El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

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Rock and roll is dead

 

Hoy he decidido levantarme temprano, tomar una copa de vino y preparar la mochila para emprender un viaje. ¿A dónde se dirigen mis pasos? –Me pregunto.- Levanto mis ojos al cielo mientras la brisa de verano golpea mi rostro, a lo lejos una vieja canción me lleva a recorrer las calles por donde habité en mi primera juventud. Calles atestadas de infantes y adolescentes que aún jugaban esos juegos que nos heredaron nuestros padres, quienes los recibieron de los suyos, nuestros abuelos. Calles habitadas, hoy en día, por niños que juegan a ser adultos inducidos por lo lascivo de este tiempo.

Sin reparo me siento en la esquina donde solía sentarme antes, don Mario el tendero de siempre me reconoce a pesar de los años y de la espesa barba que no tenía y que hoy adorna mi apariencia desvencijada y obesa. La nostalgia se dibuja en su rostro y es como si el pasado regresará a él con mi sola presencia. Lo saludo con afecto y en vez de la habitual gaseosa de antes pido un par de cervezas y lo invito a que me acompañe. Me pregunta, le pregunto. Hablamos del ayer, de los muchachos y de las muchachas de quienes, infaltablemente, comprábamos mecato y chucherías en su tienda cada día. Los tiempos cambian juventud – me dice- he visto crecer a muchos de ustedes, he visto morir a la mayoría de ustedes y he sentido la perdida, el vacío de la ausencia, usted sabe a qué me refiero juventud. El silencio nos abruma y en silencio repasamos centímetro a centímetro, la calle donde antes jugaba y en donde muchos de ellos y de ellas murieron o simplemente se fueron sin dejar rastro.

Al despedirme, su mirada, la de don Mario, se clava en el espacio como buscando algo o a alguien, yo sigo mi camino hasta tropezar con el aroma dulzón de las rosas de don Samuel, que ya no son tan bellas como solían serlo. Recuerdo que este rosal era uno de los puntos de encuentro entre nosotros, que éramos muchos, ahora sólo unos pocos. Estas rosas significaban el primer amor, el primer beso, la primera caricia, la materialización de un encuentro furtivo antes pensado. Allí, justo allí, donde muchos nos enamoramos por vez primera, desapareció la hija de don Mario, Claudia, la bella Claudia, como si las rosas se hubiesen devorado cada una de sus partículas y el rastro de su existencia se hubiera camuflado con el aroma de ellas.

Cursábamos el noveno grado, en colegios totalmente diferentes. Nos habíamos conocido en la biblioteca del barrio un viernes en la noche, cuando los bibliotecarios y promotores de lectura extendían su larga jornada de trabajo sólo para iniciar un cineclub, para ver películas y nada más, para nosotros era la excusa de nuestra amistad. Conocimos la “Psicosis” de Hitchcock, admiramos la perversión de Kubrick y su “Naranja mecánica” la incoherencia y audacia de Tarantino y su “Pulp fiction”, la metafórica existencia de Eliseo Subiela y su “Lado oscuro del corazón” entre muchas otras. Claudia estaba allí, con su cabello negro azabache largo hasta el inicio de sus nalgas, que era a su vez el principio de la insurrección – eso pensaba cada que la miraba y trataba de descubrir su desnudez en medio de mi ensoñación.

Claudia era la más linda de todas, la más descomplicada, la más sincera, la más cariñosa, la más rockera de todas. Siempre que arribábamos a su casa, es decir a la tienda de don Mario, estaba ella escuchando un poco de Iron Maiden, a veces AC/DC o Scorpions o simplemente Heroes del silencio. Sus favoritos eran Kraken y Ángeles del infierno… Hola Juan Angel – me saludó justo el día en que desapareció – vamos esta noche a la casa de Juan Esteban, invitá a los muchachos, yo ya hablé con Juanes y como está sólo no hay problema, sus papás le dieron permiso. Llevá  musiquita para que roquiemos como se debe. Juan Esteban y Claudia tenían una relación muy íntima, secreta pero al parecer muy lúbrica.

