El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

Tres minutos, un cigarrillo y una copa de vino

1:15 de la mañana. Cigarrillo Belmont en los labios. Encendedor azul de quinientos pesos en mi mano. Un hombre camina sin la preocupación del tiempo. Una bocanada de humo se fusiona con la respiración. Una copa de vino tinto, a veces es un Cabernet Sauvignon, hoy sólo tengo Carménère. La noche suena a electricidad concentrada en las calles, a cambio de nivel en las neveras, suena a televisor encendido en el sueño de algunos insomnes. La noche me gusta por sus silencios extraños, por su soledad transeúnte, por las ganas de orinar que provoca el frío de la próxima madrugada. Por lo bien que sabe un cigarrillo en el balcón de mi casa o en la terraza y porque la ciudad parece un asentamiento ilegal, donde pastan las estrellas.

Hoy hace frío y nuevamente han crucificado y resucitado a Jesús, y lo han empotrado en las paredes de cada iglesia católica de la ciudad, del país y del mundo entero. Hoy hace frío y medio desnudo me fumo un cigarrillo Belmont en el balcón de mi casa, todo está en aparente silencio, el perro del vecino rasguña las paredes como si buscara un tesoro o como si quisiera esconderlo, es un labrador chocolate que no ladra. En la otra casa vecina sólo suenan los golpes contra la pared de alguien que se mueve buscando el sueño y sólo encuentra una barrera de concreto. En la casa de atrás una pareja hace el amor; lo sé porque escucho la respiración agitada de sus corazones, porque la ventana de su dormitorio está abierta para que se fuguen los sueños tras cada espasmo muscular luego del orgasmo colectivo que nos sumió en el silencio del aire.

“Todo lamento, cuando se mira hacia atrás, es una expresión de nostalgia” dice Collazos; por esto creo que las noches son lamentos, son gritos sordos en los corazones de quienes aman y dejan de amar, de los que se embriagan hasta perder la consciencia porque soñar y delirar es mejor realidad que cualquier realidad consciente, la noche es tristeza así se ría a carcajadas, es el llanto de un niño que tiene miedo a la oscuridad, del niño que fuimos y sosegamos por otro miedo en otro miedo humano, la noche es el insomnio de los pies, mis pies, que se arrullan para que duerman mis ojos, la noche es mirar atrás y es nostalgia.

En una noche así Rimbaud sentó a la belleza en sus piernas, en una noche Ulises buscó a Penélope y se encontró ebrio en el sexo de Calipso -aún no ha llegado a su amada Ítaca- en otra Mauricio Babilonia colmó de mariposas la habitación de Meme, mil y una noche una mujer contó historias para salvar su vida, una noche un tal Romeo dejó atrás su nombre para poder amanecer con una tal Julieta en su regazo, mientras un zutano buscaba a su mengana, Enoch Soames en una fría noche quiso ser recordado y conversó con el diablo, en una noche me fumé un cigarrillo y me bebí una copa de vino tinto, en una noche escuchaba a Kavafis, en otra jugué con mis sueños y me enredé con la cobija en la mañana, en una noche dejé de ser un yo para formar un colectivo de yoes –Juan Ángel, Benjamín y este yo fragmentado.

En una noche Aristarco de Samos midió la luna, en otra un caballo de madera acababa con Troya, en una noche Galileo observaba los cráteres de la luna y en otra Leonardo da Vinci pensaba en su Mona Lisa. En una noche, quizá, Sergio Stepanski decía que todo, todo le da lo mismo, que todo le cabe en el diminuto y horrido abismo donde se anudan serpentinos sus sesos, tal vez por ello, jugó y cambió su vida. En una noche me emborraché en la playa mientras escuchaba a Morrison: I’d give it all right back to you y luego vomité mis entrañas.

Las noches son nostalgia, ya lo dije, así suene en algún bar de la ciudad el “sonido bestial” de Richie Ray Y Bobby Cruz y se deje el cuerpo entero en la pista de baile, así hayas recibido tu primer beso, tu primer sueldo, tu primer orgasmo. Las noches saben a bandoneón con Cabernet Sauvignon, hoy sólo tengo un Carménère y un cigarrilo Belmont en mis labios, las noches saben a Pessoa golpeando mi existencia, saben a recuerdo y a Chavela Vargas con su llorona.

1:18 de la mañana, colilla de cigarrillo entre mis dedos, encendedor azul de quinientos pesos sobre el pasamanos del balcón, una copa de vino tinto vacía, las gotas de lluvia caen sobre el techo, simulando un nocturno de Chopin, el perro vecino sigue buscando el tesoro, los amantes duermen sobre su desnudez, y yo me sirvo otra copa de vino mientras observo el caer del agua y el dormir de la ciudad.

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