El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

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El cine como experiencia…

“He vivido la época en que se temió que el cine se viera desplazado por la novedad de la televisión. Pero no he compartido ese miedo porque sé que la radio y los discos no pueden destruir la ópera. La televisión no ha podido acabar con el cine porque la gente quiere estar allí, quieren ser los primeros, quieren oír las risas de otras personas”

Billy Wilder

Hay varias cosas que me gustan de forma exagerada: las obras literarias que me hacen viajar a través del recuerdo (del propio o del ajeno), el vino en una noche fría o en un tarde de silencios y palabras compartidas, una buena conversación o un profundo instante de soledad, las mujeres que juegan al transeúnte y se mueven bajo la complicidad de ser observadas, mientras las observo caminar. Hay, por otro lado, algo que me gusta en demasía: el cine. Entrar en una sala de cine ha sido para mí todo un ritual, una ensoñación, una excusa para vivir mis silencios y mis soledades. Sí. El cine es para nosotros los solitarios un gran vicio, como creo que alguna vez lo dijo Andrés Caicedo.

En una sala de cine es posible encontrar parejas de enamorados o grupos de amigos, pero es claro que, cuando empieza la proyección de una película, cada uno de ellos está frente a una narración vivida desde su individualidad como sujetos, están allí sentados, taciturnos, sumergidos en otro temporalidad, expectantes; viviendo la experiencia de la imagen en movimiento. He de reconocer que es justo esa individualidad de espectadores la que nos hace percibir, en cada filme, algo diferente (desde la fotografía, la narrativa, la música, los ideales políticos y politeístas, metafísicos, estéticos, entre otros que, posiblemente refleje la película); lo que podríamos llamar, en palabras de Jorge Larrosa y llevándolo a la narrativa cinematográfica, la experiencia de la lectura.

Seré atrevido al decir que el cine no es simplemente una forma de entretenimiento porque al ser considerado como una manifestación artística (el séptimo arte) se puede esperar que encierre toda una connotación reflexiva, histórica y social. Lamentablemente, una gran cantidad de productoras, de directores, de guionistas, entre otros, están desvirtuando esa condición artística y humana del cine para presentarnos sólo un producto de consumo (y no de culto como lo era en otros tiempos) que nos haga reír o impresionar por el uso, cada vez más exagerado, de efectos especiales, donde la narrativa se fragmenta y se queda en apuros contra lo visual. Quizá sea esto lo que ha hecho desaparecer a los cinemas de barrio; la alta demanda de equipos tecnológicos que permita una adecuada proyección de los efectos especiales consignados en cada segundo de una película, posicionando, así, la estadía de las grandes y reducidas (en cantidad) salas de cine a los centros comerciales, al lado de productos cosméticos, electrodomésticos innecesarios, vestuarios costosos y extravagantes y demás objetos que sólo alimentan a la vanidad humana de los consumidores.

A esto le podemos sumar que muchos espectadores, no digo que todos, sólo algunos, van a observar el uso desmedido de dichos efectos, catalogando de buena o mala una película según el sonido laser, el 3D, el uso de animaciones y demás, olvidando que existen otros elementos como los silencios en los diálogos, el flashback que nos da una sensación de recuerdo, los diálogos inteligentes y profundos que nos llevan a pensar un poco más allá de las imágenes, la interpretación apasionada de un actor, entre otros.

Es difícil encontrar una buena película en cartelera (aunque muchos dirán que me equivoco y posiblemente sea así) pero, por suerte y a falta de una buena programación, existen algunos cineclubes que se han preocupado por perpetuar las maravillas del cine, donde éste no es grandioso por los efectos especiales sino por la significación que contiene la imagen cuando se proyecta sobre una pantalla grande (en un lugar cerrado y oscuro) y, además, por lo que puede generar, de forma sensitiva, en el espectador. Los cineclubes se han preocupado por hacer del cine, nuevamente, una pasión, presentando películas, tanto nuevas como clásicas, que difícilmente entrarían en esa lista de objetos de consumo para la vanidad humana y que aparecen en las carteleras de los teatros de los centros comerciales.

Si bien, la asistencia a las “grandes” salas, de quienes disfrutamos del cine y sus narrativas sin excesos, posiblemente haya disminuido en los últimos tiempos porque muchas veces se es difícil encontrar una película en cartelera que no represente al lugar común de las explosiones, los diálogos de cajón y del 3D, quizá muchos de nosotros ya hemos adoptado algún otro lugar para ver los filmes que se enmarcan dentro de nuestras concepciones personales sobre lo qué es el cine.

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Agradecimientos a:

Laura María Giraldo por sus sugerencias en todos los textos de El noctívago

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