El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

El silencio de José González

Caminaba con un silencio extremadamente ensordecedor. El sonido de sus pies, pesados tras cada paso, daban la impresión de que un hombre agonizante estaba cerca. La lluvia golpeaba su espalda y parte de su cabeza mientras su rostro iba paralelo al suelo; reflejándose en cada charco que encontraba en el camino. José González había llegado más cansado de lo normal a casa. Abrió la puerta, la atravesó y la cerró y se quedó por un instante parado frente a las escaleras que lo llevarían hasta su cuarto. No quería subir, tampoco quería salir de nuevo y mucho menos quedarse allí parado. Luego de un rato comenzó a desplazarse por cada uno de los escalones, con sus manos pegadas a la pared daba la impresión de ser un hombre ebrio que intentaba llegar a salvo hasta la cama, pero José González no había bebido una sola gota licor y no había fumado ni uno sólo de esos cigarros armados artesanalmente y aromatizados que tanto le gustan.

Sin encender la luz y sin quitarse la ropa se arrojó a la cama intentando buscar el sueño que posiblemente le ayudaría a descansar y a olvidar. Se sintió un poco más ligero pero no por eso más descansado, el sueño se fue y como por arte de magia sus ojos se abrieron como si se acabara de despertar de un largo sueño. Realmente odiaba cuando eso pasaba. Gran parte de la noche se la pasó dando vueltas sobre la cama. Se levantó y se acostó una y otra vez. Se quitó la ropa y se puso el pijama. Se cubrió con la cobija, se la quitó. Acomodó su cabeza de mil formas sobre la almohada, pero no pudo dormir. Finalmente encendió la luz del cuarto y sacó una libreta de su escritorio, con un bolígrafo rojo escribió: “¿Dónde habita tu libertad, ahora que el corazón es un preso político y el tiempo un astronauta?” Leyó en voz alta lo que había acabado de escribir, depositó la libreta sobre el escritorio, al igual que el esfero y pensó: “realmente me siento como un preso.”

Buscó entre los cajones una habano, un cohíba que un viejo amigo le había regalado unos días atrás. Apagó la luz y se sentó a fumar frente al ventanal abierto de su cuarto. Concentró su mirada en las volutas de humo que se desprendían del habano, el humo subía y se esparcía por todo el cuarto recreando figuras humanas y animales, al menos eso creyó ver José González. Por la ventana entraba el aire frío, el mismo de las últimas noches. El rojo ozono de las nubes se combinaba con el negro azabache del cielo y el silencio de las calles se apareaba con el sonido de la electricidad que circulaba por los cables que colgaban a la altura del piso de su cuarto.

Un gato amarillo de orejas negras caminaba sigiloso, esquivando los pequeños represamientos de agua que se forman sobre el asfalto viejo y agrietado cuando llueve. José González lo seguía con la mirada mientras fumaba. El gato se detuvo con los ojos puestos sobre el jardín de una de las casas vecinas, movió sus orejas como si fueran antenas, sintonizando el origen de un sonido que sólo escuchó él. Se inclinó y caminó un poco más, más cauteloso. Se detuvo nuevamente, movió su cabeza como si estuviera extraviado, la levantó y se encontró con los ojos de José González, ambos se miraron con la complicidad con la que se miran los viejos amigos cuando traman algo. Finalmente el gato desistió de su búsqueda, se trepó rápidamente en uno de los techos y desapareció en la noche.

José González tomó nuevamente la libreta y escribió –“Que tus manos sean mis manos. Y nuestra respiración el último aliento de esta ensoñación.” Mientras él leía lo que acababa de escribir, intentando comprender lo que sus pensamientos manifestaban sobre el papel, un hombre joven, al parecer muy borracho, transitaba por la calle por donde el gato había estado unos minutos antes. José fumaba y lo observaba con la misma curiosidad con la que observó al animal. El hombre gritaba, tan fuerte como los cerdos cuando son sacrificados. José González atento a lo que este hombre exclamaba logró comprender finalmente una sola palabra; un nombre de mujer que salía de sus pulmones, o quizá del vientre, generándole un dolor extremo al cruzar por la garganta: ¡Mariiiaaa!… ¡Mariiiiiiaaaaaa!… ¡Maariiiaaa! Tres veces grito hasta que se dejó vencer por el licor que había ingerido. Vomitó sus entrañas y se sentó en el piso sin importarle que estuviera mojado, allí, calló dormido.

José González, al escucharlo, había recordado el por qué no podía dormir esa noche, la razón del vacío que sentía justo entre el hígado y el estomago y que por ratos se desplazaba hasta su garganta, generándole la sensación de un llanto contenido que esa noche no logró salir. Fumó y escribió en su libreta:

           *
No fueron las palabras
ni los sueños no compartidos
quienes provocaron la fuga del silencio
entre tus manos y las mías.

Tampoco fueron los hombres o mujeres
porque nosotros fuimos ambos
o quizá ninguno.

No fueron las mañanas
las que profetizaron esta noche;
donde la ausencia tomaría por la fuerza
a los corazones enamorados
para disgregarlos un poco.

Quizá fue el tedio de la respiración
o el miedo a la libertad
la que invocó este vacío,
esta soledad humana.

            **

¿Recuerdas esa tarde
donde los azulejos jugaban a sostener el cielo
mientras los árboles se mecían
entrelazando sus copas
como si celebraran ese pacto
de amor que firmaron nuestros silencios?

Claro que no lo recuerdas
porque sólo era yo
con el recuerdo de vos.

Luego de escribir esto se percató de que el cohíba ya quemaba sus dedos, que eran más de las cuatro de la mañana, que sentía la embriaguez del tabaco en su cabeza y que el hombre que dormía en la calle ya no estaba. Le dio una última fumada a lo que quedaba del habano, cerró su libreta y pensó –con la llegada del sueño he comenzado a olvidar.

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4 Respuestas a “El silencio de José González

  1. sandra 28 septiembre, 2011 en 3:14 pm

    Me gusta mucho como escribes, muy buen texto, tocará esperar a ver que falta con José González, saludos.

  2. José'nin 27 septiembre, 2011 en 6:21 am

    Muy buena la historia, seductora, pero sin duda lo que más me gusta es la poesía.
    Un saludo!

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