El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

He visto matar a un hombre (De las memorias de José González)

“Cuántas muertes más serán necesarias para darnos cuenta de que ya han sido demasiadas. “

Bob dylan

He visto matar a un hombre; no lo he soñado ni lo he pensado. Sé que vi sus ojos y que ellos me miraron en silencio bajo una profunda meditación, bajo un sigilo vago.  Inexplicablemente,  en el momento previo a la detonación del arma que acabaría por atravesar sus sesos, nos miramos. Por una milésima de segundo sus pupilas se cruzaron con las mías y siguieron su camino, luego de una mueca que parecía una sonrisa desganada.

No eran más de las siete de la noche y las calles aún estaban atestadas de niños que jugaban esos juegos que ya no se ven mucho en los niños y tampoco en las calles. Con una cerveza en la mano yo jugaba a recordar, a diluir los sueños en cada sorbo de cebada que refrescaba mi garganta. La tienda de la esquina que quedaba muy cerca de mi casa permanecía en silencio, en un mutismo extraño, poco usual, no había compradores, tampoco estaban los dueños e incluso los dos alcohólicos de siempre no estaban donde siempre.

Con su mano derecha tomaba el silbato que día a día hacía sonar cuando pasaba por ciertos lugares del barrio. Lo levantaba lentamente, sin afanes. Luego lo sostenía entre sus labios. Caminaba un poco más, como de costumbre. Se detenía y miraba de arriba abajo y con sus ojos recreaba su recorrido en la mente (cada paso, cada casa observaba). Finalmente el silbato sonaba. Estoy seguro que era el último recorrido de su jornada, un par de cuadras más y regresaría a la monotonía del hogar.

 Al verlo pasar, al mirar sus ojos, me imaginé siendo él, con una vida, quizá, plagada de rutinas y de lugares comunes, un matrimonio como muchos y un par de hijos que aún servían para muy poco. Imaginé incluso algunos dolores corporales, producto de la vejez. Sí, este hombre era casi un viejo.

Al hacer sonar el silbato anunciando a los vecinos que todo estaba en calma, comenzó el movimiento en la tienda. Mientras el hombre llegaba a ella yo veía en sus ojos (porque justo en ese momento nos miramos) un regocijo de vida y una tranquilidad infinita. Sin saber aún lo que encontraría en la esquina él siguió a sus pies y a su rutina. Parado de espaldas a la tienda, miraba nuevamente de arriba a abajo y mientras lo hacía un jovencito de no más de quince años, desenfundaba de la pretina de sus pantalones un revolver y sin darle paso a los segundos apretó el gatillo dos veces sobre su cráneo. El hombre había encontrado la muerte en las manos de una muerte joven a la que no pudo mirar a los ojos.

En la tienda se encontraban dos jóvenes más, al parecer de la misma edad, que aguardaban en silencio y vigilaban todo el proceso de asesinato mientras atemorizaban a los dueños y a los dos borrachos de siempre a quienes habían encerrado en el baño.

El hombre se desangró en el piso y los tres jóvenes guardaron sus armas y caminaron airosos y tranquilos hacia la camioneta de vidrios polarizados que los esperaba cerca de la 64, la calle principal.

Los niños se escondieron detrás de las primeras escaleras que encontraron y por las ventanas se empezaron a asomar los rostros curiosos. De un solo temblor escondí mi cuerpo entre el marco de la puerta de mi casa mientras mis ojos seguían viendo caer el cuerpo.

Pasaron tres minutos y la multitud le hacía corrillo al hombre, muchos llegaban con la esperanza de que el muerto no fuera un amigo o un familiar. Sólo era un hombre más llevado a la muerte por las manos de otro hombre, aunque más joven, que jugaba a la guerra en uno de los bandos de las mafias que peleaban por el ‘poder’ y la dominación de territorios.

Yo he visto matar a un hombre y en sus ojos vi la proximidad de la muerte que era calma y silencio. Con seguridad en sus ojos de muerto no quedaba ya nada, sólo las pupilas dilatadas y el vacio de un cuerpo desmadejado tras el último suspiro.

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