El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

Gitana clandestina

Para Laura Giraldo García y sus hermanas quienes sienten la música en su piel y en sus huesos cuando de salsa se trata

Eran pocos los lugares donde se podía azotar baldosa (como suelo decir cada que el cuerpo, y en especial los pies, reflejan de manera arrítmica el ritmo de los bongoes, los timbales, las congas, las trompetas y los trombones). Eran muy pocos los sitios donde la rumba salsera convocaba al delirio e invitaba a los cuerpos a beber de la embriaguez de otros cuerpos que se diluían en su propio sudor o en el sudor ajeno al compás de la clandestina noche salsera de Medellín.

No he sido un buen bailarín pero tampoco ansío serlo; y no es necesario porque pienso que la salsa no debería tener una técnica de baile establecida; con sentirla en el cuerpo, en el mío o en del otro, es suficiente. Esa noche de pies ansiosos éramos ella, quien bailaba como si no existiera nadie más, y yo quien la observaba desde una mesa ubicada a unos pocos centímetros de la barra y de la pista de baile. Al parecer estaba sola como yo.

Eran las doce de la noche y ella llevaba hora y media bailando sin parar sobre el piso agrietado del lugar, bailaba como si su cuerpo le perteneciera a la trompeta de Bobby Valentín quien intentaba desnudarla en algunos momentos de la noche, así como mis ojos que no se habían desprendido de sus pasos. Ella bailaba como si el palpitar de las congas de Ray Barreto o las de Mongo Santamaría fueran su propio pálpito. Por momentos me imaginaba siendo yo el que controlaba su ritmo sanguíneo con mis manos. A veces me parecía ver que Fruko y Johnny Pacheco dirigían cada uno de sus movimientos. Muchos controlaron su baile asimétrico: Larry Harlow , Raphy Leavitt, Cachao, Henry Fiol, Richie Ray & Bobby Cruz. ¡Cómo me hubiese gustado ser uno de ellos!

Su cuerpo sudaba y su ropa ligera se ceñía cada vez más. Sus pequeños senos que no apuntaban a ningún lado y que, erectos convocaban a los excesos de la carne, dejaban ver ese placer oculto que sus ojos cerrados escondían al bailar. Una gota de sudor se dejó caer al ritmo del piano de Eddie Palmieri y mientras descendía le dio la caricia que mi sudor quiso darle. Ella se movía en su cuerpo como queriendo liberarse de sí. Verla bailar era presenciar la combinación perfecta de los ritmos del Caribe y del Pacífico colombiano juntos, era como ver fluir el río Atrato al compás del son chocoano por todo el barrio Obrero de Cali.

Yo la miraba y bailaba sin bailar con ella. La temperatura subía y subía y cada vez eran menos los espacios libres en la pista. Por un instante tuvimos un acercamiento furtivo donde sentí sus nalgas rosando mi sexo, su respiración mezclándose con la mía y sus hedores evocando al delirio del ritmo; sus feromonas atacaban sin compasión. Sus ojos se abrieron y me miraron con la brevedad con la que se mira una sombra al pasar y en ese parpadeo ya eran sus senos y su sexo quienes me acariciaron con la fragilidad de un suspiro. Sólo fueron unos segundos y nuevamente su oleaje se alejaba de mi mar y mis barcos naufragaban en el mutismo de nuestros cuerpos separados. Yo la quería en silencio, como pregonaban Los Hermanos Lebrón en ese momento.

En la pista empezaban a desaparecer las parejas quienes, al parecer, seducidas por la música y el baile, sólo querían entregarse al ritmo de sus propios cuerpos; en las mesas quedaban los restos de una noche de copas alegres, en los baños, que siempre estaban limpios, una pareja impaciente hacía el amor de manera paciente mientras afuera unos pocos aguardaban con la vejiga a punto de reventar.

Eran las dos y media de la mañana y aún me sentía con ganas de seguir viviendo la noche. Mientras pagaba la cuenta, como si hubiera sido un espejismo, ella desapareció de la pista de baile, la busqué en los baños pero allí sólo había una pequeña fila de personas esperando a que los enamorados salieran. En las afueras del bar algunas parejas esperaban un taxi al son de sus besos apasionados, yo, por mi parte, encendía un cigarrillo sin filtro y mirando alrededor buscaba rescatar su figura de las demás. Comencé a recorrer la ciudad; muchas personas buscaban en dónde terminar la rumba, otros buscaban algo de comer, los indigentes arropados entre costales y cartones en tumultos o solos, vivían la noche del sueño donde tendrían un pan y una vida feliz.

‘Sin mirarte yo te miro / Sin sentirte yo te siento / Sin hablarte yo te hablo / Sin quererte yo te quiero’ repetía Willie Colón en mi cabeza mientras yo caminaba, como el noctámbulo que era, esa noche en la ciudad, buscando regresar a mi casa. Y  mientras la recordaba tras cada bocanada de humo sabía que ella nunca había sido mía, ni lo era, pero de mi corazón un pedacito ella tenía… un pedacito ella tenía.

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Imagen tomada de:

  • Editorial Normar
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2 Respuestas a “Gitana clandestina

  1. Jenny Giraldo 19 junio, 2011 en 6:29 pm

    Me acordaste todo el tiempo de Drexler y su “Don de fluir”… Sólo quiero verte bailar, quisiera verte girando, giraldo y mirándome mirar… Gracias, Johnny, por dedicarnos una entrada sobre las mujeres que bailan. Y me tenés que enseñar más de WordPress. Un abrazo.

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