Preparado con algunos cassettes y algunos cds, y en contra de la voluntad de mi madre, salí con mi cabello suelto, bien emperfumado y con la pinta más rockera que pudiese tener. Recogí a las Carolinas y al viejo Santiago, quienes también llevaban algo de sus colecciones personales de música. Pasamos por la tienda de don Mario, la casa de Claudia, a comprar algo de chicle y un par de gaseosas de las grandes. Claudia ya había salido, estaba donde Juanes – nos dijo don Mario.- Sin prisa caminamos por las apretadas calles del barrio, por los callejones que guardaban los caminos a nuestras casas y a ninguna parte.

La noche estaba tranquila, como todas las noches en el barrio. En la esquina de doña Beatriz, cerca de mi casa, se encontraban esteban y su gallada, un grupo de pelaos como nosotros que se reunían a diario a escuchar algo de salsa, un poco de rap y en algunas ocasiones música electrónica. A pesar de las diferencias nunca tuvimos problemas. Eso hacía que el barrio fuera seguro para cada uno de nosotros. Esteban siempre estuvo enamorado de Claudia. Ella lo quería mucho porque fueron amigos muchos años, pero no lo miraba con los ojos que él deseaba que lo mirara. Ella se había empezado a alejar de él porque, entre todos los muchachos y muchachas del barrio, Esteban, unos años atrás, había comenzado a consumir drogas, al igual que sus amigos. Eso lo sabíamos todos y los adultos parecían ignorarlo.

A lo lejos escuchamos la voz de Jim Morrison y sólo podía existir un lugar en el barrio en donde el Rey lagarto pudiera cantar sin censura y a todo pulmón. Juanes recibía a los primeros invitados mientras sonaba “people stranger” de the doors. Nuestro himno –pensaba yo.- Juanes estaba en el andén de su casa un tanto ansioso. Mientras se fumaba un Piel Roja sin filtro parecía perdido en sus pensamientos, en la ebriedad de la noche estrellada y de luna creciente… Juan Ángel como vas – me saluda Juanes con cierta malicia- Claudia está en mi cuarto y necesita hablar con usted… Lo miro con extrañeza, él me mira conmocionado y con una extensa sonrisa. Le entrego mi música a Santiago, las carolinas se dispersan en el espacio saludando a todos y yo camino hasta el cuarto en donde me espera ella.

Mientras subo las escaleras que dan al cuarto de Juan Esteban, comienza a sonar “Heart-Shaped Box” de Nirvana, una de mis favoritas. Frente al último peldaño, adherida a la puerta del cuarto de Juanes, un afiche enorme de Black Sabbath me daba la bienvenida. Yo pienso en las palabras que ella tenía para decirme, sin acertar a las intenciones de sus sueños. Parado allí frente Ozzy Osbourne abro la puerta y ella recostada en la cama me mira un poco entristecida. Juan Ángel –me dice.- hace mucho que nos conocemos, hace mucho que compartimos los silencios y, ¿sabes?, el silencio sólo se conlleva con esas personas a las que quieres y que te generan confianza, aparte de Juanes no confío en nadie más y te quiero. Eso lo sabes de sobra… La miro en silencio sin entender aun lo que quiere decirme y con extrañeza por la profundidad de sus palabras.

Hace días tomé esta decisión y necesito de tu ayuda – hace una larga pausa mientras me mira con lágrimas en los ojos– me voy del barrio, de la casa, posiblemente de la ciudad. No te puedo contar a donde, simplemente me voy… Con sorpresa la escucho y la observo con la curiosidad con la que un niño destruye su mejor juguete.- Me voy con Juanes esta noche y necesito hacerle llegar un mensaje a papá y mamá… no te preocupes, no es necesario que hables con ellos directamente, sólo debes entregarle esta nota… Busco en sus ojos el camino de su destino, las palabras secretas que sus labios no quieren pronunciar y que hoy generan en mi pecho un enorme vacío. Me besa en la mejilla y sin más palabras por decir guarda en mis bolsillos la nota para sus padres, me toma de la mano y juntos vamos al encuentro de los viejos amigos, “Rock and Roll” de Led Zeppelin no espera en la sala, mientras varios de los buenos amigos simulan con sus manos y su cuerpo ser Robert Plant o Jimmy Page. Esa noche bailamos hasta que nuestros pies no pudieron más.

