El noctívago

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Trasatlánticos hacia el recuerdo

Hay días en los que me sorprende una imagen o una lluvia de imágenes de tiempos pasados mientras miro por la ventana del auto bus, no sé si les ha pasado a ustedes pero a mi ocurre de manera constante, cada que salgo de viaje, cada vez que me adentro en un nuevo paisaje. Las imágenes llegan a mí, difusas y discontinuas como si no fuesen mías pero con la certeza de que las viví. A veces son los aromas quienes logran traerme a la memoria un sinfín de paisajes, sabores, cuerpos y sensaciones (e incluso algunos sueños pasados). Mis amigos dicen que soy un nostálgico porque suelo recordar o porque a veces parece que me inventara los recuerdos, otros dicen que por estar recordando me vuelvo un melancólico.

Hace poco terminé la lectura de un libro (Álbum de Manuel Silva Rodríguez) que por casualidad y olvido llegó a mis manos, una narración escrita desde el recuerdo; desde el laberinto complejo de los recuerdos entrelazados, donde las difusas imágenes de una ciudad se ven reflejadas en la decadencia de una familia que, poco a poco, se iba diluyendo en el olvido y en el silencio porque el crecimiento desmesurado de la urbe se la estaba devorando. Cada imagen allí me llevó a imaginar recuerdos que no eran míos y a creer que esta narración exponía fielmente la historia de mis familias, y aunque la novela nada tiene que ver conmigo no todo lo que se relata allí se me es ajeno, y ceo que a ustedes tampoco, porque en ésta se condesa implícitamente nuestra historia como cultura, como sociedad porque la historia de las ciudades comienza con la historia de las familias, nuestras familias.

La lectura de algunos libros, no digo que todos, me han llevado, al igual que los viajes de ventanilla abierta en los transatlánticos de carretera, a recordar en innumerables oportunidades, quizá, por ello, la lectura sea comparada constantemente con un viaje. Me gustan los libros -sin ser yo más que un lector desprevenido- porque en ellos logro encontrar ausencias; me provocan la nausea de la risa o el llanto, el escozor en la piel y el silencio de mis palabras ante los pensamientos heredados por lo leído. No sólo son los libros, hay otro elemento -el cual disfruto en gran medida- que reúne las mismas características evocativas que los libros y los viajes, y me refiero expresamente a las fotografías. Éstas al igual que los libros poseen un poder narrativo enorme, una facilidad de contener la historia y de guardar momentos históricos personales y de ciudad.

Cuando observo fotografías de infancia es inevitable no reír o entristecer. Ver a mamá con su cabello esponjado o con el famoso copete de Alf (que hizo carrera en las peluquerías de finales de los años 80’s y principios de los 90’s) o a papá con sus enormes patillas, vistiendo sus pantalones bota campana, ambos llenos de la vitalidad que ya el cansancio de los años ha logrado opacar. Advertirme allí de pequeño con mis hermanos, tan diferentes y tan irreconocibles ahora, habitando espacios de ciudad olvidados me han llevado a recrear nuevamente algunas sensaciones pasadas.

Me gustan los libros y las fotografías porque siempre me llevan a la ensoñación. Leer un buen libro es evocar una humana conversación (olvidada por las nuevas formas impersonales de comunicación) o, simplemente, es escuchar un recuerdo ajeno que, quizá, te emocione más que la vida misma. Ver una fotografía es como leer una historia en un libro o como verse a sí mismo de una forma impensable, luego de muchos años de silencios y de euforias. Los libros y las fotografías nos llevan al recuerdo y por eso como dice el maestro Fernando González “el que tenga ojos, lea.”

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Fotografía post mortem: un retrato familiar.

Hace muchos años se tenía la costumbre de retratar a los muertos; tradición que murió con el pasar del tiempo. Tal vez en algunas culturas aún se practique, no lo sé. Me gusta este tipo de fotografías por varias razones: porque son poco convencionales y además estoy cansado de las fotografías de mujeres hermosas mostrando sus hermosuras a falta de creatividad en muchos fotógrafos (no digo todos porque algunos conocen perfectamente lo que es hacer un buen desnudo, sólo que estos no trabajan para la Revista Soho, ni para Play Boy y otros magazines similares), también estoy cansado de la fotografía paisajística que se ha vuelto un lugar común, en el que son muchos los retratos de un mismo lugar donde sólo varía el encuadre del fotógrafo aventurero, de igual forma me siento fastidiado de los fotoreportajes nacionales (que abundan en todos los medios de comunicación colombianos) que se han quedado en algunos casos, por no decir todos, en lo que llaman vulgarmente la porno miseria de este país, el cual se sigue desangrando y tiene a más del mitad de sus habitantes viviendo en condiciones que atentan con sus derechos humanos, Como se ha dicho cientos de veces, pero pocas veces ha sido escuchado.

