El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

El durazno de su piel

Mientras caminaba escuchó una explosión, él creyó que era su corazón el que había reventado, el que había generado ese aturdimiento en el silencio de sus pasos. Había pasado dos horas desde que comenzó a sentir los síntomas, desde que pasó por su cabeza el presentimiento del caos, antes del estallido.

Ese día salió de casa, besó a su madre en la frente y a lo lejos levantó la mano para despedirse de su padre quien araba la tierra bajo la dureza del sol del medio día. Sus hermanas que bordaban en el corredor de la casa se pusieron de pie y enfocaron los ojos en la triste silueta de su hermano que tras cada paso renegaba por no poder quedarse a jugar con Bruno; su perro.

Lo único que a él le gustaba cuando iba al pueblo, era que podía ver a María Luisa, que podía pasar por su casa, tocar la puerta y esperar a que fuera ella quien le abriera y lo invitara a pasar. Le gustaba sentarse a su lado, aspirar hasta la saciedad el aroma de su piel a durazno, pensaba él, María Luisa huele a durazno, además de su aroma soñaba con vivir cerquita de ella, tan cerquita que pudiera verla todos los días sin condición alguna.

Cuando llegó al pueblo compró todo lo que tenía que comprar, cumplió a cabalidad con casi todos los encargos de su familia, ya estaba listo para pasar por casa de María Luisa.

Mientras caminaba se dio cuenta de la soledad de los habitantes del pueblo y de sus calles; la plaza que, siempre estaba atestada de gente, padecía de un silencio extraño que logró entristecer sus pasos. Los animales estaban inquietos y las personas evitaban permanecer por mucho tiempo en un sólo lugar. La iglesia estaba cerrada y las mujeres que suelen rezar todo el día estaban paradas frente a sus puertas esperando, quizá, a que se bajara Cristo de la cruz y les abriera y las invitara a continuar con los rezos lastimeros que impulsaban su existencia.

Cuando llegó no tuvo la necesidad de tocar la puerta de María Luisa, estaba abierta y el techo se había venido abajo; la casa estaba destruida, en las paredes de afuera habían pintado unas letras: FARC., las cuales no comprendía. María Luisa ya no vive en esta casa, pensaba él, pero realmente ella ya no vivía en el pueblo. Una noche mientras la policía se enfrentaba con la guerrilla, que se había metido en el pueblo, cayó una granada en casa de María Luisa, no se sabe si fue de la policía o del grupo guerrillero, y  todos los que vivían allí murieron, incluso ella.

Cuando se dio cuenta de esto aceleró el paso para llegar lo más pronto posible a su casa, cuando iba lejos del pueblo, subiendo por la trocha, intentó recordar el aroma a durazno de la piel de María Luisa pero su rostro se llenó de lágrimas. En el camino se cruzó con varios hombres disfrazados de soldado y en ellos volvió a ver, en unas cintas amarradas en el brazo, esas letras que unos minutos atrás había visto pintadas en la pared; FARC.

Con el corazón acelerado e intentando descifrar lo que esas letras querían decir, escuchó una explosión y creyó que había sido su corazón, tras el estallido cerró los ojos involuntariamente  y al abrirlos un poco se vio tirado en el piso, escuchando un fuerte silbido que le provocaba un intenso dolor de cabeza.

Intentó levantarse; primero alzó su cabeza, luego apoyó las manos con fuerza sobre la tierra para impulsarse pero algo le impedía ponerse de pie, con la visión borrosa y muy aturdido por el estallido de su corazón notó que le faltaban sus dos piernas. Nunca pensé que cuando el corazón explotaba las piernas desparecían, pensaba él, pero qué iba imaginar un niño de diez años que las minas antipersonal existían. Ese día el único recado que no pudo cumplir Carlos fue el de su madre, quien le pidió que llegara temprano, antes de que cayera el sol.

Imagenes tomadas de:

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