El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

Imágenes fragmentadas de una metrópoli en miniatura.

“En tus calles besé el rostro amargo del fracaso. Te suplicaba en silencio en tus noches de eterna belleza, pero no entendías mi lenguaje de oración…”

(Gonzalo Arango)

Es muy temprano, el cielo está plomizo y promete que lloverá en unos minutos. El tráfico de la ciudad es pesado, como siempre. Las personas van y viene de un lado para otro. Los pequeños comerciantes comienzan a desempolvar sus “chasas” y carretillas llenas de alimentos, de implementos para el aseo, de ropa y de juguetes, de artículos varios. Al salir de la librería enciendo un cigarrillo y observo nuevamente el papel que, en mi mano izquierda, tiene las indicaciones de las diligencias que debía realizar en la mañana: ir al banco, comprar el café y recoger, en una librería amiga, el volumen uno de las obras completas de Nietzsche. Parado allí, frente a un fragmento de ciudad que observo y que ha despertado nuevamente en su afán de progreso (del que tal vez nunca duerme) y ha olvidado la calma y el silencio de la noche, organizo en mi cabeza la ruta de viaje, el recorrido más conveniente para regresar con tiempo de preparar el café antes de la llegada del primer visitante a la librería.

Caminar por esta metrópoli en miniatura de grandes edificios y adefesios arquitectónicos me produce el escozor del olvido y la soledad, porque a pesar de que Medellín es una ciudad llena de hombres y de mujeres allí vive la tristeza, escondida, muchas veces, en la sonrisa y en la carcajada de quienes la viven.

Aún no comienzo a caminar. El cigarrillo que encendí todavía no se acaba. A mi lado se acerca temerosa una mujer bastante mayor, me pide una moneda luego de narrarme su triste situación, que con seguridad, le cuenta y le contará a todos a quienes pida el mismo favor. Simulo que la ignoro, monedas no tengo en el momento y la verdad nunca me ha gustado dar limosnas. Sé que, con seguridad, unas cuadras más arriba, en el recorrido que debo realizar, otras personas me pedirán, de igual forma, una moneda.

Finalmente el Marlboro se acaba y comienzo a transitar. Camino por calles que huelen a mierda y a orines, calles aromatizadas por el incienso de algunos locales esotéricos, a verduras y frutas podridas, a pollo asado, a humedad, a pan, a ropa nueva y vieja, a flores, a marihuana y a bazuco, a alcohol y a vomito humano. Calles en las que se combina el pito constante e intolerante de los conductores (quienes parecen vivir de afán) con la voz de los transeúntes, con el grito de oferta de muchos carretilleros que ofrecen una gran diversidad de productos, con el trastabilla de los platos en los restaurantes, con el sonido de los pies que se mueven en diferentes direcciones y a diferentes velocidades, con el palmoteo de hombres que invitan a otros hombres a la contemplación de mujeres desnudas que se desnudan por unas pocas monedas y que, pocas veces, lo hacen por placer.

Tras cada paso una nueva imagen emerge en este panorama de hombres ocupados, un bebé que mueve sus pies bajo una carretilla mientras su madre organiza los productos que debe vender en el día. Un par de adolescentes ofrecen aguacates a muy buen precio, uno de ellos grita fuertemente y sonríe, el otro aplaude y atiende a la clientela y sonríe. Un indigente que busca en la basura algo, dos policías que lo agreden y me soslayan el panorama. Una mujer desnuda que se baña en una fuente, un hombre miniatura que grita enardecido fragmentos de la biblia católica. Un grupo de hombres sin cabello quienes cantan y bailan al ritmo del “Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna, Krishna, Hare, Hare, Hare Rama…” hombres y mujeres que esperan a que el semáforo se ponga en rojo, algunos de ellos no paran de hablar por el celular, otros miran sus relojes como si el tiempo se les estuviera acabando.

Muy cerca del banco comienza el olor de las flores; girasoles, magnolias, rosas, margaritas y crisantemos que se combinan con el hedor de las alcantarillas y del asfalto húmedo. Muy cerca del banco me ofrecen las últimas novedades editoriales en ediciones económicas y quizá ilegales. Muy cerca de allí una mujer joven, de unos 26 años, de cabello ensortijado y piel blanca, llora, está sola, sentada en una banquita entre la caseta de flores y una señora gorda que vende tinto y perico de manera ambulante. A unos diez pasos de ella un perro muerde y mastica insistentemente unas bolsas de basura; parece un ratón gigante que roe con placer un enorme queso.

No son las nueve de la mañana y el banco está lleno. El aire acondicionado no logra enfriar completamente el ambiente. El golpeteo de los sellos sobre el papel marca el ritmo de las filas; de su circulación. Los teclados de las computadoras escriben mil y un números por segundo porque los sistemas bancarios sólo saben de cifras y de cantidades. “Buenos días señor… con gusto… el que sigue…” son las únicas palabras que los cajeros emiten a los consignantes, parecen autómatas porque difícilmente lo miran a uno. A la salida del banco, en la banquita en la que antes lloraba una mujer, está sentado un hombre tomándose un café y fumando un cigarrillo, tal vez se lo compró a la mujer gorda que está cerca de él. El perro ya no está y la basura tampoco, parece que el carro de la basura ya pasó, la ciudad se mueve con premura, cada segundo la ciudad se transforma es como una nube, ondeante y blanda –como escribió Kazantzakis- que se modela y remodela al soplo del viento.