 Me gustan, retomando lo que venía diciendo, porque allí se retrata no sólo al muerto sino al sentimiento, según mi humilde opinión, más difícil de retratar: la tristeza del que queda vivo. Alguna vez me había encontrado con algunas de estas fotografías en libros de historia, en antologías fotográficas y en internet, me habían causado tal atracción que muchos de mis amigos hubiesen podido pensar que mi fascinación por estas fotografías era un tanto morbosa, pero iba más allá del morbo y se ligaban directamente, en principio, a esa constante búsqueda que muchos seres humanos tenemos por comprender la muerte y ¿qué mejor manera que observando a los muertos unos segundos antes de que empezaran a ser devorados por los gusanos y detenidos en el tiempo?

Posteriormente me di cuenta de que no era observando a los muertos como iba a comprender ese gran misterio de la muerte (muerte, efecto de la causa que es la vida). Para entenderla es suficiente, creo yo, con vivir un tiempo, el que el tiempo crea necesario. Seguidamente es preciso ver morir a muchos y sentir el dolor causado por el fallecimiento de ese otro quien fue querido y quien será recordado difusamente con el pasar de los años; sentir la tristeza desagarrando el alma, embriagando a la soledad bajo el llanto, mientras excita el miedo de la propia muerte, esa tristeza que convoca al silencio y es producto de esa despedida abrupta e inesperada. Finalmente, para comprenderla, se debe morir; pero después de muerto ¿para qué me sirve saber lo que es la muerte?

Volviendo a mi fascinación y abandonando esos trascendentalismos, triviales e innecesarios, en los que suelo sumergirme, diré también que es la tristeza la que más curiosidad me causó en este tipo de fotografías. Imagínense a una madre que se aguanta el llanto frente a la cámara cuando es a su hijo a quien están retratando ya sin vida. Imagínense a un bebé que parece dormir, como todos los bebes,  pero que duerme realmente bajo los encantos de la muerte, mientras sus padres intentan mirarlo y tal vez llorarlo cuando están posando frente al fotógrafo quien, parece no conmoverse frente al pequeño difunto y al dolor de soledad de sus padres. Piensen incluso en todo un grupo familiar alrededor del cadáver de uno de sus integrantes. Estas imágenes suelen ser difíciles de abstraer por la angustia que generan sobre la propia existencia, quizás esto también me llamó la atención.

Nunca pensé encontrar en los álbumes familiares, en los de mi familia en particular, una fotografía de este tipo; creo que pocas familias de este tiempo pueden atesorar una de ellas. Mi abuela Angélica y mi abuelo Ernesto tendrían por aquellos días no más de 37 años. Se encontraban parados a lado y lado de un pequeño féretro donde reposaba un bebé: uno de mis tíos no conocidos. A mis abuelos siempre los recuerdo por la fortaleza de su mirada y en especial a mi abuela por ser esa típica matriarca paisa que sabía perfectamente cómo dar orden en su casa; y en esta fotografía esa fortaleza parece mutarse en un sentimiento de rabia.

En ella se logra ver esa tristeza de la que les he hablado reiterativamente, sólo que esta tristeza es la de mi familia. Varias veces he preguntado por este momento familiar y, como el tiempo hace sus estragos en los hombres, todos parecen haberlo olvidado; quién pudo tomar la foto, cuál sería el nombre del bebé difunto, a qué edad y por qué murió y dónde fue tomada. Yo creería que fue en el barrio Kennedy justo en sus comienzos, pero nadie me ha dado respuesta aún.

Viendo esta fotografía, viendo a mis abuelos y a ese desconocido y olvidado bebé y recordando las muchas otras imágenes que he visto, me imagino un retrato de mi muerte, en compañía de mis amigos y familiares, pero con ellos vivos. Pienso incluso en el retrato de mi muerte como la prueba fiel de mi silencio y de mi soledad porque para mi muerte preferiría por velorio una fiesta, como lo hacían o lo hacen los gitanos, para que finalmente mi cuerpo no alimente a ningún gusano porque no quiero que me entierren sino que me quemen y me arrojen al Magdalena como polvo, luego de la embriaguez. Me gustaría que me retrataran pero sé que finalmente no podría ver el retrato de mi cuerpo fallecido y sé que quienes sienten algún afecto por mí no soportarían ver este evento suspendido en el tiempo y preferiría llegar al olvido como el fin último de la existencia.

Luego de observar esa foto sólo me queda la necesidad de reconstruir la historia familiar, claro que su atractivo sólo tendría sentido para unos pocos consanguíneos porque la historia de mi estirpe debe ser muy parecida a la de muchas otras familias colombianas con herencia campesina como la mía. Quizá lo intente a partir de los álbumes fotográficos, donde están esas fotografías que muchos ignoramos que existen pero que están consignadas allí, donde la memoria no tiene límites.

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Las fotografías del encabezado de esta entrada fueron tomadas de: Fotos antiguas de Medellín  Las fotos que acá aparecen son subidas, sin ánimo de lucro y pertenecen a los archivos de los dueños, con el único fin de ilustrar el texto que sí es autoría de El noctívago. La fotografía que aparece  en el intermedio del texto hace parte de la coleccíón de la familia Corrales Ramírez; mi familia.

