El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

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El cine como experiencia…

“He vivido la época en que se temió que el cine se viera desplazado por la novedad de la televisión. Pero no he compartido ese miedo porque sé que la radio y los discos no pueden destruir la ópera. La televisión no ha podido acabar con el cine porque la gente quiere estar allí, quieren ser los primeros, quieren oír las risas de otras personas”

Billy Wilder

Hay varias cosas que me gustan de forma exagerada: las obras literarias que me hacen viajar a través del recuerdo (del propio o del ajeno), el vino en una noche fría o en un tarde de silencios y palabras compartidas, una buena conversación o un profundo instante de soledad, las mujeres que juegan al transeúnte y se mueven bajo la complicidad de ser observadas, mientras las observo caminar. Hay, por otro lado, algo que me gusta en demasía: el cine. Entrar en una sala de cine ha sido para mí todo un ritual, una ensoñación, una excusa para vivir mis silencios y mis soledades. Sí. El cine es para nosotros los solitarios un gran vicio, como creo que alguna vez lo dijo Andrés Caicedo.

En una sala de cine es posible encontrar parejas de enamorados o grupos de amigos, pero es claro que, cuando empieza la proyección de una película, cada uno de ellos está frente a una narración vivida desde su individualidad como sujetos, están allí sentados, taciturnos, sumergidos en otro temporalidad, expectantes; viviendo la experiencia de la imagen en movimiento. He de reconocer que es justo esa individualidad de espectadores la que nos hace percibir, en cada filme, algo diferente (desde la fotografía, la narrativa, la música, los ideales políticos y politeístas, metafísicos, estéticos, entre otros que, posiblemente refleje la película); lo que podríamos llamar, en palabras de Jorge Larrosa y llevándolo a la narrativa cinematográfica, la experiencia de la lectura.

Seré atrevido al decir que el cine no es simplemente una forma de entretenimiento porque al ser considerado como una manifestación artística (el séptimo arte) se puede esperar que encierre toda una connotación reflexiva, histórica y social. Lamentablemente, una gran cantidad de productoras, de directores, de guionistas, entre otros, están desvirtuando esa condición artística y humana del cine para presentarnos sólo un producto de consumo (y no de culto como lo era en otros tiempos) que nos haga reír o impresionar por el uso, cada vez más exagerado, de efectos especiales, donde la narrativa se fragmenta y se queda en apuros contra lo visual. Quizá sea esto lo que ha hecho desaparecer a los cinemas de barrio; la alta demanda de equipos tecnológicos que permita una adecuada proyección de los efectos especiales consignados en cada segundo de una película, posicionando, así, la estadía de las grandes y reducidas (en cantidad) salas de cine a los centros comerciales, al lado de productos cosméticos, electrodomésticos innecesarios, vestuarios costosos y extravagantes y demás objetos que sólo alimentan a la vanidad humana de los consumidores.

A esto le podemos sumar que muchos espectadores, no digo que todos, sólo algunos, van a observar el uso desmedido de dichos efectos, catalogando de buena o mala una película según el sonido laser, el 3D, el uso de animaciones y demás, olvidando que existen otros elementos como los silencios en los diálogos, el flashback que nos da una sensación de recuerdo, los diálogos inteligentes y profundos que nos llevan a pensar un poco más allá de las imágenes, la interpretación apasionada de un actor, entre otros.

Es difícil encontrar una buena película en cartelera (aunque muchos dirán que me equivoco y posiblemente sea así) pero, por suerte y a falta de una buena programación, existen algunos cineclubes que se han preocupado por perpetuar las maravillas del cine, donde éste no es grandioso por los efectos especiales sino por la significación que contiene la imagen cuando se proyecta sobre una pantalla grande (en un lugar cerrado y oscuro) y, además, por lo que puede generar, de forma sensitiva, en el espectador. Los cineclubes se han preocupado por hacer del cine, nuevamente, una pasión, presentando películas, tanto nuevas como clásicas, que difícilmente entrarían en esa lista de objetos de consumo para la vanidad humana y que aparecen en las carteleras de los teatros de los centros comerciales.

Si bien, la asistencia a las “grandes” salas, de quienes disfrutamos del cine y sus narrativas sin excesos, posiblemente haya disminuido en los últimos tiempos porque muchas veces se es difícil encontrar una película en cartelera que no represente al lugar común de las explosiones, los diálogos de cajón y del 3D, quizá muchos de nosotros ya hemos adoptado algún otro lugar para ver los filmes que se enmarcan dentro de nuestras concepciones personales sobre lo qué es el cine.

