El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

Bitácora de viaje: Un paseo por Las Nubes

“Vimos y sentimos las nubecillas doradas por el sol
y las sensaciones poeticofisiológicas que produce
el amanecer del viajero”

Fernando González

Mi llegada a Jericó había sido en la noche, después de un desplazamiento largo por las carreteras del Suroeste antioqueño. B me esperaba en el parque en compañía de su sobrino y de algunos de sus amigos, con quienes me tomé un café para mitigar el cansancio de haber estado sentado casi cuatro horas sobre el mismo asiento. Luego nos dirigimos a su casa, donde descargué el equipaje y descansé por un instante para, finalmente, salir a tomar algo en alguna de las cantinas de la plaza. Esa noche el pueblo estaba un tanto desolado.

En la mañana, cuando abandonamos la pereza sobre la cama, mi amiga en un tono un tanto misterioso dijo que me llevaría a las Nubes, que ese día era propicio para volar un poco. Salimos rumbo al parque para comprar algunas provisiones; yo no lograba dimensionar aún, en sus palabras, lo que significaba volar y mucho menos llegar a las nubes. Imaginaba que la ruta estaría acompañada de algún psicotrópico o cosas por el estilo que hacen que la mente se nuble un poco, pero la sensación de vuelo iba mucho más allá de eso.

Compramos algo de comer y de beber, tomamos algunas fotos y caminamos un poco por la plaza. Yo seguía a la espera de ese estado de recogimiento que ella me había prometido en la mañana al invitarme a volar. Para llegar a Las Nubes, decía ella, había que subir un poco entre la maleza, seguir al pie de la letra, no literalmente pero seguir, las doce estaciones de la pasión de Cristo que se encontraban a los costados del camino, sentir la briza fresca de la tarde y dejar abajo, en el pueblo, cualquier estado de civilidad que el espíritu haya adquirido con el tiempo y en la interacción con los hombres y sus utopías de progreso.

Casi dos horas duró nuestro recorrido por la pendiente de esa montaña. A mitad de caminoy en una cabaña un poco derruida por el tiempo, pero sostenida por la fuerza y la tranquilidad de sus habitantes, nos bebimos un jugo con sabor a leña, endulzamos la garganta y tomamos aliento para continuar el camino, nos despedimos de doña Amparo, quien nos atendió con todo el cariño y la amabilidad que profesan las personas del campo. Nos fuimos con la promesa de regresar pronto.

Habíamos llegado en una sola respiración, luego de casi dos horas de camino, bañados en sudor y con el corazón agitado. Nuestros ojos estaban abiertos bajo la contemplación de ese cielo azul y del campo verde. Dejamos caer sobre el pasto nuestros cuerpos, cerramos los ojos y respiramos por un instante ese aroma de montaña que nos embriagó bajo la sombra de un árbol. Miré a mi compañera de viaje con el silencio con que se mira a quien confía un secreto; ella me estaba confesando su lugar más íntimo, al menos esa fue la impresión que me dejaron sus ojos claros.

Luego del descanso nos descalzamos para sentir el latido de la montaña bajo nuestros pies y para descargar el peso de la ciudad que no nos dejaba comenzar el vuelo. Destapamos el vino que habíamos comprado en la plaza y brindamos en silencio por ese silencio que habita tan cerca de las nubes arriba en Las Nubes, donde ella, mi amiga, había fabricado, quizá, en un tiempo atrás, su primer sueño o donde, tal vez, había vivido su primer amor.

Yo me sumergí en pensamientos, convenciéndome de la idea de que desde Las Nubes era posible jugar al amor y a la invención de los corazones enamorados mientras los nubarrones se estrellaban, uno a uno, sobre la piel de la montaña. Que era posible, también, perder el alma tras cada respiración y cada ensoñación porque, desde allí, la inmensidad del mundo era una y era infinita. Nada se comparaba con el placer de contemplar al río Cauca el cual, desde Las Nubes, se ve como una pequeña línea curva de color marrón que convierte al paisaje en un maravilloso díptico lleno de vida y de vegetación.

En ese estado de observación y de silencio, en el que me encontraba, pensaba constantemente en mi deseo de huir por completo de la civilización y, en especial, de los hombres de ciudad. Pretensión que hace un buen tiempo se había enclaustrado en mi corazón y en mi alma, pero allí, mientras los nubarrones blancos chocaban contra mis pensamientos concluí que no era necesario huir completamente porque la ciudad es el lugar en el que retornarán mis sueños y mis deseos de vida, es el lugar que le darán, quizá, ese toque de maravilloso y real a la ruralidad y al campo que tanto he comenzado a disfrutar.

La tarde comenzó a caer, B y yo, con la nostalgia del adiós, iniciamos el descenso por un camino de herradura diferente al que usamos en el ascenso. Ambos, en silencio, deseábamos no movernos más y quedarnos por otro instante allí, pero el tiempo “siempre se acaba” con la llegada de la noche, cuando es cierto que el fin de todo viaje se aproxima tras cada movimiento de las manecillas del reloj y del nuevo día que aparece desdibujando al anterior. Yo, quedé sin palabras para describir mi sensación existencial y dejo a ustedes, mis lectores, un ápice minúsculo, e incomprensible para muchos, sobre  mi vuelo por Las Nubes…

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