El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

Las cuatro casas

En total son cuatro casas las que recuerdo; la primera estaba ubicada en San Antonio de Prado cerca del parque; un primer piso bastante frio en el cual vivimos alrededor de seis meses, allí las babosas pendían de las paredes y mi hermano mayor y yo (porque en esa época sólo éramos dos y un bebé de brazos) nos divertíamos viendo cómo esos moluscos sin concha se derretían cuando nosotros les echábamos sal encima.

Era una casa grande infestada de animales; cucarachas y ratones que nacían y se expandían desde la extraña colección de cartón, botellas de vidrio, plástico y una infinidad de objetos que habían dejado de servirle a cualquier persona pero que don Antonio, el señor que vivía en el segundo piso, atesoraba.

Cuando mi mamá pronunciaba algún alarido de pánico, algún grito de asco, mi hermano y yo, que juagábamos a los carros o nos encontrábamos ausentes por la entretenida operación babosa derretida, sabíamos que había llegado la hora de jugar a los cazadores, al lado de mi papá, armados con escobas y palos le metíamos una golpiza al roedor de turno o al ortóptero inoportuno que asustaba a la señora de la casa.

Estaba próximo a cumplir cuatro años cuando mis papás decidieron cambiar la vivienda, ya no podríamos derretir babosas ni jugar a los cazadores porque la nueva casa era un segundo piso en una urbanización nueva, ubicada en el barrio Samaria, una casa bastante pequeña en la que no se podía jugar. Los días pasaban y no encontrábamos nada por hacer, mi tercer hermano crecía y aprendía a caminar sostenido de uno de esos caminadores de rueditas que suelen entorpecer el transitar de los adultos cuando intentan pasar a alguna habitación de la casa.

Mi hermano mayor y yo ya no jugábamos en la casa, lo hacíamos afuera con los demás niños en el gran jardín que adornaba la urbanización. Un año después esta pequeña casa fue sustituida por una más grande, quizá tres veces más amplia.

Esta nueva vivienda ubicada en el barrio San Gabriel, cerca a la frontera entre Itagüí y San Antonio de Prado, era enorme; cuatro alcobas (en las que cómodamente cabían tres camas de soltero por cada una), dos baños y un garaje (en el que se podría guardar una camioneta Ford modelo 74), una sala y un comedor del mismo tamaño del garaje. En la casa había dos patios; uno en el centro, entre la sala, el comedor y las alcobas y el otro en la parte de atrás donde jugábamos fútbol y montábamos en un viejo triciclo de hierro. Junto a este patio había unas escaleras de concreto llenas de moho y musgo que llevaban a una plancha casi tan grande como el garaje de la casa.

Mi tercer hermano seguía creciendo al igual que nosotros dos y mi mamá esperaba un cuarto bebé; en esta casa no habría problemas en alojarlo pues allí podrían vivir cómodamente diez personas. Nosotros, incluido el cuarto bebé, seríamos los únicos seis habitantes de ella.

Recuerdo que cuando acompañé a mi papá a ver la casa, antes de comprarla, en el garaje había unas sábanas pegadas del techo que colgaban y tenían la forma de una tienda de campaña de la época de las cruzadas, al interior de ella había una gran cantidad de fotografías de personas aparentemente felices y todas ellas iluminadas por velas y velones de diferentes dimensiones y acompañadas de algunas estatuillas de santos y vírgenes.

Decían algunos vecinos que en esta casa vivió un brujo, yo tenía escasos cuatro, casi cinco años y no entendía nada de eso, no sabía lo que era un brujo y nunca había visto uno. Esta casa se caracterizaba por la cantidad de sonidos extraños que ocurrían, sabíamos con seguridad que no provenían de los pisos superiores.

Mi papá trabajaba en las noches, como lo hace ahora, nosotros nos quedábamos solos con mi mamá y como la casa era tan grande nos daba miedo dormir allí con las luces apagadas, entonces la luz del corredor (que quedaba entre el patio del centro y la alcoba donde dormíamos los tres, porque el cuarto bebé  dormía con mi mamá) permanecía encendida.

En esta tercera casa nunca escuchamos la totalidad del silencio, siempre sonaba una pelotica que se desplazaba saltando desde la puerta de entrada hasta el final del último patio y eternamente acompañada del sonido de unos pequeños pies que corrían tras ella. Sonaba el movimiento de unos cuerpos, los cuales nunca vimos pero sí sentíamos, el frío allí era bastante extraño porque era en ciertas zonas de la casa.

En el corredor que permanecía iluminado por las noches, mientras dormíamos, las siluetas de hombres y mujeres que fumaban se reunían sin pronunciar una sola palabra, a veces creo que era mejor no dejar la luz encendida toda la noche, estos fumadores siempre fueron unos visitantes extraños porque en mi casa sólo fumaba mi papá y él a esas horas de la noche estaba trabajando y mi mamá durmiendo.

Una vez mis dos hermanos y yo jugábamos en la terraza a elevar bolsas de plástico (la cuales amarrábamos a una cuerda, simulando una cometa) y en un agujero que había en la pared  Encontramos unas plumas, al parecer de un loro, que estaban acompañadas de una medallita de San Benito. Posiblemente allí sí vivió un brujo, aunque yo no creo en esas cosas, y estas plumas y esa medallita quizás eran los restos de alguna ceremonia realizada en esa casa.

Durante los siete años que vivimos allí era común encontrar medallitas de San Benito tiradas por todas partes, no sabíamos de dónde salían. También era común escuchar al niño que corría tras la pelotica todos los días varias veces al día y ver en las noches antes de caer en un sueño profundo a esas cuatro siluetas entre femeninas y masculinas que compartían un cigarrillo en el corredor.