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Agradecimientos a:

Laura María Giraldo por sus sugerencias en todos los textos de El noctívago

Belleza y fealdad en Drácula. Estética del miedo

Un mordisco en el cuello, justo por donde pasa la vena yugular… ¿por qué sólo ocurre esto en las noches? ¿Quién es el causante de esos minúsculos agujeros que dejan escapar la sangre de las personas? ¿Qué significa ese ser que se esconde bajo la noche silenciosa y que se mueve al ritmo de su sombra generando temor entre los seres humanos? Con seguridad la naturaleza de Drácula es misteriosa y mítica, como bien lo sabemos. ¿Es el Nosferatu-vampiro un ser feo? Desde su nacimiento, en las páginas escritas por Bram Stoker, sin ser él el primero en hablar sobre la existencia de un ser con tales características, el Conde Draculea[1] ha sido el representante, incluso en nuestra época, de la muerte, de la soledad, de la nostalgia y de la enfermedad, además de tener una relación casi indisociable con la animalidad del ser humano representada en otros animales, que al parecer causan terror y resignifican ciertas cualidades del Nosferatu que, con seguridad, desembocarán en la representación del miedo.

Drácula, Nosferatu o el Vampiro, como le quieran llamar, representa, según algunos expertos[2] y, como lo mencionamos anteriormente, al miedo… ¿de qué?… ¿a qué?… quizá es el miedo a la muerte, a la enfermedad, a ser absorbido por algo que aleje al ser humano de la realidad en la que vive.

Siempre hemos visto que el miedo está relacionado con lo feo, lo horrible y lo desagradable, pues bien, Drácula es el heredero de estos atributos, por ello es incuestionable que su apariencia pertenezca a una estética del miedo, del terror. Estanislao Zuleta nos dice, parafraseando a Sartre, que la fealdad condensa todos los horrores de este mundo y que puede definirse como lo extraño, claro… ¿qué puede causar más miedo que algo nuevo? Las películas que se han realizado en torno a este ícono del terror han estado constantemente renovando el mundo de imaginarios que nacen al escuchar el sustantivo de Drácula, además de una amalgama de fenotipos que oscilan entre lo feo y, como se ha dicho antes, lo bello, entre la animalidad y la humanidad.

Margarita Cuellar al referirse a los vampiros nos dice:

Estas criaturas de la noche, no sólo juegan en contra de una “vida después de la muerte”, central al pensamiento cristiano, sino que desafían la idea del cuerpo aporreado como recurso para purificar el alma y las pretensiones de divinidad que aseguran que sólo la moral y lo puro tienen la capacidad de vida eterna y de regresar de entre los muertos.

Los vampiros representan de igual manera lo pagano y lo fúnebre. En las películas que se han realizado sobre la obra de Bram Stoker se puede apreciar esto. Acá se hace referencia a cuatro de ellas; la primera y la más importante: Nosferatu. Dirigida por Friedrich Wilhelm Marnau en el año de 1922. En blanco y negro, con prolongados silencios y expresiones exageradas, aparece en Alemania esta adaptación libre[3] sobre Drácula en la cual se puede ver una interpretación, según descripciones muy precisas por Stoker en su novela, sobre la apariencia del vampiro, allí se nos muestra una imagen lúgubre, un ser aislado socialmente que tiene como fin la alimentación y por ello sale de los Cárpatos[4] a un lugar más poblada buscando la sangre que le dará vida. La imagen de Nosfertu siempre viene asociada a las ratas que representan la peste, la cólera y a las plagas en general. ¿Quién puede asegurar que la apariencia de estas se asocia a lo bello o a lo feo? Drácula es esa enorme masificación de ratas que se recrea sobre escenarios muy similares a criptas, ataúdes y cementerios y a la vez es la enfermedad que ellas encarnan.

El segundo filme se llama Nosferatu: Phantom der Nacht dirigida por Werner Herzog y producida en 1979. Aunque entre 1922 y 1979 se produjeron una cantidad considerable de películas sobre Drácula, calificamos esta como una de las de mayor representación de la saga del vampiro, pues ella es un remake de la anterior; es la misma adaptación visionada por Marnau y con el aditivo de unas nuevas características para el conde Orlok (cómo es llamado en estas dos versiones), de corte más expresivo y siniestro otorgadas por el actor alemán Kinski, quien encarnó a un Drácula más pasional, más fatídico que, quizá en su apariencia, generaba más miedo que el anterior. En estas dos versiones se sigue conservando la idea del Drácula fúnebre representante de una familia noble. Si observamos la pigmentación de las ratas usadas en la película de Marnau y la comparamos con las ratas del remake de Herzog nos daremos cuenta de que las primeras son de color gris y negro[5] mientras que en la última su coloración es blanca, lo cual puede representar esa nobleza del conde al ser un Drácula alemán.