En medio del baile, del rock y de la coca cola escuchamos una serie de disparos, ráfagas completas que hacían pausa de muerto en muerto. Nos miramos, apagamos la música. No entendíamos lo que pasaba. Muchos pensamos que se trataba de algún vecino que andaba quemando pólvora, celebrando algo, pero el sonido ahogado y seco nos indicaban que era una posibilidad muy remota, que algo grave estaba pasando y que no sería la última vez que ocurriría. Claudia, sin pensarlo salió corriendo hasta el rosal de don Samuel, como si supiera que allí se encontraba Esteban desangrando su existencia, inconsciente, completamente muerto con los ojos desvanecidos en el cielo estrellado.

Claudia no alcanzó a llegar al rosal. Lo sé porque Juanes y yo salimos a buscarla y vimos como dos hombres la tomaban por la fuerza y, rápidamente la desaparecían de nuestros ojos. Él y yo no logramos hacer nada, más que correr y ver como raptaban nuestra alegría, nuestro amor imberbe. Paralizados mirábamos los ojos de Esteban, tratando de descifrar lo que ocurría, intentando entender hacia donde se llevaban a Claudia…

Luego de esa noche Juanes se fue de su casa como lo habían planeado, se fue con su soledad y con la incertidumbre de no encontrarla y de saber a ciencia cierta que la semilla que crecía en el vientre de Claudia no nacería. Yo me quedé con el silencio de ella guardado en mi bolsillo. Con la única verdad que podría calmar la tristeza de don Mario y su esposa, porque esta verdad que mis ojos vieron y que mi corazón palpitó hasta los nervios no les daría paz en su noches y mucho menos en sus tumbas…

Una semana después de esa noche de luna creciente y de amores diluidos hice llegar la nota de Claudia a sus padres, siendo yo el único que guardaría – y aún lo hago- la tristeza, el remordimiento y el insomnio de su desaparición sobre mis venas. Tratando de creer que todo lo ocurrido esa noche fue preparado, fue una excusa teatralizada para que la decisión de la partida no doliera tanto.

Parado frente a las rosas y con este recuerdo doloroso que no cesa, mis pasos siguen su ruta con la única certeza de que sólo una palabra que, inadvertida, llega a nosotros como por azar de los días, quizá de las noches, es el detonante de la ensoñación de tiempos pasados. Así como los sonidos escurridizos, impertinentes y austeros entre nuestros pasos silentes. O como el aroma particular de cada cuerpo y sus fragancias adheridas y endémicas al tacto. Somos el recuerdo y la soledad de nuestros días pasados. Somos la angustia de estar vivos y de caminar día a día sobre el cadáver fértil de nuestros muertos y nuestros sueños.

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Ciudad de locos corazones

“Sola y pura con tu gloria inhumana. Avara con tu majestuosa belleza. No te das porque a todos has matado, Medellín asesina, Medellín de corazón de oro y de pan amargo.”

(Gonzalo Arango)

De sabores encontrados es tu lengua de asfalto, de profundas nostalgias cada camino de regreso a casa. Inyectas en los hombres la desazón del tiempo extraviado y la sensación de angustia de unos pasos desesperados. Llenas las noches y los días de silencio, en algunos casos, o de algarabías taciturnas, en donde los solitarios creen estar acompañados.

 Por tus calles, todos los días y todas las noches, los desfiles de hombres y de mujeres, que cargan con el peso de su sombra, hacen del llanto una mueca de alegría; muchos nos conocen lo que es una sonrisa…

 Son parte de tus hijos olvidados los hombres que caminan de manos, los que bailan sobre sus cabezas, los que lanzan fuego por sus bocas, los que hacen de un balón de futbol un apéndice más; los hombres que habitan entre los verdes que aceleran y los rojos que detienen, por momentos, el tráfico de la ciudad. Hombres y mujeres que venden silencios tras un confite, una limpieza de parabrisas y un “me regala una moneda señor”.

