El noctívago

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El año escolar

A ella, que me atropelló con un abrazo el día que regresó al colegio

Se había ido, no porque quisiera sino porque debía. Había dejado el colegio justo cuando faltaban tres meses para terminar el año escolar. Había dejado atrás a las personas que había querido durante algunos años y a quienes estaba aprendiendo a querer. Dejó su barrio, el de casas de latón y de madera podrida por el tiempo, el que aún conservaba ese urbanismo  no planificado de las zonas de invasión de la ciudad, ese barrio de calles estrechas y destapadas, de esquinas pobladas con muchachos, menores de edad, que juegan al sicario, al ladrón, al miliciano y que sueñan con llegar a ser un gran capo porque saben que este país, en cualquier momento, les negará la posibilidad de acceder a un sueño diferente.

Son quince escritorios vacíos y prometen ser más; el de ella está en la fila de en medio. Los muchachos de esquina habían empezado la guerra, los disparos no tenían horario y estaban orientados por la sospecha. Las fronteras invisibles se habían levantado nuevamente entre cuadra y cuadra, los niños que vivían cerca del río no podía ir al colegio porque eran catalogados como informantes y los que vivían más arriba no podían bajar al río. Los muchachos de esquina entraban a los colegios sólo para determinar quiénes podían ir a estudiar y quiénes debían salir huyendo de la zona sólo por vivir a un metro de distancia en alguno de los lados de estas fronteras imaginarias.

Ella dejó de ir a la escuela y no fue el juego de la guerra el que la alejó de allí, a muchos de sus compañeros los trasladaron de colegio, a otros les tocó no volver a estudiar y unos pocos se sumaron a los muchachos de esquina que planeaban cada tiroteo, entre risas y delirios, inducidos por la marihuana y el nerviosismo de la muerte. “La violencia nos está saqueando las aulas, el narcotráfico está convirtiendo los colegios en edificios llenos de eco y de silencio, los “capos” están haciendo ejércitos con nuestros muchachos; los están ocultando bajo tierra”, decían algunos profesores.

Ella no se fue por miedo a encontrase una bala en el camino, se fue porque tenía miedo de regresar a la casa en donde vivía no con sus padres sino con unos familiares, tenía miedo de cerrar sus ojos en las noches y sentir que la tosca mano de su tío buscara entre su sexo el placer que ella posiblemente ya no conocería, se fue porque no quería ser la madre de sus primos a quienes cuidaba y quería, porque una niña a los doce años quiere ser bonita y jugar con sus amigas y tener su primer amor, porque una niña a esa edad quiere ser grande pero no a la fuerza como le tocó a ella.

Mientras algunos de sus amigos se escondían para evitar la muerte, esa que los buscaba sin ellos saber por qué, ella quería volver al regazo de sus padres, quienes vivían lejos de la ciudad, en un pueblo que la había hecho desplazarse, contra su voluntad.  Sus padres no la acompañaron porque no podían dejar de vivir las vidas que habían tenido durante varias décadas y por esto decidieron salvarla a ella y enviarla a vivir con unos familiares donde creyeron que iba estar segura, donde quizás podría tener un mejor futuro, al menos eso pensaron ellos.

Al finalizar el año sólo quedaron quince estudiantes de cuarenta y cinco que se matricularon en enero, los otros habían desertado. Los pizarrones significaban para cada maestro un monólogo bajo la embriaguez del silencio porque los estudiantes que quedaron ya no querían hablar, tampoco querían jugar, ni llamar la atención de los adultos, los quince niños ya no querían seguir despidiéndose de sus compañeros, ya no querían vivir a la espera de la muerte que los buscaba sin razón alguna. Sólo querían seguir siendo los niños que fueron antes de que empezara nuevamente la guerra.

Imagenes tomadas de:

http://tinyurl.com/4mogqza

http://tinyurl.com/6kwsyu3 [“Dolor” de Oswaldo Guayasamín]

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