La tercera película, con una historia diferente sobre Drácula, se llama Nosferatu en Venecia, dirigida por Augusto Caminito cuya nacionalidad Italiana nos presenta un vampiro que no sólo busca su alimentación sino que busca como fin la muerte. Este Nosferatu de 1988 conserva algunas características de las propuestas por Marnau y Herzog, además de ser Kinski el actor que personifica nuevamente al conde. Hay una notoria transición física, fenotípica y comportamental de este nuevo Drácula, las pantallas nos muestran aparentemente un Nosferatu que pretende abordar un erotismo capaz de llevar al hombre a la muerte pero ¿acaso lo erótico no tiene relación con la muerte? De igual forma están presentes las ratas y el murciélago, en algunas imágenes la espesa neblina entra a jugar un papel importante porque es la idea de la oscuridad en el día. Hay unos personajes que siempre acompañan, cuidan y sirven a Drácula, ellos son los gitanos[6] quienes aparecen con mayor fuerza en esta película.

La cuarta película que no podemos dejar de mencionar es la dirigida por Francis Ford Copolla realizada en 1992. En esta película se logra ver esa cantidad de matices que ha adquirido Drácula a lo largo de la historia, la presencia de las ratas, los lobos, los gases tóxicos y las neblinas, las fuertes tormentas y cambios climáticos, los murciélagos y formas híbridas encarnadas en él o que las encarna él. Se recrea la época victoriana desde los trajes y la ambientación de época sobre Londres, además de dar referencia a los mitos históricos que influyeron en Bram Stoker para la escritura de la novela como lo son Vlad “Tepes” Draculea y Elizabeth Bathory entre otros.

Este filme nos regala una imagen del miedo que se concentra en lo pagano, la película está cargada de iconografía religiosa que se combina con formas animales, con sangre, muerte, enfermedad, venganza y amor que es, quizá, el atractivo que le otorga Copolla a Drácula porque realmente Drácula no ama, sólo busca alimento porque es un cazador. En esta película hay una aparición importante y tiene que ver con la mujer vampiro, todas ellas dotadas de una enorme belleza simulan a las sirenas que hacen perder el rumbo de los barcos en altamar. Si en las anteriores películas se nos presentaba la idea de un Drácula feo en ésta él es una amalgama de imágenes y sensaciones, es decir, es feo pero también es bello además la mujer Vampiro está dotada de una sensualidad enorme y una belleza extraordinaria que puede llevar a los hombres a la muerte.

Sigue aún la pregunta sobre si Drácula es feo o bello. La respuesta no es muy clara pero podríamos asegurar, por ese rápido recorrido que hemos hecho en estas cuatro películas, que el conde de los Cárpatos es bello y feo, así encarne a otros seres u otras formas, así sea femenino o masculino, así sea una rata, un lobo o un hibrido como se muestra en esta última producción cinematográfica porque él es la representación de la posible estética del miedo y del mal.
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NOTAS:

[1] Draculea quiere decir el hijo del diablo, este es el nombre que recibe Vlad Tepes quien sirvió de inspiración histórica real a Bram Stoker para su novela.
[2] Manel Dalmau, especialista Catalán. En varias oportunidades ha dado conferencias sobre el asunto de los vampiros en diferentes eventos de la ciudad que están vinculados con la literatura.
[3] Marnau para no paga derechos y permisos de adaptación de la novela de Stoker. Intento hacer su propia interpretación de la novela, modificando nombres de los personajes y no recrea la época victoriana en la que se escribió la novela original, entre otras cosas.
[4] Sistema montañoso de Europa oriental que forma un gran arco de 1.500 km de longitud y unos 150 km de anchura media, a lo largo de las fronteras de Austria, la República Checa, Eslovaquia, Polonia, Ucrania, Rumania, Serbia y el norte de Hungría.
[5] Si las ratas fueran blancas en esta versión, con seguridad sería notoria la pigmentación de ellas sin importar que ésta se haya rodado en blanco y negro.
[6] Los gitanos son reconocidos como los ladrones de los clavos de la cruz de Cristo (argot popular) y por ello es que andan errantes por el mundo.

