El noctívago

Cine, fotografía y literatura. No somos expertos pero lo disfrutamos

EL DESCENSO DE MARTÍN

MARTÍN

Martín está enfermo habíamos escuchado decir. Él iba y venía más lento que de costumbre pero iba y venía como siempre lo había hecho, adormilado. Martín no está comiendo bien, nos decían como reproche a nuestro escepticismo y posible abandono, pero lo veíamos masticar casi atragantado el pollo, el quesito o los postres que por su mesa pasaran.

Una mañana frente a nosotros Martín no se levantó a comer, no se levantó a jugar como era su costumbre y su naturaleza, sólo permaneció impávido en su cama con la respiración fuerte y el cuerpo, en exceso, caliente; tenía fiebre y de seguro era muy alta. Su aliento era insecticida; su lengua y paladar estaban plagados de úlceras y quizás esto era lo que impedía que su apetito devorara cualquier tipo de manejar con el que quisiéramos seducirlo.

Lo llevamos de urgencia a la clínica, nuestras caras entristecidas sólo manifestaban la desazón de nuestros corazones, el remordimiento por no atender a sus señales y la conmoción por la posibilidad de su muerte. Extrañados nos encontramos en una clínica fuera de lo común, todos sus empleados expedían una enorme sonrisa, como si esto hiciera parte de su libreto laboral, cada uno de ellos nos recibía con amabilidad y miraban a Martin con cariño, con amor y no como una molestia; como suelen hacer los empleados en las EPS de mi país, cada que un herido o un enfermo de gripa entra por sus puertas.

Nos atiende una médica, de no más de un metro cincuenta de estatura, con unas enormes gafas que adornaban la sencillez de su rostro y resaltaban esa mirada tierna con que atiende a sus pacientes. Examina de arriba abajo, siempre con calma, reflexiva y atenta a la descripción de sus sensaciones, le toma la temperatura, escucha sus entrañas, finalmente concluye que: Martín tiene una fiebre muy alta, está deshidratado y por las aftas en su paladar y encías, posiblemente tenga una enfermedad viral… es necesario que se le realice unos exámenes para determinar, con exactitud, lo que tiene, por ahora se le suministrará suero y algunos antibióticos.

Dos horas, quizá más, permanecimos allí observando como las gotas de suero caían, segundo a segundo; como hidrataban a Martín y le inyectaban antibióticos y medicamentos para la fiebre. El enfermero de turno le extraía unas cuantas gotas de sangre de su existencia para los exámenes. Martín no se movió, sólo observó paciente, tal vez cansado o simplemente muy enfermo como para moverse y manifestar alguna sensación. Al salir, cada uno de los empleados de la clínica, que no eran muchos, se despedía amablemente, acariciaban la cabeza de Martín y con cariño nos recordaban que debíamos regresar al día siguiente para continuar con el tratamiento y la recuperación.

Mientras íbamos en el taxi, cansados por el día de trabajo y la larga pero efectiva espera, mi cabeza sólo cuestionaba el tipo de atención que se daba (y se seguirá dando) en cada una de las clínicas para humanos de este país, pues Martín siendo un gato de no más de un año de edad, era atendido con todo el amor y el cariño que cualquier ser vivo puede merecer. Mi corazón se sentía afligido porque uno de las características de nuestro estado de humanidad es la desesperanza y creo que las instituciones de salud en Colombia son fieles reproductoras de ese sinsabor humano. Hemos naturalizado la injusticia, la intolerancia, el mal servicio de las instituciones nacionales y la muerte por falta de un servicio de calidad.

Pensar en esto me llevó a recordar un artículo de Juan Gossaín titulado “Cuando los pacientes de las EPS mueren sin atención” publicado en el periódico el tiempo. Pese a que es un artículo de hace ya casi 2 años creo que es vigente, en términos de ser un llamado de atención al estado por el mal servicio de la salud y de la atención que prestan las EPS. El periodista inicia afirmando que “Si en las regiones llueve, en Bogotá está cayendo el diluvio universal” y con seguridad, si se conocieran todos los casos de mal servicio de salud en nuestro país podríamos comprender que esta crisis va más allá de una leve brisa o un diluvio, incluso sobrepasa las fronteras del famoso carrusel de la salud como fue denominada esta situación hace un buen tiempo.

