El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

Las lágrimas de mamá…

Cuando ella vino a la ciudad era apenas una niña, escasos doce años. Cuando vino a la ciudad dejó en su pueblo, en Támesis, Antioquia, su infancia. Su nuevo hogar ya no tendría la misma cantidad de árboles que adornaban el horizonte que se enmarcaba en su ventana, en su antigua ventana.  En la ciudad ayudaría a su mamá a cuidar de sus hermanos, a los menores que eran muchos, mientras los mayores trabajaban al igual que su papá.

Las calles del barrio donde comenzaban a vivir no estaban pavimentadas aún, las casas eran pocas y las familias vecinas también; familias que llegaban bajo la promesa de progreso que las ciudades capitales suelen ofrecer a los campesinos, pero que no siempre cumplen. Con el tiempo el barrio se fue poblando a la misma velocidad con que la violencia aumentaba y despojaba a los campesinos de su pequeña herencia familiar: tierra y libertad.

Ella cambió las muñecas (aunque creo que nunca tuvo) y se dedicó a cuidar niños, sus hermanos. Siempre al lado de su madre aprendía sobre los oficios del hogar, aprendía a ser una buena ama de casa, aprendía sobre la administración del hogar y sobre la templanza que una mujer debía tener con el marido y con los hijos.

Ella había heredado de su madre, doña Angélica Ramírez, la piel blanca y lunareja y la mirada penetrante, también el orgullo, como casi todos sus hermanos. Al parecer el gen más fuerte era el de la familia Ramírez,  aunque hay que reconocer que varios de sus hermanos heredaron un poco más de su padre, don Ernesto Corrales.

Con el tiempo se le olvidó llorar; no es que lo hiciera siempre pero cuando aún se es niño las lágrimas suelen salir con tal naturalidad que pocas veces existe una verdadera razón para ellas. El olvido del llanto era el síntoma de que la adultez se aproximaba.  Empezó a crecer y estudió hasta donde creyó que era necesario estudiar, ya sus hermanos necesitaban menos de sus cuidados porque estaban aprendiendo, de la mano de doña Angélica, lo que ella había aprendido, al menos las demás niñas; y en compañía de don Ernesto los niños reconocían lo que significaba el trabajo duro, no el arado de la tierra como lo hubieran hecho en el campo, sino la construcción, que era lo único que podía hacer el campesino que llegaba, en aquellas épocas, a la ciudad.

Su cuerpo se esculpió con tal esbeltez que no demoraron los muchachos en buscarla, en quererla escuchar, no dejaban de mirarla tras cada paso firme que daba, su piel aún conservaba la blancura heredada y la suavidad de la infancia; tal vez muchos comenzaron a soñarla. Un joven de piel morena, cabello ensortijado y despeinado como los jóvenes de su generación, con las barbas náufragas por el delirio de la juventud, asechaba a la niña como el lobo feroz lo hacía con Caperucita Roja. Luego de un tiempo y de mucha persistencia este moreno de mediana estatura y ojos color miel logró enamorarla, casarla y formar con ella un nuevo hogar, una nueva familia.

En ésta nacimos nosotros: cuatro hombres que heredaron el temple y el orgullo que ella heredó de su madre, nuestra abuela. De mi papá adquirimos la mirada triste.

Cuando doña Angélica, mi abuela, murió, tenía yo escasos cinco años; dice mi papá que ese día mi mamá no lloró y que días después tampoco lo hizo. Tal vez sí se entregó al llanto pero nunca frente a nosotros, no lo hizo frente a nadie porque había aprendido a ocultar sus sentimientos, a mostrarse fuerte en el mundo. Yo sólo la he visto llorando dos veces pero no de tristeza, porque la tristeza llega después del llanto, la he visto llorando de rabia; la rabia que le causa el absurdo y la falta de coherencia en los argumentos de algunos de sus familiares y de algunos de sus hijos.

Y la he visto llorando y le he escuchado su llanto desgarrador y desconsolado, por las actitudes absurdas de uno de mis hermanos, al que le ha dado dificultad aceptar que ya no es niño.

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6 Respuestas a “Las lágrimas de mamá…

  1. LINA 10 mayo, 2011 en 2:35 am

    QUE BONITO HOMENAJE PARA TU MAMÁ

  2. francia 10 mayo, 2011 en 2:08 am

    Las mamas, la entrega y la fortaleza, eso y mas, lastima que a veces seamos los que les producimos dolor…..

  3. Andres 10 mayo, 2011 en 12:02 am

    Como siempre, muy buen post. Merecido lo tiene tu madre.

  4. Laura 9 mayo, 2011 en 4:30 am

    Hermosas las imágenes, hermosas las palabras. En las madres siempre va a estar presente ese adjetivo, son hermosas, diferentes y cada una es única. Ya bien sabes lo mucho que admiro a tu María Isabel. Gracias por estas palabras.

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