
Cuando muera seré como hoy: un cadáver anónimo que se pudre en silencio.
(Gonzalo Arango)
No sé cuántas veces hemos pensado en morir y no morir; en la eterna pregunta por lo que ocurriría llegado este momento. Hemos vivido enteramente a la espera de una respuesta, unos un poco más que otros. La poesía ha estado plagada de este sueño, porque al final la muerte se convierte en una alucinación de redención para muchos, o en una pesadilla de olvido; quizá en el modus vivendi para otros cuantos.
Borges hablaba de la muerte, en su poema Límites, como eso que se hace por ultima vez o que no se hará nunca más. Pablo Neruda la veía como un profundo vacío en el todo, como un silencio prolongado de las cosas, como una característica innata de la cotidianidad; la muerte como una presencia ausencia en cada verso de su poema “Sólo la muerte”.
¿Por qué preocuparnos por ella? ¿Por qué sentir constantemente su asedio, su llegada inesperada, pero inequívoca? ¿por qué temerle? ¿por qué soñarla? … Quizá la necesitamos como delirio de existencia, como ilusión de los días venideros, como excusa para la expiación y la respiración y la adrenalina de los movimientos, tal vez la vivimos desde el día cero, cuando lloramos por vez primera el despojo del paraíso amniótico de nuestros primeros y premiosos pasos por el mundo.
Oliverio Girondo, en su poema visita, presentaba a la muerte como una experiencia de inmovilidad, de vacío, de hartazgo. Como un suceso para el que nunca se estará presente, para el que no se ha vivido, ni se vivirá jamás. Unos años atrás, su coterránea Alfonsina Storni, en su romance Adiós, manifestaba como inevitable esa asociación entre el tiempo y la muerte, asociación que conllevan la tristeza y la soledad en el alma, en el ser, en la vida; por aquello que no regresará ya, por el pasado que se queda atrás como una línea de velas apagadas que ya no querríamos mirar, porque nos daría miedo, como lo expresaba Kavafis en su poema velas.
Innumerables poetas han tratado de soñarla, de pensarla, de capturarla en el devenir de sus días, de atarla a sus manos y acariciarla entre cada latido. La han nombrado de mil maneras y ella ha reverdecido siempre con la excusa adecuada de la creación poética, porque al nombrarla, al darle presencia “La muerte existe solamente en el hombre: por eso no muere el mar, no muere el río, no muere el árbol, no mueren las estrellas. Sólo muere el hombre, porque “sabe” que muere.” (Gonzalo Arango, 1965).
Los días pasan frente a nosotros, el tiempo hace estragos en la piel, en el alma, en los sueños, en el ser que vive siendo o soñando que es. Los seres que amamos mueren; se refugian inexorablemente en la condición última del ser, se ocultan en nosotros, en la ensoñación de la vida en otra vida, la nuestra, porque queda el recuerdo. Somos el recuerdo de una tarde soleada o de ventiscas que prometían destruir el mundo. Somos la fotografía sobre la pared, la que se llena de polvo y humedad y que nos representa en la prometida ausencia de la muerte. Somos el poema que habla de nuestras entrañas, de nuestras extrañas vicisitudes por los mares, de nuestras utopías colgadas de las nubes polimorfas que recreaban los múltiples silencios. Somos la palabra del poeta; el verbo conjugado sobre la piel, el poema interminable.
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