Durante tres semanas seguidas estuvimos asistiendo con Martín al tratamiento, a las revisiones, a los controles y a los exámenes requeridos, entristecidos completamente por saber que su enfermedad no sería fácil de tratar y porque la leucemia gatuna no tiene cura. En este tiempo pude deconstruir en mi mente esa idea del animal-objeto bajo el cual había crecido y que, con seguridad, muchas personas profesan.

Como si se iluminara mi sentir y mi condición de humanidad comprendí cuan importantes son las mascotas en la vida de los sujetos, así como lo necesario que es dignificar la condición de ser vivo de cada uno de los animales que acompañan nuestros días, vi con claridad que cada mascota deja de ser mascota y se convierte en miembro activo de la familia. Que ellos también tienen derecho a vivir con dignidad y con tranquilad, alejados de cualquier amenaza contra su existencia.

Veinte días después Martín debió morir, pero eso es otra historia.

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Rock and roll is dead

 

Hoy he decidido levantarme temprano, tomar una copa de vino y preparar la mochila para emprender un viaje. ¿A dónde se dirigen mis pasos? –Me pregunto.- Levanto mis ojos al cielo mientras la brisa de verano golpea mi rostro, a lo lejos una vieja canción me lleva a recorrer las calles por donde habité en mi primera juventud. Calles atestadas de infantes y adolescentes que aún jugaban esos juegos que nos heredaron nuestros padres, quienes los recibieron de los suyos, nuestros abuelos. Calles habitadas, hoy en día, por niños que juegan a ser adultos inducidos por lo lascivo de este tiempo.

Sin reparo me siento en la esquina donde solía sentarme antes, don Mario el tendero de siempre me reconoce a pesar de los años y de la espesa barba que no tenía y que hoy adorna mi apariencia desvencijada y obesa. La nostalgia se dibuja en su rostro y es como si el pasado regresará a él con mi sola presencia. Lo saludo con afecto y en vez de la habitual gaseosa de antes pido un par de cervezas y lo invito a que me acompañe. Me pregunta, le pregunto. Hablamos del ayer, de los muchachos y de las muchachas de quienes, infaltablemente, comprábamos mecato y chucherías en su tienda cada día. Los tiempos cambian juventud – me dice- he visto crecer a muchos de ustedes, he visto morir a la mayoría de ustedes y he sentido la perdida, el vacío de la ausencia, usted sabe a qué me refiero juventud. El silencio nos abruma y en silencio repasamos centímetro a centímetro, la calle donde antes jugaba y en donde muchos de ellos y de ellas murieron o simplemente se fueron sin dejar rastro.

Al despedirme, su mirada, la de don Mario, se clava en el espacio como buscando algo o a alguien, yo sigo mi camino hasta tropezar con el aroma dulzón de las rosas de don Samuel, que ya no son tan bellas como solían serlo. Recuerdo que este rosal era uno de los puntos de encuentro entre nosotros, que éramos muchos, ahora sólo unos pocos. Estas rosas significaban el primer amor, el primer beso, la primera caricia, la materialización de un encuentro furtivo antes pensado. Allí, justo allí, donde muchos nos enamoramos por vez primera, desapareció la hija de don Mario, Claudia, la bella Claudia, como si las rosas se hubiesen devorado cada una de sus partículas y el rastro de su existencia se hubiera camuflado con el aroma de ellas.

