El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

La sagrada familia: fragmento dos

Sagrada familia 2

A Verónica Soto, quien sintió estas palabras desde siempre

Hoy abrí los ojos temprano en la mañana y fue un gran sol amarillo quien me despertó, calentó mi espíritu llenándome de sonrisas y de certezas; hoy debo ser feliz, mañana también debo serlo y como la muerte es lo único seguro, entonces, sé que el día que ésta llegue, tendré que morir con una fina sonrisa, no sólo en los labios sino también en los ojos.

Luego de estirarme y retorcerme un poco tomé todo mi cuerpo y lo levanté de la cama, respiré profundo, miré por la ventana de mi cuarto regalándole una sonrisa a quienes pasaban por allí, sin decirles una sola palabra porque aún me acompañaba ese aliento insecticida y vinagroso que queda después del sueño…

Le hice una morisqueta al perro y como si fuera un niño lo levanté sobre mí, le pregunté por su amanecer, él sólo ladró como respuesta a mi pregunta. Salí de mi cuarto y era tan alegre el aire de la casa que me senté por un instante en sus escaleras (Las que conducen al primer piso y por momentos al segundo) El silencio de la casa era tan infinito que lograba escuchar perfectamente el transitar de la energía entre las paredes y el techo, el cambio de velocidad del refrigerador, el crujir de los muebles que intentan regresar, nuevamente, a su estado de árbol, Los vecinos que toman una ducha y cantan, o a quienes escuchan las noticias de la mañana mientras se toman una taza de café en la cocina de su casa.

Eso me hizo más feliz aún porque percibí que la vida está llena de pequeños sonidos, de simples cosas; como una mirada, un saludo de buenos días o un abrazo sin palabras pero lleno de latidos.

Esa mañana sólo el repiquetear del teléfono me generó una desazón existencial. No quiero contestarlo… No quiero contestarlo… No quiero contestarlo…, pero tengo que hacerlo o de lo contario ese sonido y la persistencia de él harán que un fuerte dolor de cabeza termine por enfermarme el día… Quizá sea papá, quien llama porque necesita hablarte, pero por suerte no estás… ¿Sabes? Mientras recorría la casa intentaba comprender las causas del porqué ustedes no conseguían hablar como las personas adultas que son y la verdad no logré descifrar ese enigma, porque sólo tengo 15 años y quisiera no tener que pensar en sus problemas de adultos, tengo 15 años y me gustaría  poder decir que por mi cabeza pasan los mismos sueños que podría tener una niña de mi edad; tener un novio, unos pocos buenos amigos y una familia de verdad.

¿Sabes? Aun no comprendo por qué mi mundo dejó de tener tonos pasteles, por qué dejé de sentir el sol en mi cara con la misma alegría como cuando era niña y salíamos de paseo. Aun no comprendo el por qué se acaba el amor y comienza el rencor. Por qué dejamos de sonreírle a la persona que amamos en un principio, si gracias a ella logramos vernos más humanos, más imperfectos; nuestra condición natural.

 Sí, mamá, hay muchas cosas que aún no logro adivinar y que me duelen, pero que la sonrisa de mi rostro no deja ver. Cuando me levanto es posible que me veas sonreír, si es que en algún momento te fijas en mí, cuando te vas y regresas es esa misma sonrisa la que, tras cada beso y abrazo, te doy. Pero no es mi alma la que sonríe porque ella ya se acostumbró a tu ausencia y a la de papá…

 

Fragmento de la obra:

La sagrada familia

(Lectura epistolar en tres cuadros indisolubles y uno itinerante)

Colegio Alfred Binet 2012 ©

La sagrada familia: fragmento uno

Sagrada familia, 2012

Alguna vez me preguntaste el por qué no sonreía un poco más. Recuerdo que ese día sólo te miré. Me quedé en silencio. No supe que decir. Afortunadamente la imprudencia de mis hermanos me salvaron de la pregunta y del silencio incomodo que produce una respuesta que no llega, de las palabras que se conocen, que se piensan, pero que por temor se dejan de pronunciar…

La respuesta a tu pregunta, papá, era simple… No lo hacía porque no era feliz, pero… ¿Cómo decir eso, si de alguna forma no entenderías mi tristeza? Dirías que no debería tener motivos para estar triste porque todo lo tengo y nada me falta… Esa sería tu respuesta… Sí, todo lo material lo tenía pero eran tus ausencias las que más coleccionaba.