Detener el tiempo es pausar el mundo. CASHBACK: Ensueños de Hipermercado

Dirección y guión: Sean Ellis.
País:
Reino Unido.
Año: 2006.
Duración: 102 min.
Género: Comedia dramática.
Producción: Lene Bausager y Sean Ellis.
Música: Guy Farley.
Fotografía:
Angus Hudson.

¿Alguna vez has imaginado que las horas pasan y que las veinticuatro horas del día se hacen más largas? Tentativamente usamos un tercio de esas horas para dormir, para darle paso al inconsciente que, a veces, hace que el consciente sueñe. ¿Qué pasa si dejas de usar esas ocho horas dedicadas al reposo del cuerpo y de la mente, en las que duermes y te desconectas del mundo concreto, donde la temporalidad depende de ese momento imperceptible en el que cierras los ojos, y es oscuro, y al abrirlos ya es de día? Siempre he pensado que dormir es perder mucho tiempo pero ¿qué se puede hacer con las horas en las que se duerme, llegado el caso en el que ya no se duerman, si ya estamos habituados a vivir despiertos aproximadamente dieciséis horas del día?
Ben Willis es un estudiante de artes, quien recibe un impacto emocional al terminar su relación amorosa con Suzy. Ben comienza a sufrir de insomnio y en el tiempo en el que permanece despierto se hace constantemente la pregunta sobre ¿qué es el amor? Y siendo consciente de su falta de sueño, comienza, en un monologo constante, una disertación sobre el tiempo, sobre la temporalidad y la duración de los momentos, no de las cosas sino de los acontecimientos.

Algunas noches Ben recuerda a Suzy y en cada recuerdo su mente realiza un Flash-back mientras piensa: “allí estaba parada cuando le dije: lo siento no creo que pueda hacerte feliz, tal vez debamos separarnos.” Son las 4:08 de la mañana, Ben está estupefacto y sólo han pasado 3 minutos y para él, incluso para el observador atento, parece que hubieran pasado unas horas, pero realmente son las 4:11 de la mañana y él no puede dormir, quizá porque no ha pasado un día entero desde la ruptura de su relación con Suzy.

He sentido cierta fascinación por las fotografías; es como si ellas congelaran fracciones de segundos que posteriormente evocarán el recuerdo de momentos vividos, en Cashback las fotografías que acompañan la primera noche de insomnio de Ben, representan, justamente, a esa idea del tiempo congelado, la posibilidad del recuerdo que llega y que es posible quemar cuando ya no se quiere recordar más, mientras las miraba se daba cuenta de que tenía ocho horas más, ocho horas de tiempo libre, en las que leyó todos los libros que nunca había leído por falta de tiempo e incluso releyó sus favoritos, pensaba que su vida se había extendido en un tercio, como si dormir implicara dejar de vivir por el periodo que dura el sueño, él quería que el tiempo pasara rápido pero estaba obligado a contemplar el paso de cada segundo, de cada hora, quería que desapareciera el dolor que sentía, pero, en una jugarreta cruel de los eventos, ahora tenía más tiempo. Más tiempo para pensar en Suzy.

Ben empieza a sentir la necesidad de utilizar el tiempo que le “sobra” y mientras busca la forma de hacer que los minutos pasen rápido, llega a un hipermercado a comprar algunos dulces y pasa bocas, en un letrero, cerca de una de las cajas registradoras se solicitaba personal para trabajar en horario nocturno, justo el tiempo que le sobra, así que comienza a trabajar de noche en Sainsbury´s. Él concluye, sobre su nueva manera de entretener el tiempo, que en las noches en que la gente normal suele dormir él estaría ocupado capitalizando su tiempo. Él les daría las ocho horas que le sobran y ellos le pagarían, negocio redondo.

En los diálogos o en los monólogos de la narrativa que presenta el filme es imperecedera la idea de tiempo, en este caso se nos presenta esa idea de un tiempo laboral, que está inmerso entre las convenciones sociales sobre el tiempo, sobre el reloj e incluso sobre el calendario, es decir: todo ser humano, que pertenece a un grupo social, dedica una fracción del día para trabajar, esta fracción temporal está, a la vez, determinada por un horario, según lo establecido por los relojes, ocho horas es la duración de una jornada normal de trabajo, tiempo que en este caso le sobra a Ben y quien de manera muy bella nos dice que lo capitalizará, esto es una muestra de que el tiempo tiene precio y no es gratuito que en el argot popular se escuche la expresión “el tiempo es oro”. De acuerdo a esto el calendario tienen su importancia en la determinación de los días de trabajo y los días de fiesta, además, con el calendario se logra prever la cantidad de semanas que han trascurrido desde que Ben Willis ha dejado de dormir, cuatro semanas en total, sería imposible saber con exactitud que son cuatro semanas si no existiera el calendario.