Cursábamos el noveno grado, en colegios totalmente diferentes. Nos habíamos conocido en la biblioteca del barrio un viernes en la noche, cuando los bibliotecarios y promotores de lectura extendían su larga jornada de trabajo sólo para iniciar un cineclub, para ver películas y nada más, para nosotros era la excusa de nuestra amistad. Conocimos la “Psicosis” de Hitchcock, admiramos la perversión de Kubrick y su “Naranja mecánica” la incoherencia y audacia de Tarantino y su “Pulp fiction”, la metafórica existencia de Eliseo Subiela y su “Lado oscuro del corazón” entre muchas otras. Claudia estaba allí, con su cabello negro azabache largo hasta el inicio de sus nalgas, que era a su vez el principio de la insurrección – eso pensaba cada que la miraba y trataba de descubrir su desnudez en medio de mi ensoñación.

Claudia era la más linda de todas, la más descomplicada, la más sincera, la más cariñosa, la más rockera de todas. Siempre que arribábamos a su casa, es decir a la tienda de don Mario, estaba ella escuchando un poco de Iron Maiden, a veces AC/DC o Scorpions o simplemente Heroes del silencio. Sus favoritos eran Kraken y Ángeles del infierno… Hola Juan Angel – me saludó justo el día en que desapareció – vamos esta noche a la casa de Juan Esteban, invitá a los muchachos, yo ya hablé con Juanes y como está sólo no hay problema, sus papás le dieron permiso. Llevá  musiquita para que roquiemos como se debe. Juan Esteban y Claudia tenían una relación muy íntima, secreta pero al parecer muy lúbrica.

Preparado con algunos cassettes y algunos cds, y en contra de la voluntad de mi madre, salí con mi cabello suelto, bien emperfumado y con la pinta más rockera que pudiese tener. Recogí a las Carolinas y al viejo Santiago, quienes también llevaban algo de sus colecciones personales de música. Pasamos por la tienda de don Mario, la casa de Claudia, a comprar algo de chicle y un par de gaseosas de las grandes. Claudia ya había salido, estaba donde Juanes – nos dijo don Mario.- Sin prisa caminamos por las apretadas calles del barrio, por los callejones que guardaban los caminos a nuestras casas y a ninguna parte.

La noche estaba tranquila, como todas las noches en el barrio. En la esquina de doña Beatriz, cerca de mi casa, se encontraban esteban y su gallada, un grupo de pelaos como nosotros que se reunían a diario a escuchar algo de salsa, un poco de rap y en algunas ocasiones música electrónica. A pesar de las diferencias nunca tuvimos problemas. Eso hacía que el barrio fuera seguro para cada uno de nosotros. Esteban siempre estuvo enamorado de Claudia. Ella lo quería mucho porque fueron amigos muchos años, pero no lo miraba con los ojos que él deseaba que lo mirara. Ella se había empezado a alejar de él porque, entre todos los muchachos y muchachas del barrio, Esteban, unos años atrás, había comenzado a consumir drogas, al igual que sus amigos. Eso lo sabíamos todos y los adultos parecían ignorarlo.

A lo lejos escuchamos la voz de Jim Morrison y sólo podía existir un lugar en el barrio en donde el Rey lagarto pudiera cantar sin censura y a todo pulmón. Juanes recibía a los primeros invitados mientras sonaba “people stranger” de the doors. Nuestro himno –pensaba yo.- Juanes estaba en el andén de su casa un tanto ansioso. Mientras se fumaba un Piel Roja sin filtro parecía perdido en sus pensamientos, en la ebriedad de la noche estrellada y de luna creciente… Juan Ángel como vas – me saluda Juanes con cierta malicia- Claudia está en mi cuarto y necesita hablar con usted… Lo miro con extrañeza, él me mira conmocionado y con una extensa sonrisa. Le entrego mi música a Santiago, las carolinas se dispersan en el espacio saludando a todos y yo camino hasta el cuarto en donde me espera ella.