Nunca estuviste en casa, al menos para mí. Toda tu vida era el trabajo porque ni a mamá le dedicabas una caricia, un abrazo o un beso de buenas noches. Las pocas veces que estabas en casa parecías perdido, como si algo te faltara sabiendo que allí estábamos tus hijos y tu esposa. Te ibas por largas temporadas, a veces cortas, y cuando regresabas lo hacías desde una ausencia extraña, como si dejaras el espíritu en otro sitio, como si la mente, la tuya, no perteneciera a este lugar de la memoria que nosotros construíamos como familia…

A veces me pregunto el por qué decidiste no estar presente en nosotros…Hoy te sientas a la mesa, comes en silencio, por momentos conversas con mamá, a veces ni la miras. A mis hermanos les falta un poco de norma porque mamá no ha logrado llenar ese vacío que como padre has debido llenar y ni de eso te das cuenta… No te percatas de que me hubiera gustado saber que estabas presente en cada uno de mis días y mis noches… dándole un poco de voz a mi silencio y a mis ganas de sentir un verdadero amor de padre…

No sonreía porque lo que quería no lo tenía; una familia… un papá y una mamá que aún se vieran a los ojos con el mismo amor con el que se vieron la primera vez y unos hermanos que me respetaran y me quisieran como si de verdad fuera parte de sus corazones… No sonreía porque estabas ausente y porque mamá y mis hermanos también lo estaban…

Fragmento de la obra: 

La sagrada familia 

(Lectura epistolar en tres cuadros indisolubles y uno itinerante)

Colegio Alfred Binet 2012 ©

Al final de la inocencia (De la serie ficciones fotográficas)

Carlo Bevilacqua „Catari“En el barrio sólo quedaban niños y niñas de todas las edades, los adultos se habían marchado con la llegada de la primavera, porque con ella iniciaba la guerra. Primero fueron los padres quienes desaparecieron; cada noche una decena de ellos, tal vez un poco más, dejaban en sus casas el silencio abrumador del abandono, de los adioses sin despedida y de los rastros indelebles de la evaporación.  Cuando ya no hubo padres, ni abuelos y mucho menos tíos, y el barrio respiraba la histeria, en ocasiones insoportable, de las madres adoloridas por la pérdida; se les informó a todas las mujeres que debían partir de inmediato, dejándolo todo, incluso a sus hijos. Muchas se negaron y trataron de ocultarse, otras salieron de inmediato con la intensión de buscar a sus hombres perdidos. Los mercados quedaron vacíos. Ya nadie iba a la escuela porque a las maestras se las habían llevado también.

El barrio estaba hecho un caos. Con la partida de los adultos se habían ido también las reglas familiares y las normas por cumplir. Las mañanas empezaban al medio día, no existía un horario para comer, además los alimentos se limitaban a dulces y chocolates. El asfalto, entre rayuelas, “Yeimi” y “Boy” y un sin número de juegos callejeos, era el reflejo de un sitio que carencia de adultos; el paraíso añorado por muchos pequeñines que detestaban cumplir con horarios, con ir a la escuela, a la iglesia e incluso a los mercados a realizar los “mandados” impuestos por sus padres.

Con el tiempo muchos de estos niños comenzaron a crecer y a desaparecer también, esto promovió el temor en el resto de los impúberes que quedaban en el lugar ya que, así como sus madres y padres y hermanos mayores y tíos y abuelos habían desaparecido, los amigos y vecinos que empezaban a convertirse en mayores se iban sin dejar rastro; no había sonidos de puertas que se abrieran o se cerraran, no existían marchas de hombres en la madrugada ni de amigos jadeantes por la lucha nocturna con aquello que los estuviese obligando a la disgregación.

El temor de los niños y niñas era crecer; ninguno deseaba que la adultez los golpeara en medio de las tardes mientras veían la puesta del sol. El miedo se expandía en ellos cada que un ápice de acné aparecía en sus rostros y se quedaba en sus corazones justo en el momento en el que, en los niños se experimentaba el transito vocal entre un soprano desafinado y un tenor menos diáfano, acompañado de un suave bigote que se abría paso entre los poros. En las niñas la desazón llegaba con el crecimiento de sus senos; Pequeñas colinas que dan indicios de tierra fértil en sus bajas y misteriosas  entrañas, convocando a los hombres al fornicio y a la procreación.

Habían pasado varios años. Los infantes que quedaban eran pocos. Estos escasamente recordaban la apariencia de los adultos;  de los padres y de las madres. Sólo comprendían que cuando cumpliesen cierta edad tendrían que irse, así como lo hicieron muchos de sus amigos y de sus familiares olvidados por el silencio y los llantos pasados. Cada uno de ellos vivía segundo a segundo su edad infantil, sin proyecciones ni planes para el futuro, salvo la idea de huir antes de que los obligaran a desaparecer en la noche.

