El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

El despertar de Jaime

 

El propio sueño me castiga. He adquirido en él tal lucidez que veo como real cada cosa que sueño.

Fernando Pessoa

 

Despertó y aún estaba oscuro. Encendió la vela consumida que había sobre la mesita de noche. La luz fue iluminando poco a poco el cuarto. Él frotaba sus ojos con el puño de sus manos intentando despejarse del sueño que no terminó de soñar. Palpó sobre la mesita de noche mientras bostezaba, buscando sus anteojos; sus manos tropezaron con un par de canicas que saltaron al suelo y salieron rodando por la habitación, torpemente ellas fueron arrojando al piso cada objeto diminuto que se interponía en el encuentro de sus dedos y sus lentes.

Con los ojos abiertos y enmarcados por fin en las gafas, se dio cuenta de que el cuarto en el que había despertado no era su cuarto, que la cama donde se hallaba sentado no era la suya y que allí estaba completamente sólo. No sintió miedo ni ganas de pedir auxilio. La curiosidad lo hizo recorrer la habitación hasta perderse en un corredor oscuro. Al fondo de éste se dibujaba con la luz una puerta, al abrirla se encontró con paredes llenas de mariposas blancas y negras, el piso era un mar de sangre estancada donde se apareaban dos salmones que no encontraron corriente fluvial con que luchar y se conformaron con la fuerza de la gravedad.

Sin asombro y sin más remedio que regresar se encontró en medio del corredor una segunda puerta, la abrió y allí todo era amarillo salvo un toro azabache que, ciego, lo olfateó y lo lamió con una lengua larga que escurría arena. Intentó entrar pero el enorme animal no se lo permitió; lo amenazaba con sus cuernos cada que movía los pies hacia adelante. Cerró la puerta nuevamente y se dirigió hacia el cuarto donde había despertado pero no lo encontró.

Mientras buscaba cómo salir de allí escuchó unas explosiones y sintió que el suelo se movía. Ahora sí sentía miedo. Cerró los ojos. No pudo contener el llanto. Abrió los ojos y se levantó despacio; corrió hasta que sintió en su corazón una fría punzada de dolor. El aire se iba de sus pulmones. Todo seguía oscuro. Él corrió en la oscuridad hasta ver a lo lejos un leve destello plateado de luz. En el fondo del corredor oscuro logró ver su reflejo en una pared de agua serena. Nuevamente se escuchaban las explosiones y se sentía el temblar del piso.

Su reflejo se confundió con el de un hombre que moría, un hombre que al mirarlo se veía vivir en sus ojos. El pecho de este hombre, abierto por el centro, derramaba agua mientras crecían claveles y rosas en sus manos. Seguía temblando la tierra y el hombre seguía muriendo, seguían sonando las explosiones y el hombre era ya una fuente de agua llena de claveles y rosas y lotos.

No entendía aún que pasaba, siguió corriendo mientras el ruido de las explosiones lo perseguía, todo seguía oscuro. No sabía quién era el hombre del reflejo, ya no sabía por qué seguía corriendo. Finalmente se detuvo, con el latir del corazón en la garganta, frente a  un muro que se extendía infinitamente por sus dos extremos. Giró su cuerpo en el sentido en el que venía corriendo y en un parpadeo un ejército de hombres sin rostro lo miraba y le apuntaba con su arma. Ya no era miedo lo que sentía sino angustia. Buscó a su mamá en los alrededores y se encontró con el cuerpo de su papá colgado y derramando sangre a su costado derecho. Las explosiones habían parado. Cuando se dispuso a correr, en paralelo al extenso muro, vio a lo lejos el cuerpo de una mujer desnuda que era arrastrada por las hormigas hacia el fondo de la tierra.

-¡Preparen!… ¡Apunten!… – fueron las últimas palabras que escuchó cuando se despertó sobresaltado, llorando e intentando encender la vela diminuta de su mesita de noche.

Se levantó de la cama que sí era su cama y buscó en el cuarto, que sí era el suyo, las gafas. Con ellas puestas observo que todo era como antes. Salió y buscó a sus padres. La casa ya no era la misma, en el cuarto de ellos sólo quedaba el rumor del humo y la sangre que adornaba el gris, y el blanco de la cama donde reposaban desnudos sus cuerpos. No pudo soportar tal imagen y salió embebido en llanto. Afuera los animales padecían el desequilibrio de la muerte, la inestabilidad y las ganas de huir; todos estaban encerrados en sus corrales muriendo.

Jaime seguía corriendo monte abajo, en la oscuridad de la noche, y a lo lejos se escuchaban disparos y detonaciones y hombres que corrían tras él. Jaime no miraba hacia atrás porque temía tropezar con alguna raíz, con alguna piedra. Corría como en su sueño: bajo la noche huyendo de las explosiones. Un metro antes de llegar al río sintió que su pecho se abría en dos tras el sonido continuo de una ametralladora.

Antes de caer, sin saber por qué se caía, se vio a si mismo morir en el reflejo del río que resplandecía bajo la luz de la luna; el río infinito, de extremo a extremo, se llevaba el reflejo de Jaime quien, en pocas horas, iba a cumplir once años. Su cuerpo, ahora, es sólo alimento para gusanos.

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