Mientras subo las escaleras que dan al cuarto de Juan Esteban, comienza a sonar “Heart-Shaped Box” de Nirvana, una de mis favoritas. Frente al último peldaño, adherida a la puerta del cuarto de Juanes, un afiche enorme de Black Sabbath me daba la bienvenida. Yo pienso en las palabras que ella tenía para decirme, sin acertar a las intenciones de sus sueños. Parado allí frente Ozzy Osbourne abro la puerta y ella recostada en la cama me mira un poco entristecida. Juan Ángel –me dice.- hace mucho que nos conocemos, hace mucho que compartimos los silencios y, ¿sabes?, el silencio sólo se conlleva con esas personas a las que quieres y que te generan confianza, aparte de Juanes no confío en nadie más y te quiero. Eso lo sabes de sobra… La miro en silencio sin entender aun lo que quiere decirme y con extrañeza por la profundidad de sus palabras.

Hace días tomé esta decisión y necesito de tu ayuda – hace una larga pausa mientras me mira con lágrimas en los ojos– me voy del barrio, de la casa, posiblemente de la ciudad. No te puedo contar a donde, simplemente me voy… Con sorpresa la escucho y la observo con la curiosidad con la que un niño destruye su mejor juguete.- Me voy con Juanes esta noche y necesito hacerle llegar un mensaje a papá y mamá… no te preocupes, no es necesario que hables con ellos directamente, sólo debes entregarle esta nota… Busco en sus ojos el camino de su destino, las palabras secretas que sus labios no quieren pronunciar y que hoy generan en mi pecho un enorme vacío. Me besa en la mejilla y sin más palabras por decir guarda en mis bolsillos la nota para sus padres, me toma de la mano y juntos vamos al encuentro de los viejos amigos, “Rock and Roll” de Led Zeppelin no espera en la sala, mientras varios de los buenos amigos simulan con sus manos y su cuerpo ser Robert Plant o Jimmy Page. Esa noche bailamos hasta que nuestros pies no pudieron más.

En medio del baile, del rock y de la coca cola escuchamos una serie de disparos, ráfagas completas que hacían pausa de muerto en muerto. Nos miramos, apagamos la música. No entendíamos lo que pasaba. Muchos pensamos que se trataba de algún vecino que andaba quemando pólvora, celebrando algo, pero el sonido ahogado y seco nos indicaban que era una posibilidad muy remota, que algo grave estaba pasando y que no sería la última vez que ocurriría. Claudia, sin pensarlo salió corriendo hasta el rosal de don Samuel, como si supiera que allí se encontraba Esteban desangrando su existencia, inconsciente, completamente muerto con los ojos desvanecidos en el cielo estrellado.

Claudia no alcanzó a llegar al rosal. Lo sé porque Juanes y yo salimos a buscarla y vimos como dos hombres la tomaban por la fuerza y, rápidamente la desaparecían de nuestros ojos. Él y yo no logramos hacer nada, más que correr y ver como raptaban nuestra alegría, nuestro amor imberbe. Paralizados mirábamos los ojos de Esteban, tratando de descifrar lo que ocurría, intentando entender hacia donde se llevaban a Claudia…

Luego de esa noche Juanes se fue de su casa como lo habían planeado, se fue con su soledad y con la incertidumbre de no encontrarla y de saber a ciencia cierta que la semilla que crecía en el vientre de Claudia no nacería. Yo me quedé con el silencio de ella guardado en mi bolsillo. Con la única verdad que podría calmar la tristeza de don Mario y su esposa, porque esta verdad que mis ojos vieron y que mi corazón palpitó hasta los nervios no les daría paz en su noches y mucho menos en sus tumbas…

Una semana después de esa noche de luna creciente y de amores diluidos hice llegar la nota de Claudia a sus padres, siendo yo el único que guardaría – y aún lo hago- la tristeza, el remordimiento y el insomnio de su desaparición sobre mis venas. Tratando de creer que todo lo ocurrido esa noche fue preparado, fue una excusa teatralizada para que la decisión de la partida no doliera tanto.