 Eres una ciudad de vehículos veloces, de peatones abatidos, de perros que buscan entre las basuras algo de comer. Eres un refugio para indigentes que visten la mugre de días anteriores y que aspiran un poco de pegante para saciar el hambre de cada una de sus soledades. Eres una urbe de hombres y de mujeres que miran con sospecha a cada caminante porque cada uno de ellos es un posible enemigo, al menos eso es lo que tus calles nos han enseñado.

 Eres una ciudad de espíritus apagados, de nostalgias y de amores olvidados, de silencios embriagados. Sí, eres la dicotomía entre la causalidad de los afectos, los sueños y las pasiones; eres una ciudad de locos corazones…

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Texto publicado en la revista Host Enero 2013

Fotografía: Comuna Central,de la serie Ciudad explosiva por J. Alberto Cano Corrales

Devenires: la ciudad ese animal.

Para M. y su apoyo incondicional tras cada retorno.

Habíamos comenzado a subir por Las Palmas, M., sentada al volante, con su gorro un tanto beatnik  y sus lentes oscuros, me decía que yo debería aprender a manejar porque sería rico poder disfrutar un poco más de los paisajes y no estar pendiente del volante todo el tiempo. Yo, sentado a su lado y un tanto distraído, observaba el camino con una única imagen en mi cabeza: la ciudad y sus luces nocturnas.

Cada kilómetro que avanzábamos, buscando el lugar perfecto para retratar a la ciudad desde las alturas, llegaba a mi cabeza la idea de huir; no de mi familia, ni de mis “pocos buenos amigos” y mucho menos de mis obligaciones de adulto (aunque ésta sería una buena excusa para emprender el viaje).

La ciudad había comenzado a generarme sensaciones de silencios profundos, de melancolías imparables, de sueños derruidos y taciturnos, había engendrado en mí, durante mi corta vida, la inconformidad y la desazón de ser algo que realmente no quería ser, de vivir de una forma completamente diferente a la de mis utopías; yo ya había comenzado a perder la facilidad de asombro.

Allí, parados en el mirador de Las Palmas, en el último de ellos, mirábamos la ciudad, y mientras el aire nos congelaba en el verano, mientras las pequeñas colectividades, que subían a contemplar el valle, se tomaban un trago, mientras los enamorados se abrazaban sin pronunciar palabra y se besaban, mientras los carros pasaban a toda velocidad por nuestro lado, mientras caía el sol y se oscurecían las calles, mientras yo disparaba mi cámara sin encontrar la fotografía deseada, M. decía que le daba cierto vacío en la barriga ver a la ciudad desde allí. Yo la miré y me senté a su lado mientras revisaba las imágenes dentro de mi cámara y, luego de un instante, me atreví a decir que ese vacío, posiblemente, lo generaba ese monstruo que es la ciudad porque desde allí se ve tan apacible y tan habitable…

Sí, hace un buen tiempo que tengo la idea en mi cabeza de que las ciudades son unos monstruos que nos asfixian y que, fácilmente, nos pueden hacer perder el rumbo de nuestros sueños porque allí es dónde se materializan, con mayor facilidad, nuestros miedos. Porque ellas nos absorben y nos alejan de nuestras utopías (aunque sé que muchos pensarán que son justo las ciudades las que permiten que los sueños se cumplan). Porque en las ciudades no hay tiempo para vivir lo que se quiere vivir o lo que se sueña vivir. Porque todos caminamos a la velocidad de su tiempo y olvidamos el nuestro. Porque los hombres padecen el hambre, el olvido, el desprecio, el miedo a vivir y a sentir. Porque la ciudad nos enseñó que el otro, el vecino, el semejante, eran nuestro enemigo. Porque allí no hay tiempo ni espacio para vivir en paz. Porque nos hemos habituado a la algarabía de las armas y de la intolerancia. Porque allí la muerte y el deterioro humano ya son parte del paisaje, ya hemos naturalizado eso.

