El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

El juego del olvido. Fragmento del diario de José González

A María, quien navegó a mi lado.

*

Desde siempre anduvimos por la misma ruta de nuestros sueños, quizás el mismo río nos inundó desde el principio. Gozosos nos bañamos en sus aguas diáfanas sin sabernos aún; sin presentirnos en una existencia cercana, coetánea. El otoño de las ceibas adornaba mis paisajes y yo aprendí a dibujarte sobre sus hojas secas, derramadas en el suelo como el rompecabezas de mi alma. El cielo que se abría azul, tras el batir de alas de los azulejos, era el lugar más íntimo en el que mis pies andaban. Tus alas, tan pálidas como las mañanas, lograron confundirse con los nubarrones en donde me detenía, por instantes, a mirar el verde mundo que poco a poco se teñía de una gris nostalgia.

 **

En un día, en el que bajabas las velas de tu navío porque la marea no te dejó volar, yo emprendí mi fuga hacía el horizonte más cercano, desplegué mis sueños para navegar tranquilo y en la mitad de mi mar encontré tu silencio truncado por las olas de un sueño extraviado. Juntos creamos una utopía, anclamos nuestros botes, y nos hundimos en ella sin olvidar el camino de regreso. Dormíamos  bajo los guayacanes, siempre a la espera de la lluvia amarilla de mariposas muertas, que adornaban nuestro lecho. Aprendimos a hablar en silencio hasta que en silencio nos fuimos perdiendo. Te prometí mil y un noches de lluvias, en donde fuimos eslabones de palabras no pronunciadas por un par de lenguas ocupadas, dominadas por el sigilo y el ardor de la carne. Me prometiste las mañanas, plagadas de horizontes inexplorados, de soles cálidos sobre la espalda y miradas extraviadas entre el marrón caoba de tu alma y el verde selva de la mía.

 ***

Si, así éramos Matilde y yo: el día soleado y la noche fría. Un día, sin darnos cuenta, comenzamos a desdibujarnos. Primero fueron las palabras que comenzaron a convivir en el desencuentro de las lenguas, después vinieron las ausencias de la carne y del alma, hasta que finalmente la angustia se convirtió en silencio. Su manera de pensar en plural se convirtió en mi forma de quererla y mi sueño de libertad edificó el rumbo de sus velas. Matilde y yo siempre fuimos dos por el mismo camino, sólo que éste, en nuestro caso, nunca fue uno sólo.  Comenzamos a no vernos, a no pensarnos, a no caminar tomados de la mano. Jugamos a olvidarnos.

Al final me convertí en una huella de arena sobre el tic tac del corazón de Matilde, en un susurro de árbol mezclado entre el aire y la lluvia, en una hoja de ceiba que no cae sobre los campos porque el devenir de los días y de las noches ha callado a los azulejos. Yo, José González, decidí volver a mi navío anclado, aún, en aquel horizonte  donde nació nuestra utopía. Elevé mis velas y vi como las suyas se alejaban con el sol, hasta perderse en ese lugar inquebrantable donde no hay cielo, ni mar, ni tierra; donde somos el olvido y el vago recuerdo de los sueños.

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