Parado frente a las rosas y con este recuerdo doloroso que no cesa, mis pasos siguen su ruta con la única certeza de que sólo una palabra que, inadvertida, llega a nosotros como por azar de los días, quizá de las noches, es el detonante de la ensoñación de tiempos pasados. Así como los sonidos escurridizos, impertinentes y austeros entre nuestros pasos silentes. O como el aroma particular de cada cuerpo y sus fragancias adheridas y endémicas al tacto. Somos el recuerdo y la soledad de nuestros días pasados. Somos la angustia de estar vivos y de caminar día a día sobre el cadáver fértil de nuestros muertos y nuestros sueños.

¿El aprendizaje y la enseñanza como consecuencia del deseo o lo que el derecho a la educación hizo con ellos?

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“Sólo es eficaz una educación si busca enseñar a alguien algo que desea aprender” Estanislao Zuleta

Últimamente me he topado en internet con varios artículos que  buscan, tal vez, generar una inquietud por la labor docente en mi país, además, de propuestas “novedosas” sobre cambios “importantes” en los procesos de enseñanza que propenden por “mejorar” el aprendizaje de nuestros estudiantes. En todos ellos leo una queja constante de los maestros hacia el estado y del estado hacía los docentes y escuelas. Pues bien, ahora pretendo ser el autor de otra posible queja que apunta, al igual que los textos que he leído, a buscar un culpable por la “mala”, o mejor dicho la “fallida” educación de nuestro país en los últimos tiempos.

En constantes conversaciones con los pocos buenos amigos, con quienes se puede discutir sobre la situación nacional y tratar de solucionar y salvar esta nación herida y desangrada sin justificación; he creído en la hipótesis, de que el problema de que la educación en este país esté “fallando”, de manera reiterada, pese a los esfuerzos de muchos docentes “innovadores” y de muchas propuestas del Ministerio de Educación Nacional (MEN), data del momento histórico en el que la educación dejó de ser un privilegio de pocos para convertirse en un derecho. Con esto no quiero decir que esté en contra de ese derecho fundamental a salir de la ignorancia, o que ignore la importancia de abrir los ojos al mundo para entender un poco mejor el espacio habitado. Creo entonces, que hemos entendido mal el derecho fundamental a la educación (que además en Colombia también es un servicio).

El estado, al parecer, considera, aunque no lo diga, que la educación al ser un derecho no es una inversión sino un gasto que los llevará a recortar presupuestos en otros proyectos económicos que, desde sus perspectivas, posiblemente, garantizarán un mejor bienestar a los colombianos. Los colombianos, por su parte, divididos en dos grupos; el primero de ellos encabezado por los padres (papá y mamá), no todos pero si una grande mayoría de ellos, han llegado a manifestar con palabras, y a viva voz, que la educación es tan importante como la respiración y los latidos del corazón, pero en sus actos han mostrado que la función primordial de las escuelas, para ellos, debe ser la de guardar y cuidar a sus hijos mientras ellos están trabajando, o viviendo en su deseo de no ser padres, ya que lo fueron por una decisión errada en sus vidas o por una impertinencia pasional de sus actos juveniles.

En este mismo grupo se encuentran los hijos, nuestros estudiantes, quienes, al igual que sus padres, consideran y están seguros de que educarse y aprender es el paso fundamental para el progreso, pero asisten a sus escuelas con la desazón de no saber a qué van y peor aún, creen que pierden mucho tiempo para vivir asistiendo, día a día,  a la escuela. Muchos adolescentes (porque los niños y preadolescentes que aún cursan la básica primaria, al menos una grande mayoría, aman ir a la escuela) suelen despertar el sentimiento de que un salón de clase es un lugar de castigo y que sus profesores son castigadores cada que ponen tarea, cada que explican algo que no es de su interés inmediato y que mucho menos está contemplado entre sus pasiones y deseos imberbes e injustificados de libertad.

