El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

Bitácora de Viaje: Un fragmento de bosque en el Magdalena Medio

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Al Mondey, quien nos llevó a caminar…

Hoy he tomado mi mochila y la he llenado con algunos implementos que considero son de importancia para cualquier viaje: mi cámara fotográfica, un libro, una libreta vacía y, claro está, un esfero o lápiz con que escribir. Aparte de la mochila que es mi equipaje liviano y del que no me separo en ningún momento, cargo sobre mi espalda un bolso que pesa la mitad de lo que yo peso, tal vez un poco más. En éste llevo algunos artículos de aseo, unas cuantas mudas de ropa, alimento y una carpa para dormir a la intemperie, llegado el caso de que la puesta del sol me tome por sorpresa.

Salí de casa sin saber exactamente hacía donde me dirigía, salvo por los comentarios de un amigo con el que iba, quien sí conocía el lugar y la ruta de viaje, él nos dijo que íbamos para un lugar alejado de la ciudad, en medio de los bosques tropicales del Magdalena Medio, cerca de la rivera del Río Samaná, terminó diciendo que allá encontraríamos una de las cavernas más grandes de toda Suramérica, conocidas como las cavernas del Río Nus.

Salimos de la ciudad a las seis de la mañana, yo tomé mi lugar justo detrás de la ventanilla del carro porque, siempre que salgo de viaje, me gusta colocar mis ojos en los paisajes que se dibujan y desdibujan a gran velocidad sobre los cristales de cualquier automóvil. Observar es una de las grandes cualidades de cualquier viajero porque son los ojos los que dan inicio a la construcción del recuerdo y a la ensoñación de parajes desconocidos y recordados después de un tiempo…

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Nuestro itinerario era simple: llegábamos al pueblo, buscábamos en donde hospedarnos por una noche, comíamos algo, contactábamos al señor del motorriel, quien nos llevaría desde Caracolí hasta Virginias, compraríamos algunos enceres que hicieran falta para la sobrevivencia y realizaríamos las ultimas llamadas a nuestros familiares porque, en el lugar al que íbamos, no había señal telefónica y ningún medio de comunicación posible. Solucionados estos asuntos decidimos tomarnos algo fuerte para calmar un poco la ansiedad del momento; el miedo a lo desconocido. Esa noche ninguno de nosotros logró dormir bien, quizá por la incertidumbre o por lo incomodo de las camas del hotel. Sin hacerse esperar llegaron las cuatro de la mañana, hora en la que nos debíamos levantar, tomar un baño, el equipaje y salir al encuentro de don Jorge, el motorrielista.

Tomé mi cámara con la firme intención de registrar todo el recorrido y recordé la primera vez, y la única, en que me subí al ferrocarril (regresé a mis catorce años y me coloqué tras la ventana del vagón en el que viajaba), pensé con nostalgia en el encanto que tienen los trenes y lo desoladas que se deben sentir las selvas y los bosques desde que ese ruidoso animal se extinguió en mi país, ¿será que los pueblos que nacieron a los costados de las vías férreas, con la llegado del tren, a lo largo de esta nación, no sufrirán del miedo a la desaparición y a la desolación de sus calles, ya que ahora parecen pueblos fantasmas?

Desde que tengo uso de razón he viajado detrás de una ventanilla y, pensando en ello, puedo asegurar que lo hago porque me genera cierto placer, cierto escozor en el corazón, observar los horizontes que se pueden atravesar, los diferentes pigmentos y formas en las nubes, porque me gusta sentir la briza que se choca sobre mi rostro y respirar los diferentes aires de cada región recorrida.

Llegando a Virginias comenzaría la verdadera travesía; ocho horas a pie, aproximadamente, para llegar al lugar descrito por mí amigo, un recorrido bastante agotador pero lleno de paisajes de diferente color. Atravesamos ríos y quebradas, observamos árboles gigantes y hermosos en toda su extensión, campesinos que aún no conocían la luz eléctrica y mucho menos el fogón de gas, desviamos el camino y tomamos el más largo, nos perdimos en el último tramo y agotamos la poca energía que nos quedaba subiendo un cerro que pronto debíamos bajar, habíamos perdido la esperanza hasta que logramos ver al fondo del paisaje lo que serían las cavernas buscadas.

caracolí3Llegando al lugar y descargando el equipaje nos quedamos en silencio observando el río que baja y escuchando el canto de los árboles y de los pájaros; auscultando los sonidos del bosque y sintiendo el cansancio del viaje porque todo viaje viene con sus agotamientos. En mi cámara se encontraba registrado todo el recorrido y en mi cabeza todas las sensaciones de alegría, de miedo, de sorpresa y de muerte que nos pudo generar el viaje. Finalmente nos dejamos devorar por el tiempo y por el bosque, mientras los guacharos volaban sobre nuestras cabezas y navegaban los cielos  con un canto similar al graznido del cuervo, ya son las seis de la tarde.

Levantamos el campamento, no emitíamos una sola palabra mientras lo hacíamos. Preparamos algo de comer y nos fuimos a dormir temprano. El silencio nocturno en ese bosque era bastante aterrador, el pasto se movía con el viento, a veces con el paso de animales que cazaban o que rebuscaban cualquier posibilidad de alimento. Los insectos buscaban atravesar las carpas porque ya habían sentido el aroma de sangre fresca, nuestra sangre; alimento exótico para sus papilas gustativas, el aire silbaba a través de las copas de los árboles y nosotros nos sentimos como si hiciéramos parte de una película de terror.

La mañana comenzó con un fuerte aguacero, el cual se replicó una y otra vez en los siguientes días, justo a la misma hora y con la misma duración. Una vez salió el sol, en el primer día, nos dispusimos a entrar en la caverna, oscura como todas, húmeda y pantanosa. Cuatro horas estuvimos adentro recorriendo algunas de sus galerías; los pobladores dicen que para recorrerlas en su totalidad se necesitaban unas doce horas aproximadamente. Al salir de allí nos percatamos de un camino que rodeaba la cueva y al seguirlo nos encontramos con algo que compensaría mucho más, que las cavernas, ese largo viaje.

Un cañón en el horizonte que enmarcaba al Río Samaná, verde en toda su extensión. Pequeñas ranas multicolores saltando a nuestro paso; huyendo de nuestras pisadas, al igual que diferentes tipos de salamandra que tomaban el sol y que encontrábamos a cada paso. Pequeñas caídas agua cristalina, piscinas de agua en donde aún nacen los peces y en donde el fondo es tan puro como el aire que se respiraba. Un viejo mirador que nos colocaba sobre los árboles y sobre la tierra y nos hacía perder el aliento ante el paisaje.

Acabado el viaje sólo podíamos recordar, a pesar del cansancio, la sensación de libertad que nos generó la estadía en ese lugar, en medio de ese pedazo de bosque en el que dejamos plantada la semilla de un próximo regreso.

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