Esa noche, M. y yo nos dedicamos a retornar una y otra vez por la avenida Las Palmas, mi congestión nasal empeoraba y tenía la certeza de que no había logrado tomar la fotografía que tenía en mi cabeza. Subíamos y bajábamos, una parada allí y otra por acá. Y fueron muchas las vueltas que dimos antes de regresar con la excusa de la fotografía pero a veces pienso que ese ir y venir de aquel viernes era, quizás, nuestra excusa para evitar regresar a la ciudad.

De mi sensación existencial, luego de una resurrección teatral…

“1, 2, 3, 4, …”

Hoy abrí los ojos como todos los días, como todos los monótonos días de mi existencia. La luz me encegueció por unos segundos (justo el tiempo que dura el sueño en irse y uno queda, nuevamente, consciente de la existencia de un cuerpo, el propio cuerpo; el que me posibilita ser reconocido por el otro, quien lo percibe como un dibujo en el espacio). Luego de abrir los ojos, casi de forma automática como lo hago a diario a las siete de la mañana, arrojé la cobija al suelo y en un movimiento simultáneo extendí cada una de mis extremidades al compás de un quejido que se ahogó dentro de mí, justo cuando mis apéndices intentaban deshacerse de cualquier secuela de ese estado de quietud que llamamos dormir. Hoy me he levantado con un día menos de vida… ¿cuántos más me faltaran? Es la primera pregunta y el primer pensamiento que tengo en las mañanas. Hoy, como muchos otros días, no recuerdo el sueño que soñé mientras dormitaba… ¿por qué no lo recuerdo?

La mañana de hoy es fría… me gustan las mañanas así porque el sabor del café es más amargo, porque el silencio es más profundo, más sincero… porque el primer cigarrillo acompasa a cada pensamiento que emerge y se disuelve con las volutas de humo, mientras miro por la ventana y me pierdo en el horizonte que se dibuja en cada pensamiento.

Hoy, luego de abrir los ojos y de abandonar el sueño, plantándolo sobre la cama, decidí realizar un viaje, no exactamente un paseo que incluyera fiambre, tiquetes de bus y estadía en un hotel de bajo presupuesto. Mi viaje era nocturno, pero ya lo había planeado con la llegada de la primera cavilación en la mañana. Mi viaje era sencillo y corto, no muy lejos de casa. En esa migración, de la que omitiré detalles, les contaré, inicialmente, que se trataba de una casa hacia donde me dirigía. En esa casa se daría pie a la resurrección y muerte de un hombre, no por medio de la magia y asuntos místicos y teológicos en los que muchos creen, sino a través del teatro. Al parecer, era la resurrección de un hombre que había muerto varias veces: “una vez fui decapitado, la segunda fui cortado en pedazos, en la siguiente hube de beber plomo derretido y mis intestinos fueron echados a los perros mientras yo colgaba de una cruz al rojo vivo.” -Es lo que nos contó, en esa noche, este nuevo Lázaro.

Lo segundo que les quería contar tenía que ver expresamente con la sensación de vacuidad con la que salí de allí… Sí, luego de haber visto “Las danzas privadas de Jorge Holguín Uribe”, una sensación de silencio enrarecido me cubrió el rostro y el cuerpo entero. Esta “pieza teatral en 22 transfusiones” logró hacerme percibir la forma en cómo el ser humano se deterioraba con el paso de los días y de las noches… la forma en que moríamos; lenta, a veces rápida, pero finalmente dolorosa, así la agonía durara un segundo o una milésima de éste…

Cuando regresé a casa me percaté de que era un poco tarde y volvió a mí ese interrogante fascinante con el que he cerrado mis ojos durante muchas noches, antes de buscar el sueño, sólo que en ese momento era difícil encontrarlo, ¿cuántas noches más me faltarán? –era la pregunta que hacía eco constantemente en mi cabeza.