En el segundo grupo están los docentes y los directivos y administrativos; los primeros, en su mayoría, llegaron por azar a la docencia, otros por falta de oportunidades laborales en sus respectivas disciplinas o profesiones (porque no todos los docentes son licenciados o pedagogos y mucho menos didactas de la educación) se toparon con la posibilidad de ser docentes porque les permitía, económicamente, un ingreso “justo” para vivir, mejor dicho para sobrevivir en este país que menosprecia y subvalora cualquier tipo de mano de obra. Y están los docentes que invirtieron sus sueños, su tiempo y su deseo en estudiar para profesores, estos, generalmente, llegan cargados de utopías y de sueños de libertad a una escuela que, por protocolos administrativos y por mandatos o políticas estatales, despiertan un sentimiento de impotencia y de castración ya que el estado, por medio de sus representantes en la escuela, inutilizan sin compasión esos buenos deseos y esa pasión incrustada en el alma con la que iniciaron su carrera universitaria estos profesores con “vocación”. Muchos de ellos, frente a ese acto de salvajismo simbólico, frente a esa esterilización, prefieren retirarse o asumir una postura de sumisión frente a su labor, no digo que todos, pero sé que muchos de mi colegas trabajan al ritmo de un deseo domesticado por el deseo de un estado que se la juega de dicotomía en dicotomía tratando de ser la nación que no es.

Finalmente, en este segundo grupo están los directivos y administrativos de las escuelas, quienes parecen caminar hacia donde van los anhelos y el desespero del estado, por no saber cómo determinar la calidad educativa, más allá de unas pruebas estandarizadas que, con seguridad, sólo significarían para ellos un mayor ingreso económico, un prestigio frente a los otros y la posibilidad de acceder a una serie de estímulos. A esto cabe anotarle que muchos, la gran mayoría de administrativos y directivos, nunca han estado en un salón de clases frente a cuarenta o más estudiantes que, sólo pueden significar, cuarenta formas diferentes de aprender y de vivir el mundo; y quienes estuvieron alguna vez piensan o suponen que todos los otros docentes deberían dar sus clases bajo las mismas metodologías que ellos usaron en ese entonces, desconociendo que la escuela se pluraliza día a día y de formas diferentes cada que el sol aparece sobre nuestras cabezas.

Todo esto, que puede parecer cantaleta o un atrevimiento de mi parte se puede resumir en que, infortunadamente, el deseo por aprender y por enseñar sólo existe en unos pocos. Que el deseo y la pasión, tanto en estudiantes como en docentes, ha sido opacada, y casi olvidada, desde que el privilegio de la educación se convirtió en derecho y éste, a su vez, comenzó a matizarse con una imposición familiar para nuestros estudiantes y en una obligatoriedad de cátedras y de contenidos en cada área que, con seguridad, llevarán a los estudiantes a manifestar, así como lo planteo Estanislao Zuleta, pero con otras palabras, que la educación, así como está, sólo reprime el pensamiento y el deseo de ser, pues se limita a la transmisión de datos, conocimientos, saberes y resultados que otros pensaron pero no enseña ni permite pensar; porque estudiamos y enseñamos para pasar las pruebas que nos dan “estatus” y solvencia económica, y tranquilidad familiar de que los estudiantes están aprendiendo y los docentes están enseñando lo que el estado manda.

Cuando era estudiante para profesor de matemáticas adquirí el optimismo, sobre la idea de que otra educación era posible; aún no abandono esa utopía en mí, pero si me he vuelto un poco más realista, quizás escéptico,  sobre la situación actual de la educación en Colombia. Considero que todo lo escrito en estas líneas son consecuencias de que la educación se haya convertido en un derecho. Un derecho que nos ha llevado a desconocer la importancia fundamental del deseo de aprender y el deseo de enseñar.

