñata” y apoyan con sus cantos a los capuchos y a los no capuchos, otros permanecen alejados de la “fiesta” preparando algún examen, estudiando un poco para invertir bien el tiempo porque saben que tienen que ser los mejores para poder optimizar sus condiciones de vida y las de sus familia, los que se quedan lo hacen por pasión, por curiosidad, algunos lo hacen sólo por tener algo que contar.

¡Hijueputas!… ¡Hijueputas!… siguen gritando los estudiantes, ¡Respeto y dignidad es lo que queremos!. Ya van tres heridos porque los “Smad” disparan sus gases directo a la cabeza de cada manifestante, porque ellos, que se hacen llamar la ley y el orden, no respetan la diversidad y mucho menos a la vida, porque no les interesa saber a quién están disparando, porque para ellos todos somos iguales, porque ellos han etiquetado al estudiante de la universidad pública como guerrillero, sabiendo que al estudiante lo moviliza la inconformidad y el pensamiento y al guerrillero de hoy, por lo menos en mi país, lo convoca el dinero del narcotráfico.

Han pasado tres horas de enfrentamientos, de agotamiento, de cansancio. ¡Un último avance y nos vamos!… es lo que dicen entre ellos. Los gases lacrimógenos asfixian a los manifestantes y a los observadores, disipan momentáneamente a la turba embravecida y cansada, que retoma el ataque con las piedras más próximas y con un par de petardos anuncian el final de la jornada. Aunque nunca he entendido el concepto de guerra popular que manejan los encapuchados de las universidades públicas, este día algo que dijeron a todo pulmón me emocionó por primera vez, esto no quiere decir que yo me vaya a encapuchar, porque yo creo al igual que Lucia que la lucha es desde la academia, pero también siento que es necesario salir a marchar cuando es requerido y que es necesario protestar cuando el estado quiere homogenizar nuestros pensamientos y aprisionar nuestras almas bajo conductas predecibles, porque creo que el comportamiento de los hombres debe responde a conductas caóticas, es decir: conductas no predecibles, sin patrones ni estándares de comportamiento; eso es libertad y por eso es por lo que hay que luchar.

Reunidos, los pocos que quedábamos, seguro que éramos más de doscientos, escuchábamos que gritaban los capuchos: ¡Ustedes deben ser los mejores estudiantes para poder defender está mierda!… Y yo lo creo así, ese último grito generó un eco en mi silencio, un escozor en mi lengua y una necesidad enorme de ser el mejor y de nunca callar mi pensamiento ante un otro que intentará minimizarlo…por eso escribo hoy esta fragmentación de imágenes de una manifestación, sucedida, en la Universidad de Antioquia en época de coyuntura electoral.