El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

La promesa de John Fredy alias “Yuca”

El Cebollita era el menos valija de todos, pero el más peligroso. Jorge Andrés Gutiérrez Espinal, como había sido bautizado y registrado en 1979, Andresito como le decía su mamá, El Cebollita entre los parceros, fue asesinado el día 13 de septiembre 1994 cuando el Hippie y el Yuca estaban haciendo una vuelta en sus mini bicicletas. Le metieron tres tiros en la cabeza, uno en el corazón, dos en la espalda; se aseguraron de que el hombrecito no se levantara nunca. De baguis negros, camisa de chalis mangalarga abotonada hasta el cuello, zapatilla Zodiak por comodidad para el pique cuando hacía alguna vuelta, cabeza rapada con el siete, oreja izquierda perforada con una cruz de plata que colgaba, y en el lomo de sus dedos, tatuados de una forma artesanal, las iníciales de su nombre y una cruz. Con sus invencibles 15 años pasaba por el parqueadero de la torre eléctrica entre el barrio Ferrara y Balcones de Sevilla en Itagüí, dándole fin a una pata de marihuana que había encontrado en su chaqueta ese día antes de salir de casa.

No pertenecía a las milicias porque para él y sus otros dos parceros la libertad era un hecho irrefutable. Nunca trabajaron para el narcotráfico porque eso los rebajaría al nivel de putas, y porque no les gustaba recibir órdenes y vivir timbraos cada que estuvieran haciendo un negocio, porque sabían que si trabajaban para los narcos, ellos lograrían que se mataran uno a uno. Vivían armados con trabucos, armas artesanales construidas por ellos mismos. Su negocio eran los electrodomésticos, los relojes, las billeteras y el efectivo instantáneo, no eran sicarios porque nadie les pagaba por matar, lo hacían por la adrenalina, porque a veces tocaba y por el placer que les causaba la muerte.

El Hippie y el Yuca eran los duros, el Cebollita era una especie de aprendiz o el hermano menor que aprende del mayor los buenos hábitos. El Hippie no vivía en el barrio, pero se la pasaba metido allí con su radio de baterías a todo volumen escuchando latina estereo, coqueteando con cada niña que pasaba por su lado y esperando a John Fredy, su parcero de infancia, que sí vivía allí; al Hippie nunca se le vieron los ojos, siempre de lentes oscuros como si estos fueran un apéndice más de su cuerpo, algunos decían que mirarle los ojos era como encontrarse con la muerte, que ya no se sabía si eran unos ojos normales o estaban totalmente a la deriva por el efecto de las drogas; le decían el Hippie por sus colas largas al estilo de René Higuita, porque su brazo izquierdo estaba lleno de manillas desde la muñeca hasta la mitad del antebrazo y porque en el cuello tenía dos escapularios de la Virgen del Carmen y una camándula como amuletos. Vestido siempre de pantalón rojo bota tubo, doble costura blanca, camisetas negras de bandas de punk o metal (aunque no fueran sus favoritos), chaqueta de cuero negra y en la mano derecha una pañoleta roja enrollada en la muñeca. Era amigo de John Fredy desde el jardín, ambos se salieron del colegio cuando tenían 13 años, pensaban que estudiar no les ayudaría a tener lo que querían.

A John Fredy le decían Yuca y no había una razón, por lo menos conocida, para este alias. El Yuca era el duro de los tres, el jefe, cargo que se había ganado implícitamente por sus proezas, por su putería y puntería cuando de matar a alguien se trataba, por los grandes robos que organizaba y porque fuera de tener un trabuco tenía también una escopeta. John Fredy llevaba en todo su dorso una imagen tatuada de la virgen, que siempre mostraba con orgullo. Huérfano de padre porque su mamá era prostituta y quedó en embarazo sin darse cuenta, ella intentó abortar varias veces pero John Fredy, firme como una raíz, siguió su gestación y nació, adelantado en tiempo pero fuerte y saludable.

Cuando el Yuca quería relajarse se iba para la torre de energía que había en el barrio, se subía hasta la punta, se sentaba, prendía un bareto y desde allí se sentía un dios, lograba pasar horas y horas perdido en sus pensamientos, en la contemplación del panorama, imaginando los mundos que podría conquistar si pudiera volar de verdad.

**

Cuando mataron al Cebollita, el Hippie y el Yuca acababan de llegar al barrio con un regalo para él, su propia mini bicicleta bien engallada, cuando estaban entrando a la casa de John Fredy, se escucharon dispararos cerca a la torre de energía, sonaron como diez o quince tiros.

– ¡el Cebollita! Parce ¡el Cebollita!; gritaba John Fredy,
– ¡me mataron al parcero hijueputa!
– ¡por qué mataron al parcero!…

Sin tener certeza de ello, agarró su escopeta y con el Hippie detrás, ambos a toda velocidad, con el mejor pique que los Zodiak les podían dar, llegaron al parqueadero en donde el cuerpo lánguido de Jorge Andrés convulsionaba, sintiendo la muerte como el último orgasmo que puede obtener de la existencia. El Yuca alcanzó a ver a uno de los que le disparó al Cebollita corriendo a lo lejos, buscando escondite, dos tiros de su escopeta y una sentencia que el aire llevaría a los oídos de los que mataron a Jorge Andrés.

– ¡Hijueputas, me estaban buscando, pues me encontraron gonorreas, y como mataron al parcero así los mato yo!…

Se escuchó la moto de los policías que llegaban al lugar, el Hippie con una mirada fría, cómplice y fija en los ojos de John Fredy se abrió del parche, porque no quería que lo cogieran como sospechoso y porque además lo estaban buscando, el Yuca llorando la muerte del parcero se quedó y fue agarrado como sospechoso por haberse encontrado allí armado. Lo soltaron a las dos horas, porque el hombre tenía permiso para portar esa escopeta y porque además las balas que atravesaron al Cebollita eran de otro calibre.

Reunió a la pandilla entera, de ella quedaban muy pocos porque la limpieza social estaba haciendo de las suyas, pero con cinco de ellos era suficiente para cazar a los que habían matado al Cebollita. Una semana pasó desde la balacera y ya tenían localizados a los que le habían disparado a Andrecito, un par de sicarios contratados por los dueños de las plazas, por los narcos que querían montar una plaza en el barrio de John Fredy, pero primero tenían que llegar a él y empezaron con el parcero que era como su hermanito. Una vez hecha la vuelta, tres tiros en la cabeza, uno en el corazón y dos en la espalda como lo prometió el Yuca para cada uno de los hijueputas involucrados.

En homenaje a Jorge Andrés; en el parqueadero cerca a la casa de John Freddy, el Hippie, el Yuca y otro parcero, estaban celebrando la venganza y bebiendo en honor a el difunto. El radio de baterías del Hippie a todo volumen, un silencio entre la canción que termina y la que empieza y tres tiros sonaron y el difunto era el Yuca. El Hippie y el otro parcero salieron corriendo en rutas opuestas, al Yuca, según parece lo mato el Hippie porque éste se había asociado a los narcos y quería todo el poder para él.

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