De los falsos Profetas en la educación escolar

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De falsos profetas están llenas las escuelas y las aulas de clase; Hombres y mujeres que pregonan y hablan de la forma más hermosa posible de los procesos de enseñanza y de aprendizaje, de la inclusión y de las formas, y estrategias, para superar diferentes barreras en el aprendizaje y llevar a niños y niñas con discapacidad cognitiva a un estado de “competitividad”, acorde con sus necesidades y habilidades. Estos falsos profetas se hacen llamar pedagogos porque conocen a pie puntilla las ideas de los grandes pensadores de este siglo y de siglos pasados, no porque las practiquen sino porque las han leído bien y las han discutido en sus grupos de estudio o de investigación, pero con dificultad las han llevado a la praxis en contextos escolares diferentes a los campus universitarios. Sus discursos academicistas logran impresionar a nuevos docentes, ávidos de conocimiento; a estudiantes que ignoran cual es la verdadera razón de su estadía en la escuela; a padres desesperados por no saber cómo educar a sus hijos, pues nunca recibieron cátedra sobre esos menesteres familiares;  e incluso a quienes administran la educación, tanto en lo público como en lo privado.

Escuchar a estos profetas es fascinante porque uno siente que la solución a muchas de las incertidumbres que genera la escuela, en el consciente e inconsciente de los docentes, pueden ser solucionadas (además de que siempre tienen la solución para los problemas de la nación). Es encantador su discurso porque logran desnudar hábilmente los planteamientos reflexivos, metodológicos y epistemológicos de los verdaderos pedagogos y pensadores de la educación; Hablan de Makarenco, de Freire, Dewey, Neill, Stenhouse, Montessori, entre muchos otros. Hacen que uno se sienta como si los propios intentos pedagógicos (sin ser uno un pedagogo con método y metodología, más allá de la experimentación de estrategias disimiles entre sí, pero con resultados positivos, nunca sistematizados) no valieran gran cosa y no fueran  importantes.

Aunque suelen ser una buena compañía para el café y tal vez un Marlboro, por lo interesante que se tornan las conversaciones, suelen ser un tanto engreídos y egoístas, incapaces de reconocer que existen asuntos que, por sencillos que fueran, no logran comprender. Se les dificulta pedir ayuda y admitir que se equivocan, y para salvaguardar su honor de intelectual indeleble e inquebrantable, y sin sentir escrúpulos, tratan de opacar a quienes, de alguna manera, no creen en ellos y logran percibir los errores que trataron de ocultar.

Entrar en un aula de clase, en donde estuvo uno de estos profetas, luego de su partida, es encontrarse con una contradicción absoluta a sus discursos. Es hallar el contraejemplo de qué aplicar todas las metodologías pedagógicas y didácticas almacenadas en sus cerebros, o al menos una, les fue imposible porque, quizá, no comprendieron que en las escuelas, los muchachos necesitan algo diferente, incluso  a lo que el mismo sistema educativo nacional plantea; tal vez no se toman el trabajo de observar a sus estudiantes porque están muy ocupados en analizar discursos para futuras investigaciones, cuyo laboratorio están en sus capacidades inventivas, intelectuales y no en su posibilidad de acción e interacción en las aulas. Estar en el lugar que antes ocupó un profeta es encontrase con la nada absoluta, porque se llevan consigo el manual de navegación que podría darle continuidad a sus prácticas, evitando el cataclismo de la desorientación de los estudiantes que padecieron con su presencia.

Los falsos profetas, por lo general, tienen una corta estadía en las escuelas ya que sus capacidades se ven limitadas en este contexto y optan por salir corriendo de ellas, usando cualquier pretexto que los exima de cualquier responsabilidad, atribuyendo sus errores, sus miedos, sus vacíos a los otros.  Es allí donde uno se pregunta ¿dónde están estos nuevos pedagogos cuando salen corriendo del mundo escolar? ¿Por qué las universidades han servido de acopio y de asidero para estos intelectuales temerosos de la interacción dialógica, entre sus discursos, finamente aprendidos, con el contexto salvaje que se enmarca a las escuelas? ¿Qué hace un hombre o una mujer que hizo de sus propio proceso de aprendizaje un “aprendizaje bancario” en términos Freirerianos, enseñando en las universidad sobre cómo ser docente, cómo ser pedagogo, cómo ser didacta, sí cuando se enfrentó a la escuela por primera vez, tal vez, no fue capaz de admitir su derrota y su incomprensión del contexto real de las escuelas y salió corriendo?