Otra idea que nos presenta el filme es cuando Ben, trabajando en Sainsbury´s, nos explica cómo se puede soportar un turno laboral de ocho horas. La concepción que surge acá es posible relacionarla con la pluralidad de la significación del tiempo, es decir, todos los seres vivos tenemos una noción, una acepción diferente del tiempo y como tal tenemos una forma particular de vivir en ese tiempo. Ben Willis dice que soportar un turo de 8 horas es todo un arte. El arte de abstraerte mientras los segundos pasan lentamente. Descubrí que todos los que trabajan aquí han perfeccionado su técnica individual. Sharon Pintey conoce la regla numero 1: el reloj es tu enemigo. La regla básica es la siguiente: cuanto más miras el reloj, más lentamente pasa el tiempo.

Es evidente que el tiempo, aunque abstracto, está ligado a la medida que de él se hace con los relojes, pero también queda esa sensación que permite ver el tiempo como una idea individual, en la medida en que cada persona lo entiende, lo vive y lo siente y que, a la vez, nutre esa idea de tiempo colectivo.

Para Ben la ausencia de Suzy ha significado la entrada en un estado de delirio y cordura, de ensoñación, de anhelo y de espera, quizá por ello es que han pasado muchos días sin que él pueda dormir; al separarse de ella quedó con la sensación de que el tiempo era irreal, vagaba entre la imaginación y la realidad, entre el pasado y el presente, cada vez con más facilidad. La idea de tiempo siempre la hemos contemplado en una sola dirección, algo lineal que se enmarca en el tránsito de un pasado, un presente y un futuro, en este diálogo de Ben Willis es posible rastrear una idea de tiempo un tanto confusa, donde se le otorga esa cualidad de constructo abstracto, donde se evidencia, además, esa confusión entre la idea de linealidad del tiempo y la acepción de algo irreal, algo abstracto, como mencioné con antelación.

En el diálogo que sigue es posible percibir esa reflexión que nos lleva a seguir pensando el tiempo desde una pluralidad de acepciones, él dice: siento cómo las ráfagas del tiempo van pasando lentamente. La manipulación del tiempo no es una ciencia precisa como cualquier arte, es algo personal. ¿y cuál es mi técnica para que mi turno transcurra tan rápido? Me imagino lo opuesto. Que el tiempo se detiene. En este mundo detenido, puedo caminar libre, inadvertido. Nadie notaría siquiera que el tiempo se detuvo y cuando retomara su ritmo habitual, la unión seria invisible, excepto por un leve estremecimiento, una sensación similar a la de alguien caminando sobre tu tumba, ese momento en que ves a alguien por la calle… que es tan hermosa que no puedes quitar la mirada, imaginen, como hago yo que, con el mundo pausado resulta muy sencillo comprender el concepto de belleza, tenerlo congelado ante ti, no consciente de ello.

Éste es quizás uno de los diálogos más extensos sobre el tiempo, acá es posible pensar en la posibilidad de detener el tiempo, ¿será posible que si detenemos el tiempo, todo lo que se mueve también se detendrá? Es tal vez una idea muy de la ciencia, de la física de los cuerpos, pero si todo se detiene y yo sigo en movimiento, entonces, existe un tiempo que aun no se ha detenido, el tiempo en el que vivo como individuo, es decir, soy capaz de manipular el tiempo, hipotéticamente, de detenerlo o de acelerarlo, pero si logro que él se detenga y como consecuencia de ello el movimiento de las cosas y de los demás seres también lo hacen, pero yo sigo en movimiento, entonces, existe un tiempo que no pertenece al tiempo colectivo, que he logrado detener, sino que pertenece a mi individualidad como sujeto ¿y si en la inmovilidad de los otros existe otro que se puede mover como yo y que vive a la vez el tiempo móvil que vivo yo, es posible concebir una nueva idea sobre lo que es el tiempo?