Aún hace frío y es de madrugada. Mientras fumo, recostado sobre mi cama y con los ojos puestos frente a la ventana, recreo nuevamente cada una de las danzas ofrecidas esa noche, a cada cuerpo que se mimetizaba sobre las tablas al compas de las diferentes formas de musicalización presentes allí. Cuerpos que representan toda existencia, todo lenguaje y todo deseo, incluso, toda muerte. En cada movimiento y en cada palabra no sólo percibí un relato fatídico sino también un fuerte apetito de vida, un impulso creador donde es el cuerpo, la música y las palabras quienes hacen de esta narración, en su conjunto, un sentimiento entrañable y nostálgico en mi.

Posiblemente vivir sea eso, un baile, una gota de sudor que se desprende del cuerpo cuando es el deseo creador quien manipula cada movimiento del cuerpo o de los cuerpos ajenos al propio. Cada movimiento sincronizado, rítmico o arrítmico, tal vez, signifiquen esa temporalidad de hombres con la que nacimos, nuestra condena de finitud y de desaparición. Morimos a diario y resucitamos ¿Cuántas veces tendremos que morir? ¿cuántas nacer?

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 Las fotografías tomadas de:

http://www.planb.com.co/medellin
http://www.elcolombiano.com/

El juego del olvido. Fragmento del diario de José González

A María, quien navegó a mi lado.

*

Desde siempre anduvimos por la misma ruta de nuestros sueños, quizás el mismo río nos inundó desde el principio. Gozosos nos bañamos en sus aguas diáfanas sin sabernos aún; sin presentirnos en una existencia cercana, coetánea. El otoño de las ceibas adornaba mis paisajes y yo aprendí a dibujarte sobre sus hojas secas, derramadas en el suelo como el rompecabezas de mi alma. El cielo que se abría azul, tras el batir de alas de los azulejos, era el lugar más íntimo en el que mis pies andaban. Tus alas, tan pálidas como las mañanas, lograron confundirse con los nubarrones en donde me detenía, por instantes, a mirar el verde mundo que poco a poco se teñía de una gris nostalgia.

 **

En un día, en el que bajabas las velas de tu navío porque la marea no te dejó volar, yo emprendí mi fuga hacía el horizonte más cercano, desplegué mis sueños para navegar tranquilo y en la mitad de mi mar encontré tu silencio truncado por las olas de un sueño extraviado. Juntos creamos una utopía, anclamos nuestros botes, y nos hundimos en ella sin olvidar el camino de regreso. Dormíamos  bajo los guayacanes, siempre a la espera de la lluvia amarilla de mariposas muertas, que adornaban nuestro lecho. Aprendimos a hablar en silencio hasta que en silencio nos fuimos perdiendo. Te prometí mil y un noches de lluvias, en donde fuimos eslabones de palabras no pronunciadas por un par de lenguas ocupadas, dominadas por el sigilo y el ardor de la carne. Me prometiste las mañanas, plagadas de horizontes inexplorados, de soles cálidos sobre la espalda y miradas extraviadas entre el marrón caoba de tu alma y el verde selva de la mía.

 ***

Si, así éramos Matilde y yo: el día soleado y la noche fría. Un día, sin darnos cuenta, comenzamos a desdibujarnos. Primero fueron las palabras que comenzaron a convivir en el desencuentro de las lenguas, después vinieron las ausencias de la carne y del alma, hasta que finalmente la angustia se convirtió en silencio. Su manera de pensar en plural se convirtió en mi forma de quererla y mi sueño de libertad edificó el rumbo de sus velas. Matilde y yo siempre fuimos dos por el mismo camino, sólo que éste, en nuestro caso, nunca fue uno sólo.  Comenzamos a no vernos, a no pensarnos, a no caminar tomados de la mano. Jugamos a olvidarnos.

Al final me convertí en una huella de arena sobre el tic tac del corazón de Matilde, en un susurro de árbol mezclado entre el aire y la lluvia, en una hoja de ceiba que no cae sobre los campos porque el devenir de los días y de las noches ha callado a los azulejos. Yo, José González, decidí volver a mi navío anclado, aún, en aquel horizonte  donde nació nuestra utopía. Elevé mis velas y vi como las suyas se alejaban con el sol, hasta perderse en ese lugar inquebrantable donde no hay cielo, ni mar, ni tierra; donde somos el olvido y el vago recuerdo de los sueños.