El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

Fotografía post mortem: un retrato familiar.

Hace muchos años se tenía la costumbre de retratar a los muertos; tradición que murió con el pasar del tiempo. Tal vez en algunas culturas aún se practique, no lo sé. Me gusta este tipo de fotografías por varias razones: porque son poco convencionales y además estoy cansado de las fotografías de mujeres hermosas mostrando sus hermosuras a falta de creatividad en muchos fotógrafos (no digo todos porque algunos conocen perfectamente lo que es hacer un buen desnudo, sólo que estos no trabajan para la Revista Soho, ni para Play Boy y otros magazines similares), también estoy cansado de la fotografía paisajística que se ha vuelto un lugar común, en el que son muchos los retratos de un mismo lugar donde sólo varía el encuadre del fotógrafo aventurero, de igual forma me siento fastidiado de los fotoreportajes nacionales (que abundan en todos los medios de comunicación colombianos) que se han quedado en algunos casos, por no decir todos, en lo que llaman vulgarmente la porno miseria de este país, el cual se sigue desangrando y tiene a más del mitad de sus habitantes viviendo en condiciones que atentan con sus derechos humanos, Como se ha dicho cientos de veces, pero pocas veces ha sido escuchado.

 Me gustan, retomando lo que venía diciendo, porque allí se retrata no sólo al muerto sino al sentimiento, según mi humilde opinión, más difícil de retratar: la tristeza del que queda vivo. Alguna vez me había encontrado con algunas de estas fotografías en libros de historia, en antologías fotográficas y en internet, me habían causado tal atracción que muchos de mis amigos hubiesen podido pensar que mi fascinación por estas fotografías era un tanto morbosa, pero iba más allá del morbo y se ligaban directamente, en principio, a esa constante búsqueda que muchos seres humanos tenemos por comprender la muerte y ¿qué mejor manera que observando a los muertos unos segundos antes de que empezaran a ser devorados por los gusanos y detenidos en el tiempo?

Posteriormente me di cuenta de que no era observando a los muertos como iba a comprender ese gran misterio de la muerte (muerte, efecto de la causa que es la vida). Para entenderla es suficiente, creo yo, con vivir un tiempo, el que el tiempo crea necesario. Seguidamente es preciso ver morir a muchos y sentir el dolor causado por el fallecimiento de ese otro quien fue querido y quien será recordado difusamente con el pasar de los años; sentir la tristeza desagarrando el alma, embriagando a la soledad bajo el llanto, mientras excita el miedo de la propia muerte, esa tristeza que convoca al silencio y es producto de esa despedida abrupta e inesperada. Finalmente, para comprenderla, se debe morir; pero después de muerto ¿para qué me sirve saber lo que es la muerte?

Volviendo a mi fascinación y abandonando esos trascendentalismos, triviales e innecesarios, en los que suelo sumergirme, diré también que es la tristeza la que más curiosidad me causó en este tipo de fotografías. Imagínense a una madre que se aguanta el llanto frente a la cámara cuando es a su hijo a quien están retratando ya sin vida. Imagínense a un bebé que parece dormir, como todos los bebes,  pero que duerme realmente bajo los encantos de la muerte, mientras sus padres intentan mirarlo y tal vez llorarlo cuando están posando frente al fotógrafo quien, parece no conmoverse frente al pequeño difunto y al dolor de soledad de sus padres. Piensen incluso en todo un grupo familiar alrededor del cadáver de uno de sus integrantes. Estas imágenes suelen ser difíciles de abstraer por la angustia que generan sobre la propia existencia, quizás esto también me llamó la atención.

Nunca pensé encontrar en los álbumes familiares, en los de mi familia en particular, una fotografía de este tipo; creo que pocas familias de este tiempo pueden atesorar una de ellas. Mi abuela Angélica y mi abuelo Ernesto tendrían por aquellos días no más de 37 años. Se encontraban parados a lado y lado de un pequeño féretro donde reposaba un bebé: uno de mis tíos no conocidos. A mis abuelos siempre los recuerdo por la fortaleza de su mirada y en especial a mi abuela por ser esa típica matriarca paisa que sabía perfectamente cómo dar orden en su casa; y en esta fotografía esa fortaleza parece mutarse en un sentimiento de rabia.

En ella se logra ver esa tristeza de la que les he hablado reiterativamente, sólo que esta tristeza es la de mi familia. Varias veces he preguntado por este momento familiar y, como el tiempo hace sus estragos en los hombres, todos parecen haberlo olvidado; quién pudo tomar la foto, cuál sería el nombre del bebé difunto, a qué edad y por qué murió y dónde fue tomada. Yo creería que fue en el barrio Kennedy justo en sus comienzos, pero nadie me ha dado respuesta aún.

Viendo esta fotografía, viendo a mis abuelos y a ese desconocido y olvidado bebé y recordando las muchas otras imágenes que he visto, me imagino un retrato de mi muerte, en compañía de mis amigos y familiares, pero con ellos vivos. Pienso incluso en el retrato de mi muerte como la prueba fiel de mi silencio y de mi soledad porque para mi muerte preferiría por velorio una fiesta, como lo hacían o lo hacen los gitanos, para que finalmente mi cuerpo no alimente a ningún gusano porque no quiero que me entierren sino que me quemen y me arrojen al Magdalena como polvo, luego de la embriaguez. Me gustaría que me retrataran pero sé que finalmente no podría ver el retrato de mi cuerpo fallecido y sé que quienes sienten algún afecto por mí no soportarían ver este evento suspendido en el tiempo y preferiría llegar al olvido como el fin último de la existencia.

Luego de observar esa foto sólo me queda la necesidad de reconstruir la historia familiar, claro que su atractivo sólo tendría sentido para unos pocos consanguíneos porque la historia de mi estirpe debe ser muy parecida a la de muchas otras familias colombianas con herencia campesina como la mía. Quizá lo intente a partir de los álbumes fotográficos, donde están esas fotografías que muchos ignoramos que existen pero que están consignadas allí, donde la memoria no tiene límites.

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Las fotografías del encabezado de esta entrada fueron tomadas de: Fotos antiguas de Medellín  Las fotos que acá aparecen son subidas, sin ánimo de lucro y pertenecen a los archivos de los dueños, con el único fin de ilustrar el texto que sí es autoría de El noctívago. La fotografía que aparece  en el intermedio del texto hace parte de la coleccíón de la familia Corrales Ramírez; mi familia.

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2 Respuestas a “Fotografía post mortem: un retrato familiar.

  1. Fabio Valencia Corrales 14 julio, 2011 en 11:41 pm

    Excelente texto, un buen proyecto y creo que hay mucho de donde “agarrar”: los álbumes familiares al rescateee

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