He de manifestar, por ahora, que prefiero ser de los docentes que se equivocan y admiten sus derrotas por el simple deseo de aprender, que me gustan los docentes y maestros que hablan desde la duda y no desde la certeza, porque la comprensión del mundo se basa, creo yo, en las preguntas que al mundo se quieran hacer. Y como estos profetas no reconocen sus dudas y las de los otros, he de sentir que espero no convertirme en algún momento en uno de ellos, porque deseo imaginarme (así mi proceso de aprendizaje como profesor sea lento) como el maestro autentico que María Zambrano describió, así:

“Podría medirse quizás la autenticidad de un maestro por ese instante de silencio que precede a su palabra, por ese tenerse presente, por esa presentación de su persona antes de comenzar a darla en modo activo. Y aún por el imperceptible temblor que le sacude. Sin ellos (hace referencia a la clase y su atmosfera de incertidumbre), el maestro no llega a serlo por grande que sea su ciencia”

La sagrada familia: fragmento tres

Sagrada Familia

A Simón Prieto, porque se arriesgo a develar sus sueños

En las noches pienso en cómo sería el rostro de mis padres, ahora que estoy por cumplir 16 años. Sí, porque de ellos sólo me queda una imagen fotográfica de hace 37 años, cuando ellos aún eran jóvenes y creían en el amor y en la vida… Una fotografía que cada día se deteriora más y que se desdibuja en mi cabeza.

Creo que las noches son un buen momento para pensar y soñar la vida. Sé que no he sido el mejor de tus nietos, abuela, pero a ti debo mi vida y mis nuevas ansias de vida. Sé que esta herida que tengo en el pecho, cerca, cerquita del corazón no fue en vano, es como si por ella se hubiera extirpado esa negación de norma que impedía verte y ver al mundo tal como debía… es como si cualquier necesidad de delirio artificial, falsamente adquiridos, se hubiese eliminado de mi alma, para que mis sueños regresaran.

¿Sabes cuál era mi sueño de infancia? Conocer a papá y a mamá, estar cerca de ellos y saber con certeza que yo era importante para ellos… el único pero de ese sueño fue la seguridad que sentía en el corazón de que nunca los conocería porque de ellos no tendría más que un vago recuerdo y esa fotografía que se sigue disolviendo en mi memoria.

Sabes algo, abuela, siempre me sentí solo, a pesar de tenerte a mi lado, no es que fueras ausente, sólo que tu amor siempre fue el de una abuela sobre su nieto. Me sentía solo porque no era fácil saber que todos mis amigos o conocidos tenían un papá o una mamá mientras yo, sólo tenía una abuela, y unos tíos con quienes no siempre me la llevé bien, con ellos logré sentir, por momentos, que estorbaba en este mundo y que era un inepto… nunca te quise contar esas cosas porque no quería generarte una nueva preocupación, porque no quería que me vieras indefenso, porque sabía que me cuidabas con cariño, a pasar de lo mal que me portaba contigo.

Sabes abuela, hoy mientras baja la noche y yo pienso en ti y en mis padres ausentes; sombras a las que todos los días de mi existencia les pregunto el por qué me dejaron, el por qué se fueron, el por qué me trajeron al mundo si para ellos no era importante verme sonreír, enfermar, crecer… siento que sólo a ti debo la vida y este nuevo estado de sobre vivencia… ahora, después de mucho tiempo puedo decir que a ti debo mi sonrisa y mis nuevos sueños…

Fragmento de la obra:

La sagrada familia

(Lectura epistolar en tres cuadros indisolubles y uno itinerante)

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