El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

Un ejército de muertes (De la serie Ficciones fotográficas)

Muchas veces creí, así como lo escuché otras tantas, que la muerte era una y que tenía forma de esqueleto, que se vestía de negro y cargaba una poderosa oz que, de esas para cortar el trigo, usaba para disgregar al ser humano: el cuerpo en la tierra a disposición de los gusanos y las bacterias de la descomposición, y las almas las guardaba en un costal sin fondo, las cuales ofertaba al mejor postor en el mundo de las deidades, de donde ella provenía.  Al menos esa era la idea que tenía de la Oscura Parca hasta el día en que la conocí y que, por azares del destino, no me fragmentó.

Caminaba yo por el Nororiente de Teherán en compañía de un amigo, quien vivía hace varios años allí y al que estaba visitando por un período corto durante mis vacaciones. En el camino pedregoso y desértico por el que íbamos nos tropezamos con un grupo de hombres barbados y de apariencia no amigable, como sacados de un cuento de Scheherezade, como si hicieran parte de la tripulación de Simbad el Marino aunque un poco más rústicos y sin embarcación. Todos ellos hablaban al tiempo, yo no entendía nada de lo que decían pero lograba intuir que no era nada bueno, sus miradas estaban llenas de temor y sus acciones eran torpes como si supieran lo que estaba por venir. Mi amigo, horrorizado por lo que había escuchado, pues él sí entendía el idioma, me agarró por el hombro y, para no generar sospechas y seguir desapercibidos, me dijo al oído que saliéramos rápido de allí porque el ejército de muertes pronto llegaría. No dijo más, se quedó en silencio y comenzó a caminar.  Yo, sin decir una sola palabra pero con la incertidumbre en la cabeza sobre la existencia de un ejército de tal naturaleza, caminé cada vez más rápido. Cuando ya habíamos avanzado varios kilómetros, en dirección a la ciudad, un camión enorme nos adelantó el paso y se detuvo frente a nosotros.

Una mujer se bajó del vehículo, nos miró como se mira algo sin valor, sin importancia, como si no existiéramos o como si fuéramos parte del paisaje. Yo no entendía nada, mi amigo palideció, enmudeció; se mimetizó con el silencio del horizonte, me miró con tristeza, con angustia y con una sonrisa de muerte. Él y yo, parados en la inmensidad de ese terruño  amarillo vimos cómo esta mujer, con su voz, templada, gritaba algo, al parecer una orden. Otras doce mujeres se bajaron del vehículo y con ellas los cinco marinos (no marinos) que habíamos visto unas horas atrás. Los hombres estaban atados y amordazados y fueron dispuestos, con indiferencias y displicencia, en el suelo. Las mujeres vestían de chador negro  y portaban armas automáticas.

De manera organizada nueve de ellas se formaron en un segmento de línea recta, levantaron con firmeza sus armas apuntando a los cinco hombres quienes eran ubicados, a una distancia prudente, y dispuestos para una ejecución por una décima mujer. La primera de ellas, la que se bajó inicialmente del camión, comenzó a leer algo en voz alta, al parecer era la sentencia que correspondía a cada uno de los hombres amordazados. Las otras dos mujeres observaban con atención, como si estuvieran aprendiendo el oficio de matar.

Ese día supe que la muerte podría ser una mujer o muchas y que no llevaba una poderosa oz como armamento, ni tampoco un costal sin fondo para la recolección de almas y que, además, siempre cargaba la tristeza en su mirada y la determinación de matar. Mi amigo y yo conocimos al ejército de muertes y sobrevivimos a la disolución terrestre

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Sobre la fotografía 

Jean Gaumy. Royan (Francia), 1948.  Guerreras con chador en Irán, 1986. Gelatinobromuro

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Sobre la serie “Ficciones fotográficas”

Esta serie pretende recrear una ficción narrativa a partir de fotografías ícono de la historia de la fotografía. Las imágenes expuestas en esta serie pertenecen a los archivos de los dueños y son presentadas sin ánimo de lucro. Los textos son propiedad de El noctívago.

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