En su cotidianidad nocturna Ben Willis conoce a una serie de personajes totalmente excéntricos. Con el paso de las noches que se encierran en la aburrida vida entre los pasillos del hipermercado Ben se dedica a pausar el tiempo y se la pasa dibujando y pintando mujeres que hermosamente quedaban al descubierto entre el stand de las frutas, las carnes frías y los cosméticos. Allí se enamora nuevamente de una de sus compañeras de trabajo: la silenciosa Sharon, que unas líneas atrás sólo la había mencionado. Sharon desea aprender español para viajar por Sudamérica porque siente que se le va la vida segundo a segundo, porque cree que necesita hacer algo diferente, porque está añorando un futuro mejor, un futuro dotado de progreso, una vida plagada de ideas modernas, de querer ir más allá de lo que tienen en el ahora. Mientras Willis observa a Sharon piensa: quería congelar el tiempo, quería saborear ese momento, vivir en ese momento por una semana. Pero no podía detenerlo, sólo hacerlo más lento. Cuando quise darme cuenta se había ido. Cuando la puerta se cerró, me sentí absolutamente solo.

Preguntarse por el tiempo, necesariamente, es preguntarse por la muerte y por la existencia, por el fin de las cosas y por el principio de ellas ¿será que si muero ahora el tiempo también morirá? ¿Qué tipo de tiempo es el que muere sabiendo que los otros quedan vivos con sus tiempos particulares? A veces me pregunto cómo sería vivir el resto de mi vida con el mundo en pausa. Vivir el resto de mi vida entre dos fracciones de un segundo. Morir viejo y hacer que el tiempo siga su curso. El yo joven desaparece y un viejo muerto en mi lugar.

Hasta acá es una idea un tanto metafísica sobre el tiempo, tiempo detenido en el que no se detiene el tiempo interior de quien lo detiene y, por lo tanto, en la quietud de un mundo pausado sólo él puede envejecer y morir mientras los otros siguen vivos y conservando la juventud con la que los sorprendió la pausa. Es como si viajaras a la velocidad de la luz, pero a la inversa, todos envejecen menos tu. El tiempo es entonces una preocupación humana por la vejez y por la muerte, así cada hombre y cada mujer, para quienes es importante la cuestión del tiempo, se piensan en la duración de las cosas.

El tedio de la espera, de la angustia y de la tristeza acompañan a nuestro personaje, yo observo con detenimiento el filme, que dura noventa minutos y en el que han transcurrido cuatro semanas para Ben (quizás más), él aún piensa en Suzy pero no con la fuerza de antes porque ya sus pensamientos están concentrados en Sharon Pintey su compañera de trabajo a quien dibuja y pinta cada que pausaba su mundo. Ben llega a una conclusión casi profética cuando nos dice: Las ocho horas de más en mi vida no aquietaron el efecto del tiempo. Los minutos se volvían horas, las horas días y los días se sumergían en el río rápido del tiempo. La mala noticia es que el tiempo vuela. La buena noticia es que tú eres el piloto. (…) Puedes acelerarlo, puedes hacerlo más lento, hasta puedes congelarlo un momento pero no puedes retroceder el tiempo. No puedes volver atrás lo que está hecho.

Pensar en el tiempo se ha vuelto, quizás, una manera de matarlo. En Cashback es posible encontrar diferentes concepciones de lo que es el tiempo, englobadas en una idea puramente psicológica. Allí nos tropezamos con una visión enmarcada desde lo social, desde lo que significa el tiempo para los colectivos y a la vez, como lo dije antes, lo que significa para la individualidad de cada sujeto, ilustrado no sólo en Ben Willis sino también en cada uno de los personajes excéntricos que habitan las noches de Sainsbury´s, también contamos con una idea de tiempo, me atrevo a pensar, muy científica, tal vez, relativista.

Algo que me parece importante para resaltar es esa relación que se teje entre el arte y el tiempo, relación que se ve de manera más explícita cuando Ben Willis está en la presentación de su propuesta artística la cual titula “second frozen” o “segundo congelado”, esta obra podría representar lo que significa un obra de arte en la que están vinculadas las personas y las cosas. Una pintura, un oleo, un dibujo, una fotografía e incluso una escultura son sólo un segundo congelado, en la realidad no podemos detener el tiempo porque a ciencia cierta no sabemos lo que es, ni su relacionamos con el movimiento, con la respiración y con la vida misma y por ello detener el tiempo, desde la perspectiva de Cashback, es pausar el mundo. Son muchos los interrogantes que pueden surgir de este filme, con relación al tiempo, pero creo que daría vueltas sobre el mismo asunto que ya he mencionado en estas líneas. Por ahora sólo me gusta pensar que el tiempo es el ritmo de las cosas.