El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

Destierro… mi desplazamiento…

Ahora huyo de esa bestia salvaje, animal gris que crece descomunalmente y se traga a cada ser humano que respira su oscuro hedor. Ahora me sumerjo felizmente en el exilio porque he perdido la fe en mis semejantes; si es que así se le puede llamar a quienes creen en el asesinato justificado y en la injusticia heredada y engendrada por la ignorancia. Sé que me dirías que no todos nacen y mueren bajo esa idea de mundo, y estoy de acuerdo contigo mi estimada Elena, pero la saciedad de vivir bajo la presión de la industria, de ver que la educación está perdiendo su alma, su razón y de estar rodeada del fanatismo político, que se ha vuelto aberrante y pernicioso, de quienes me saludan a diario, me ha obligado a huir de la ciudad y me ha hecho pensar así.

 

En el lugar en el que me encuentro he hallado un hogar muy afable para soñar historias y para vivir. No tengo excesos ni lujos materiales: una pequeña casita en el campo, sobre alguna de las cordilleras que se dibujan en el país, me presta abrigo, dos alcobas y una salita amplia donde hay un sillón pequeño en el que me la paso leyendo y fumando, a veces me acompaña una botella de vino. Tú sabes cuánto me gusta el vino…

Don Pedro, un campesino de la zona, se encarga de traerme los víveres básicos, lo necesario para estar bien. Él baja todos los domingos al pueblo muy temprano en la mañana, entra en la iglesia, reza un “padre nuestro”, se toma un par de aguardientes y regresa en la noche buscando a su esposa entre las sabanas. Un día tendré el valor de invitarte a mi nuevo hogar para que los conozcas y para que nos tomemos un café mientras cae la tarde.

Si supieras la cantidad de lágrimas que derramé en el camino el día que salí de la ciudad. Tú, más que nadie, sabes cuánto amé a esa metrópoli en miniatura, cuan enamorada vivía de sus noches, de las calles donde crecimos y donde nacieron nuestros padres. Pero ella ha clavado en mí, en su afán de progreso, una nostalgia inmutable e inmensurable que se fue acrecentando en el camino que tomé para huir de allí. El camino estaba dibujado por pequeñas casas llenas de soledad, casas de barro y cañabrava, asentadas en la ruta de los viajeros donde la tierra se ha erosionado por el paso de las bestias y de los hombres.

Cada que recuerdo esta parte del viaje siento tristeza por las personas que habitan esas casitas, pero sé que ellas son felices porque no tienen un televisor o una radio que les transmita la miseria del mundo o que les cuente historias triviales que ofenden al pensamiento y a la razón. Sus niños aún juegan los juegos de niños y escuchan las historias de sus viejos, porque estos aún son importantes. En sus rostros hay alegría pero se dibuja la preocupación por el alimento, porque sus tierras no son muy fértiles, porque el río no siempre permite la pesca, porque las plazas de mercado quedan lejos, porque los adultos se queman la piel y ampollan sus manos, en las fincas o haciendas de quienes son los dueños de la ciudad, para poder conseguir algo de comer. Porque la ciudad está empezando a emigrar al campo y los quieren esclavizar.

Creo que me he puesto trascendental pero tú sabrás entenderme. Son muchas las quejas que tengo por contarte y las historias de tu vida que quisiera escuchar, que siempre me hacen reír y darte un abrazo. No quisiera agotarte con esta carta, sólo deseaba que supieras que me encuentro bien, que tengo lo justo para respirar y no sentir dolor ni hambruna, que mis libros me acompañan, que pierdo las tardes enteras viendo como el humo del cigarrillo se desvanece en el aire, que me la paso soñando y escribiendo, que pienso mucho en ti y en Carlos cada que me asomo por la ventana o cuando miro el horizonte en la madrugada.

Dile a quienes pregunten por mí que estoy bien, que mi vida transcurre lentamente al compás del humo y de los mundos soñados en los libros, que no estoy ni más vieja ni más bella, que las noches son el regocijo del silencio bajo la luz de las velas y dile a Carlos que lo quiero y que me perdone por no anunciarle mi partida. Diles, simplemente, que disfruto el placer de la tranquilidad en donde sí es permitida.

Con la promesa del volver, te envío un beso y un abrazo cálido.

María…

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