Luego del banco me dirijo a la librería de doña Tere, en el camino me tropiezo con algunos artesanos quienes, en el piso sobre una mantel oscuro, ofrecen manillas, bufandas, aretes de colores, tatuajes temporales, pipas para marihuana, barritas de incienso, entre otras cosas. Unos pasos más allá algunos jóvenes disparan velozmente pequeños avisos publicitarios de mujeres (quienes ofrecen sus servicios como damas de compañía, como masajistas o como geishas), pequeños panfletos que ofrecen los servicios de hechiceros, brujos y brujas que ligan al ser amado y garantizan el trabajo, además de que adivinan el futuro.

Muy cerca de la librería, en donde recogería ese volumen uno de las obras completas de Nietzsche, y siendo un poco más de las nueve y media de la mañana, unas cuantas cantinas de la ciudad están abiertas, unos pocos borrachos siguen allí o llegaron temprano a embriagarse. En los hoteles que hay en la zona se ven salir parejas de enamorados recién bañados con olor a jabón barato y al sudor que, del día anterior, conservan sus ropas. Antes de ingresar al edificio, en el que se encuentra Federico, un vigilante me pregunta hacia donde me dirijo, me mira con desconfianza, yo le indico que voy para la librería a recoger a Nietzsche. 

El olor a madera vieja, a papel y a libros es ensordecedor. Una pequeña mujer, cuya cabellera parece una peluca, me  saluda un tanto displicente, me mira por un segundo y continúa haciendo lo que estaba haciendo antes de mi entrada “¿en qué le puedo ayudar?” me pregunta. “Buenos días”, le contesto yo. Ella no responde. “¿Dónde puedo encontrar a doña Teresa? Le pregunto finalmente. Ella, sin levantar su mirada dice, “en la bodega”. Luego de hablar con doña Tere, como le decimos de cariño, salgo con Nietzsche debajo del brazo.

En el parque que queda justo al frente del edificio en el que se encuentra la librería de doña Tere, un par de ancianos juegan al ajedrez en una de las jardineras, otros cuatro viejos los miran y comentan posibles jugadas para la partida que  se está gestando. La iglesia tiene abierta sus puertas, la misa terminó hace una hora aproximadamente y en las bancas cercanas a la salida algunos indigentes duermen, otros miran con estupor ese altar lujoso lleno de ídolos y estatuillas “glorificadas” y uno de ellos bebe incesantemente del agua que reposa en las fuentes “santificadas” del templo. Afuera, en ese parque en el que los Nadaistas gritaron una y otra vez sus encíclicas y manifiestos, las palomas se contonean, vuelan, se agrupan y comen las migajas de pan que un habitante de la calle les tira, otras se posan sobre el general Santander dejando sobre él sus inmundicias que tiñen de verde ocre y blanco crema todo su ser. En la esquina del edificio un grupo de raperos, entre hombres y mujeres, prenden una “pata de marihuana” mientras improvisan una lírica urbana que en unas horas cantarán al interior de los buses.

Observo las copas de los árboles que aún viven en este parque, en esta ciudad. Sólo se escucha el pito de los buses y el transitar de las personas, el murmullo de las conversaciones de quienes están a esa hora en esa plazoleta y el aleteo de las palomas. Entro en una tienda cercana al parque y compro 500 gramos de café, media cajetilla de cigarrillos y una cajita de chiclets y me dispongo a regresar a mi librería antes de que comience a llover, claro que ya siento la primera gota de agua resbalando por entre los cabellos de mi cabeza. Apresuro el paso, imitando a los habitantes de esta ciudad que muchas veces, casi siempre, no se detienen a mirar a sus alrededores porque deben cumplir con unos horarios estrictos de desplazamiento para llegar a sus trabajos o a sus viviendas. Ya estoy cansado de cargar a Nietzsche y los 500 gramos de café me estorban bastante.

Finalmente llego a la librería y preparo el café. Mientras me tomo una taza bien negra llega don Carlos a recoger el libro. Con una sonrisa y con la nostalgia de la ciudad en mí, lo saludo y le ofrezco algo de tomar. Nos miramos en silencio como si él también se hubiese contagiado de esa tristeza al llegar acá, de esa melancolía que se siente en esta urbe. Don Carlos se va, yo me quedo con el pensamiento de que Medellín es una ciudad fantasma en la que todo se repite una y otra vez, siempre las mismas personas, aunque sean otras, en los mismos lugares, siempre los mismos aromas y los mismos sonidos, siempre la misma ciudad.

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Las fotografías, de la serie “Ciudad Explosiva”, que acá aparecen son propiedad de El noctívago, al igual que el texto.

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2 Respuestas a “Imágenes fragmentadas de una metrópoli en miniatura.

  1. Caro Lema 28 diciembre, 2011 en 2:49 pm

    Querido Notivago,
    Me ha llevado por las calles de mi ciudad, sentí olores, sonidos y, la verdad, algo de melancolía. Me gustó mucho el texto, es interesante hacen este tipo de ejercicios. Te propongo revisar algunas aseveraciones hiperbólicas.

    Un abrazo,

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