Mientras los niños y niñas jugaban habitualmente, un hombre de espesa barba e incontables arrugas en el rostro, entró al barrio. Malherido y cansado recibió la mirada curiosa de los niños, al fondo de la calle una niña, de las más grandecitas, intentaba reconocer esa mirada en él, que sentía haber visto antes. Luego de unos segundos ella logro percibir una ternura antigua, un afecto histórico entre el cruce de sus ojos. Ella sintió verse en él y con una alegría irracional se le lanzó encima y al unisono de sus pisadas gritaba: abuelo, abuelo… has regresado…

Sobre la fotografía:  Carlo Bevilacqua, Italia.

Catari, (1960) Gelatinobromuro

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 Sobre la serie “Ficciones fotográficas”

Esta serie pretende recrear una ficción narrativa a partir de fotografías ícono de la historia de la fotografía. Las imágenes expuestas en esta serie pertenecen a los archivos de los dueños y son presentadas sin ánimo de lucro. Los textos son propiedad de El noctívago.

¿LA EDUCACIÓN COMO UN ACTO DE AMOR? ¿UTOPÍA ?

Entrada

“El amor es un acto de valentía, nunca de temor;
el amor es compromiso con los hombres… La educación
es un acto de amor, por tanto, un acto de valor.”

Paulo Freire.

Es casi media noche y decido prender la computadora para escribir un poco. Hace un buen tiempo no practicaba este hábito de solitarios, de insomnes, de humanos. Tras encender el equipo busco inmediatamente las carpetas de música, preferiblemente salsa, para acompañar este instante difícil de conjugar bien las palabras, de ubicar bien las comas, los puntos seguidos, tal vez un punto y coma, que sé yo… Mientras pienso en lo que deseo escribir. Mientras mi yo consciente se acalla un poco y busco en el espacio de mi habitación las frases iniciales que me permitirían generar un nudo para desentramar y desentrañar de mis entrañas, eso que hace un buen tiempo me genera desazón y malestar existencial, miro con nostalgia algunas fotografías mías y no mías, sobre mí y sobre lo que fui, lo que soñé ser y lo que me hace ser.

He sido un idealista y un soñador, creo que aún lo soy, en cuanto a discursos pedagógicos. He sido víctima de la indiferencia y he sido indiferente frente algunas realidades que se esconden en cada uno de los salones de clase. Cuando era estudiante de la facultad de educación creía que para ser docente bastaba con dominar un saber específico y tener el deseo de mejorar el aprendizaje sobre ese saber disciplinar. Ahora sé, a ciencia cierta, que la docencia escolar va mucho más allá que una serie de disciplinas y contenidos académicos bien estructurados (así las discusiones entre los sindicatos y el estado se limiten a lo salarial) y que la realidad de ser docente está plagada de múltiples variables, pero ¿cuál es la realidad de un profesor?

Una posible respuesta

Podría afirmar que son salones colmados de tristezas disfrazadas de indisciplina y bajas calificaciones. La soledad, tras el vacío que queda, cuando la campana de salida retumba por los corredores y detrás de la luz apagada se va el último niño, el último joven. El silencio en el corazón cuando es de noche y sigues en el salón de clases observando las sillas vacías. Las exigencias absurdas por un sistema de educación absurdo. Los formatos por llenar y diligenciar como requisito para camuflar la poca calidad del sistema.

Los contenidos innecesarios para la formación humana de humanos carentes de una verdadera humanidad. El miedo a iniciar una clase y a equivocarse en el discurso. El desasosiego de ser docente y no lograr, en lo más mínimo, cambiar la vida triste y solitaria de al menos un estudiante o dos. La sonrisa diaria de jóvenes ávidos de afecto y de cariño. La imposibilidad de un abrazo requerido. Los padres agradecidos por la formación de sus hijos y los padres sobreprotectores haciendo señalamientos porque sólo están interesados en la protección y no en la formación. La mercantilización del conocimiento por la empresa privada y la mediocrización de la palabra por la escuela pública. La falta de vocación de muchos maestros y el exceso de confianza en el resto.

Reuniones de padres infestadas de tíos, abuelos, primos, hermanos y cada uno de nosotros con la pregunta indeleble ¿dónde están los papás? La indiferencia de los jóvenes frente a la academia, no de todos pero sí de muchos. La indiferencia de la familia que cada día modifica su estructura y nos presenta padres que no son padres porque no saben cómo serlo, porque no saben cómo  asumir su rol. La indiferencia de administrativos y políticos que buscan lucrarse y piensan que la calidad se refleja en “Pisa” o en “Saber”.

