El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

El último silencio del abuelo (De las memorias de José González)

Las manecillas del reloj avanzan, yo miro su paso monótono mientras la lluvia hace rugir el techo de mi cuarto como si un ejército de hombres miniatura marchara sobre él. En los anaqueles están los libros en silencio, encima del escritorio el borrador de una novela que tal vez nunca termine de escribir. Son quizá las cuatro de la tarde y la poca luz que entra por la ventada apenas ilumina los retratos familiares colgados sobre la pared; familiares muertos y vivos que perviven en el silencio de una fotografía. Inclino mi cabeza hacia atrás y dejo salir despacio el aire de la respiración, cierro los ojos y sigo el ritmo de mi corazón que intenta simular el tictac del reloj. Allí, sentado en las sombras veo tus pies descalzos corriendo por la verde grama adornada por los pétalos amarillos de los guayacanes que han dejado de florecer.  Corres como si  de ello dependieran tus sueños, tu existencia y tu latir. Apenas logras voltear la mirada para calcular la distancia que hay entre tus pies y los de ellos quienes también corren como si jugaran a salvar sus vidas. Vuelves la cabeza hacia el frente y atraviesas el bosque, el viento silba entre los árboles y al fondo se escucha el gemir del río donde tantas veces te bañaste de niño. Ya tus pies ampollados sienten el ardor del trote cuando tocan el agua y tropiezan con las piedras. En aquel lugar, parado y con el corazón en la garganta, empezaste a llorar porque estabas cansado de correr, porque viste morir a tu hermana y sentiste  caer a tu hermano Andrés quien corría detrás de ti, porque escuchaste los gritos de tu madre que te repetían una y otra vez ¡corre!… ¡corre!… hasta que una explosión la silenció y ahí fue cuando volteaste la mirada y viste dos hombres que competían con tu trote que, al parecer, nunca te alcanzaron.

Con mis ojos cerrados me abrazo a tus silencios sobre mi cuerpo: Soy sangre de tu sangre y aún guardo el recuerdo de tus recuerdos. Mientras imagino tu llanto nacen de mis ojos unas tímidas lágrimas y te imagino en silencio perdido entre tu llanto y el ruido del río.  Recuerdo que una tarde me dijiste que el regreso siempre está cargado de silencios y que el tuyo, ese día, era inmenso.

Ya atardecía y habías tomado la determinación de regresar. Cuando llegaste de nuevo a la casa la encontraste a oscuras y apenas se escuchaba el llanto de un hombre que abrazaba a sus muertos que eran los tuyos también. Con fuerza, la poca que te quedaba, lo abrazaste a él, no llorabas porque en el río habías dejado la última lágrima.  Esa noche tú y tu padre quemaron los cuerpos de la madre y los hermanos; ya eran ceniza y polvo cuando ustedes salieron de allí. Con poco equipaje cerraron la casa y sin mirar a tras caminaron hasta la ciudad, ni una lágrima, ni una palabra los acompañó en el viaje. En la ciudad el trabajo fue duro pero sobreviviste a él, en un tiempo viste morir de viejo a tu padre, quien siempre estaba triste, formaste un hogar numeroso como muchos pero seguías extrañando el verde que se perdía en el horizonte justo en el lugar donde comenzaba el cielo que tanto mirabas de niño, a veces te sorprendía sentado afuera de la casa mirando al horizonte de edificios de la ciudad sin encontrar nunca el lugar donde se abrazaba al cielo.

Recuerdo la tarde que decidiste regresar al campo a visitar la casa donde naciste, te acompañé y allí me confiaste éste recuerdo. La casa había sido consumida por las sombras, por la lluvia y por la tierra, las paredes llenas de musgo y grietas, la madera podrida y la maleza se habían tomada la casa. Los guayacanes seguían donde siempre, sin florecer. Te sentaste sobre lo que quedaba del corredor y con un dedo me señalaste el lugar donde esa noche quemaron los cuerpos de la madre y los hermanos, y mientras mirabas, con los ojos perdidos en el bosque, empezaste a lagrimear, comenzaste a recordar y me hiciste prometer que el día que te llegara la muerte quemaría tu cuerpo, y a las cenizas las arrojaría justo en ese lugar que me enseñaste con el dedo.

Hoy cumplí mi promesa, ya tus cenizas están en el lugar donde hubieses querido estuvieran, yo sigo acá sentado escuchando la lluvia que no cesa y persiguiendo al tiempo tras cada segundo en las manecillas del reloj, yo sigo en el lugar donde alguna vez me contaste historias y donde comenzó este recuerdo tuyo que ahora es mío.

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