Una noche mi hermano mayor, que sufre de insomnio, creyó ver a un niño con un traje de primera comunión de color blanco, parado justo al lado de la cabecera de mi cama, creo, según lo relatado por él en aquellos días, que el niño simplemente me miraba mientras yo dormía.

Mi tercera casa, al menos la que recuerdo, era una casa de sonidos y siluetas espectrales. ¿Será que aún el eterno niño que corre detrás de la pelotica sigue corriendo allí? ¿Será que la reunión de fumadores aún se congrega en el corredor de la casa?

Abandonar esta casa fue difícil, ya le habíamos cogido mucho cariño, incluso ya nos habíamos acostumbrado a los habitantes invisibles con los que la ocupamos inicialmente. Mi papá la vendió y compró una un poco más acogedora ubicada en las cercanías a la frontera entre Itagüí y Guayabal. Una casita pequeña que, con el pasar de los años, se transformó en un edificio de tres pisos, yo vivo en el tercero con mi tercer hermano y en el segundo piso viven mis papás, mi cuarto hermano y una quinta bebé, pero ésta es otra historia.

En mi cuarta casa, la de ahora, ya no se escuchan sonidos, ni se ven siluetas de hombre en las noches, ni hay animales con los que se pueda jugar. Vivo con los silencios recluidos por el tiempo, con los libros que acompañan cada palabra que pienso y que no pronuncio. Vivo con la soledad de los cuartos que me acompañan y me otorgan el placer del delirio y con la nostalgia del recuerdo.

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11 Respuestas a “Las cuatro casas

  1. JuanitaRayuela 26 abril, 2011 en 3:40 pm

    Maravilloso viaje de la mano de esos tus hermanos mayores y menores. 🙂

  2. Caro Lema 23 abril, 2011 en 2:35 am

    Disfrute navegar de la mano de tus palabras, un hermoso relato que invita no solo a conocer más de la historia de los Cano, sino también a rebuscar hondo en los recuerdos propios. Un abrazo

    • elnoctivago 23 abril, 2011 en 3:04 am

      Hey Lema muchas gracias por pasar y leer. Me gustaría leer nuevamente tus historias, porque sé que tienes muchas por contar.

      Un abrazo para vos.

      • Ronald 7 mayo, 2011 en 10:06 pm

        Jacco, valga la aclaración, primero fue Samaria, barrio en el cual segun cuentan las malas lenguas usted me defendía de “Juancho” pelirojo, usted era como bravito…¿no?, Samaria era un paraiso de pastelitos de barro y ensaladas de grillo, allá prové mi primer senito, el de una vecina de 5 añitos que gustaba jugar mamacita conmigo, entre otras cosas como el robo la envidia y la deslealtad, es más me acuerdo que a usted me lo presentaron allá, me dijeron: este es Jony, y luego me presentaron a cesar, me dijeron: este es Cesar… ¿porque tan moreno?… Mudamos para san Antonio de Prado, vivimos 6 meses en la casa de las Uribe, la hermana menor (3 años) tenia un lumar de pelos en la ingle derecha. El señor era chatarraro y no por profesion, sino por vicio, al parecer, recoger chatarra era más divertido que pasar el día al lado de su mounstruosa esposa, y sus estupidas hijas. La casa era una cueva, jamas entendí porque vivimos allá, jamas lo entenderé, pero lo de las babosas mutantes y los ratones caverneros, eso si que era divertido. se te olvidó un detalle, yo tenia al lado de esa casa a un vecino abuson, el me mostró como ser un niño malo, pero yo nunca lo entendí, siempre pense que tenia problemas mentales, pero a veces era buen muchacho, ahora se dedica a barrer el cementerio del pueblo y quien sabe a que cosas más. Nació Juanpa, y nos mudamos a San Gabriel, que casa tan maravillosa. Con fantasmas y todo, fue interesante vivir allá, lastima que era un barrio de mierda como casi todos, para ver un arbol o un poco de verde era necesario caminar por lo menos un kilometro. Ferrara no estaba tan lejos de ser otro barrio de mierda, solo que este era más interesante, habiamos pasado de simples pueblerinos a adolecentes cosmopolita, itaguí: la ciudad más fea del área metro. Sin duda era un buen barrio, pero se te ha olvidado mencionar, que aunque no asista un grupo de fantasmas fumadores anonimos, o no hayan babosas o ratas trepadoras, lo único que ha cambiado es que el hermano mayor ya no vive allá. Y que los únicos vericuentos posibles son los que todavia no suceden porque ustedes no quieren, espero que no cumplan 30 al lado de la máma´.

      • elnoctivago 8 mayo, 2011 en 2:55 am

        Evidentemente mis recuerdos son más difusos y yo la verdad espero no pasar de los 30 en la casa de los cuchos. Un abrazo

  3. Camilo Corrales 22 abril, 2011 en 9:22 pm

    Primooooooo que buena compilación de bastos recuerdos que merodean en tu cabeza! disfrute demasiado leyendo tu anterior relato; y sabes me siento orgulloso de tener un primo tan buen escritor como lo sos vos.. Exitos primo y pa`lante. Se le estima demasiado Primito!

  4. cuboarcoiris 22 abril, 2011 en 6:42 pm

    Bonito Blog, me gustó. Si tienes algún tiempo, me gustaría que me dieras una opinión del mío. Lo acabo de crear: http://www.cuboarcoiris.wordpress.com

  5. francia 22 abril, 2011 en 6:30 pm

    las medallas de san Benito son para que la gente se aburra y salga der las casas, no sabias?
    un texto simple, con gran carga de recuerdos y memoria…..

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