Ciudad explosiva

Mi ciudad no sólo es una turba de edificios grises. Mi ciudad es una explosión de colores, de sonrisas y tristezas. Mi ciudad no es únicamente el centro y sus edificios altos y ostentosos es, también, la periferia y sus casas de madera y latón. Mi ciudad no tiene una sólo voz ni una única palabra, tampoco un credo absoluto. Mi ciudad está habitada por el vendedor ambulante y el que no lo es, por el habitante de la calle y sus hedores nostálgicos, por negocios de música estruendosa y almacenes que viven bajo la discreción de la oferta y la demanda.

Mi ciudad no tiene un único centro (aunque muchos piense lo contario) porque ellos se han desplazado con el afán de progreso de la gente, porque todos modulan el mismo parlache y llenan de pluralidad a cada palabra usada.

Mi ciudad da vida a los hombres desde la sima hasta la cima de su geografía. Mi ciudad es la cuna de poetas y sicarios, de artistas y ladrones, de amas de casa y prostitutas, de niños maltratados y niños amados. Mi ciudad da muerte a sus hombres cuando ellos la buscan, cuando ellos la necesitan.

Mi ciudad guarda a la rebeldía expresada en murales y en movilizaciones humanas que piden libertad, encierra también a los hombres y mujeres cautos que esperan ser liberados y a quienes no piensan en libertad, mi ciudad es tierra de tolerancia e intolerancia.

Mi ciudad es una amalgama de complejidades humanas, de urbanismos planificados y no planeados, de fragmentaciones arquitectónicas en el tiempo y por el tiempo, de clases sociales divididas por fronteras invisibles e indivisibles.

Mi ciudad es una explosión de vida, una escala cromática de hombres y mujeres que la habitan desde sus individualidades creando la complejidad de la colectividad.

Realizado para Ciudad parlante:

El tren

Serie fotográfica: EL TREN
Fotógrafo: Johnny Alberto Cano Corrales
Técnica: Fotografía digital con filtro Naranja en 80
Cámara: FUJIFILM – Finepix S1500
Propuesta: Poesía Visual
Texto: Benjamín Quintanilla

*

Gran animal adormecido, eslabón de vapor que transportó a más de tres mil muertos desde Macondo hasta el mar. Animal feroz que de un grito salvaje atravesó la selva. Juguete férreo de dios, construido por manos de hombres para su diversión. Reptil que fecundó con sus pueblos a las montañas ávidas de libertad, que llegó al mar, que se escondió en las selvas y buscó oasis en los desiertos. Hijo de la revolución industrial, heredero del olvido y del sueño inestable de progreso. Histórico animal sin corazón, sin fluido sanguíneo ni respiración. Emigrante sin estación, sin tiempo…

**

Atravesaste el mundo y reinventaste la lógica del pensamiento para esculpir tu propia tumba, para llegar a la herrumbre y a la soledad. De tu nombre sólo queda un silencio puro, la descalcificación de tus apéndices abandonados en el viejo taller en donde fuiste creado, en donde tus pulmones tomaron el aliento necesario para ir hasta el extremo del mundo.

***

En tus entrañas diste al poeta el abrigo silencioso de tu digestión, el sueño delirante y la caricia de mil ojos sobre la brisa del bosque. Enseñaste a los amantes otro amor y otro corazón. Mezclaste a los hombres en cada viaje: al poeta lo convertiste en amante, en mendigo, en dios, a dios los transmutaste en niños de diferente color, a los amantes les cediste el placer del vuelo, el aleteo de la mariposa y el polen de la respiración entre las bocas que no son bocas sino tibias madrigueras en el rincón de tus huesos, al maquinista le otorgaste el titulo de héroe mítico, a Ulises le ayudaste en la búsqueda de Ítaca y cuando te abandonó en el camino ya no era Ulises, sólo era el maquinista, era el poeta, era dios convertido en niños de colores que habían robado el sueño de los amantes, a la madre la hiciste hija de nuevo y semilla en el vientre de un amor comprado. Te convertiste en dios y a dios lo convertiste en niños de colores, en ladrón y en un tren de vapor.

Angustia

Serie fotográfica: Angustia
Fotógrafo: Juan Ángel Quintanilla
Técnica: Autoretratos en blanco y negro (Matiz Azul)
Cámara: FUJIFILM – Finepix S1500
Iluminación: Luz natural de velas
Propuesta: Poesía Visual

Gritos de afuera que resuenan adentro
¿O gritos de adentro que resuenan de afuera?
Roberto Juarroz

Un hombre que muere en su silencio;
en la soledad de sus silencios.

Un hombre que teme a la existencia
porque lo humano
es un grito del alma que se esconde
y que brota en la plenitud de la respiración
aunque no se esté respirando…

Un hombre que llora
porque perdió su manual de fabricación
justo cuando se bajó del escritorio de Dios
y sólo encontró una copia en un lenguaje ajeno a su latir,
porque olvidó quién es o quién creía que era…

Un alarido que sale de las entrañas,
un grito que se queda en el alma
porque le han puesto un silenciador a la lengua y a los ojos;
ojos que sólo quieren derramar ese mar de angustia
que yace en su corazón
aunque el corazón sólo impulse sangre…

un grito,
angustia de ser,
alarido voraz del humano
que se devora
en el dolor de la respiración…