El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

Devenires: la ciudad ese animal.

Para M. y su apoyo incondicional tras cada retorno.

Habíamos comenzado a subir por Las Palmas, M., sentada al volante, con su gorro un tanto beatnik  y sus lentes oscuros, me decía que yo debería aprender a manejar porque sería rico poder disfrutar un poco más de los paisajes y no estar pendiente del volante todo el tiempo. Yo, sentado a su lado y un tanto distraído, observaba el camino con una única imagen en mi cabeza: la ciudad y sus luces nocturnas.

Cada kilómetro que avanzábamos, buscando el lugar perfecto para retratar a la ciudad desde las alturas, llegaba a mi cabeza la idea de huir; no de mi familia, ni de mis “pocos buenos amigos” y mucho menos de mis obligaciones de adulto (aunque ésta sería una buena excusa para emprender el viaje).

La ciudad había comenzado a generarme sensaciones de silencios profundos, de melancolías imparables, de sueños derruidos y taciturnos, había engendrado en mí, durante mi corta vida, la inconformidad y la desazón de ser algo que realmente no quería ser, de vivir de una forma completamente diferente a la de mis utopías; yo ya había comenzado a perder la facilidad de asombro.

Allí, parados en el mirador de Las Palmas, en el último de ellos, mirábamos la ciudad, y mientras el aire nos congelaba en el verano, mientras las pequeñas colectividades, que subían a contemplar el valle, se tomaban un trago, mientras los enamorados se abrazaban sin pronunciar palabra y se besaban, mientras los carros pasaban a toda velocidad por nuestro lado, mientras caía el sol y se oscurecían las calles, mientras yo disparaba mi cámara sin encontrar la fotografía deseada, M. decía que le daba cierto vacío en la barriga ver a la ciudad desde allí. Yo la miré y me senté a su lado mientras revisaba las imágenes dentro de mi cámara y, luego de un instante, me atreví a decir que ese vacío, posiblemente, lo generaba ese monstruo que es la ciudad porque desde allí se ve tan apacible y tan habitable…

Sí, hace un buen tiempo que tengo la idea en mi cabeza de que las ciudades son unos monstruos que nos asfixian y que, fácilmente, nos pueden hacer perder el rumbo de nuestros sueños porque allí es dónde se materializan, con mayor facilidad, nuestros miedos. Porque ellas nos absorben y nos alejan de nuestras utopías (aunque sé que muchos pensarán que son justo las ciudades las que permiten que los sueños se cumplan). Porque en las ciudades no hay tiempo para vivir lo que se quiere vivir o lo que se sueña vivir. Porque todos caminamos a la velocidad de su tiempo y olvidamos el nuestro. Porque los hombres padecen el hambre, el olvido, el desprecio, el miedo a vivir y a sentir. Porque la ciudad nos enseñó que el otro, el vecino, el semejante, eran nuestro enemigo. Porque allí no hay tiempo ni espacio para vivir en paz. Porque nos hemos habituado a la algarabía de las armas y de la intolerancia. Porque allí la muerte y el deterioro humano ya son parte del paisaje, ya hemos naturalizado eso.

Esa noche, M. y yo nos dedicamos a retornar una y otra vez por la avenida Las Palmas, mi congestión nasal empeoraba y tenía la certeza de que no había logrado tomar la fotografía que tenía en mi cabeza. Subíamos y bajábamos, una parada allí y otra por acá. Y fueron muchas las vueltas que dimos antes de regresar con la excusa de la fotografía pero a veces pienso que ese ir y venir de aquel viernes era, quizás, nuestra excusa para evitar regresar a la ciudad.

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2 Respuestas a “Devenires: la ciudad ese animal.

  1. Antunes 28 mayo, 2012 en 9:29 pm

    Primeramente, déjame felicitarte por tu página. Este es el segundo artículo que leo y no puedo más que desearte éxitos y asegurarte que estaré atento a tus futuros post.

    Con respecto a éste artículo, son muchas las sensaciones que nos genera la ciudad. La imagen que nos muestras de ella como animal podría ser una de tantas. Yo diría que sí, se trata de un animal, pero a su vez éste Titán está plagado de pequeños microorganismos llamados seres humanos. Tanto así que tenemos bacterias, virus de la sociedad y un sinnumero de otros seres.

    La ciudad nos afecta, la sentimos recorrer nuestra existencia, para bien o para mal. Laberinto. Calles, avenidas, rincones y no tenemos a mano el hilo de Ariadna que nos libere. Aquí estamos, a Merced de cualquier Minotauro que nos acecha. Sin embargo, presiento que es aquí donde pertenecemos. En ocasiones me invadía la duda del campo, de los parajes solitarios y olvidados. Pero ese no soy yo.

    Yo soy ese hombre sólo y olvidado en un mundo de luces y arquitectura; de sombras, espejos y tiempo enrarecidos. Acompañado pero fraccionado.

    Es bueno despertar el entendimiento, la razón y la sensibilidad frente a estas maquinaciones que evocas en tus escritos.

    Un abrazo.

    • elnoctivago 30 mayo, 2012 en 5:19 am

      Antunes, gracias por visitar El noctívago, me alegra saber que te han gustado algunas de mis publicaciones, espero seguir, con este ejercicio de escritura, mejorando mi forma de escribir y ver el mundo, mi mundo particular.

      Un abrazo y éxitos para vos…

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