¿La educación como un acto de amor?

Más allá de esta imagen personal he de manifestar que, aunque la labor docente es subvalorada por los intereses políticos del país, violentada por los diferentes entes armados “legales” o no legales y limitada por el padre ausente-cliente, la docencia es una profesión que padece del mutismo aberrante de quienes la ejercen como único escape al desempleo nacional. Es una profesión que, generación tras generación, ha perdido su norte humanista porque se ha hecho más importante formar en contenidos para poder competir internacionalmente, olvidando que los estudiantes de estas nuevas generaciones, más que formación académica, requieren una educación desde el afecto para no ceder ante en la trampa de la guerra y la intolerancia. Los maestros, muchos de ellos, han perdido el sueño y la vocación que los llevó a las aulas, mientras otros tantos lo hicieron detrás del  azar, buscando un salvavidas a su situación económica.

Con el paso de los días dentro de las aulas de clase, he comenzado a entender, creo yo, esa idea freireriana  de que “la educación es un acto de amor”, y lo es en el sentido amplio de su acepción. Una educación con amor es aquella en la que el estudiante es escuchado, es comprendido y es llevado hasta el límite de sus posibilidades en la búsqueda de sus propias verdades; es aquella en la que es reprendido (entendiendo por reprender todo aquello que acarrea actos formativos) por sus actos malintencionados y premiado por sus proezas. Educar con amor es brindar un abrazo cuando es necesario, así el sistema piense lo contrario. Es transmitir esa pasión por lo enseñado motivando el aprendizaje… pero sobre todo, educar con amor es permitir que el estudiante abra su corazón por medio de la palabra para que libere sus miedos y la tristeza de estar solo en este mundo de falsas comunicaciones, de padres ausentes y obsolescencias programadas.

Somos carne

A Jonathan Cadavid Marín, quien pintó la carne…

Somos carne, dijo un viejo amigo con su pintura, somos carne en la mañana, al medio día y en la noche, somos carne toda la vida y casi toda la muerte.

Al mirarme en el espejo sólo veo a un hombre cansado de áspera barba, de verdes ojos, tal vez azules; veo a un hombre que se levanta todos los días a la misma hora; que se levanta con la misma necesidad de seguir respirando de cuando era niño… En ese espejo veo un manojo de sueños infantiles que aún no se han cumplido, una cantidad infinita de utopías construidas tras cada habitar por el mundo, al menos el fragmento de mundo en el que ha gozado hasta este día.

Somos carne, recuerdo frente a mí y pienso en los diez mil trecientos veintitrés días que he vivido bajo el sol y sobre la luna, en esas noches de infinita paciencia cuando las palabras no inundan el papel de verbos conjugados y sustantivos adheridos a la piel y mucho menos a mis manos, con letras deseosas de formar el poema. Recuerdo el silencio del devenir de los días, porque creo que la vida es un devenir de causalidades y de días, que en su conjunto hacen parte de un silencio más profundo, más íntimo, más sincero; la vida misma.

Me miro en ese espejo y repito frente a mí: somos carne porque hemos de morir. Porque nuestra entrañas son tan carroñeras como la tierra. Porque amamos las banalidades de otros hombres, semejantes a nosotros y seducidos por el afán del dinero. Porque somos objetos de nosotros mismos y de los otros y viceversa. Porque no recordamos nuestros sueños luego de abrir los ojos en las mañanas. Porque no hay placer más grande que el de la carne expuesta sobre las sábanas donde los hombres y las mujeres se devoran entre sí, creyendo inventar el amor. Porque todos los días derrochamos la vida en cada parpadeo. Porque Baudelaire entendió que después del último suspiro sólo somos una carroña ponzoñosa que emana hedores bajo el sol y frente a la vida de los otros. Porque somos vida y destrucción.

Somos carne, repito una y otra vez… Somos carne… Somos carne… porque le tememos a la muerte y comulgamos con ella y la amamos y la buscamos entre nuestros días. Porque nos gusta el aroma del formol y el de la hierba húmeda. Porque servimos nuestro corazón en bandeja de plata para que otros coman de él. Porque perdemos la infancia en un abrir y cerrar de los días. Porque somos carne desde el nacimiento; carne que crece, carne que muere, carne que se pudre entre los matorrales del silencio y del olvido, carne que no deja más recuerdo que él de una imagen difusa por el tiempo.

Somos carne, dijo un viejo amigo, porque algún día hemos de morir y porque el lugar del alma es la carne que, también, desaparecerá en el momento mismo en el que vivimos la muerte… Somos carne y nada más…